Celso Garza GuajardoEran los días... el fin del otoño cuando te dabas cuenta de que de frío en friíto venía el invierno... cuando las tardes se sentían más chiquitas y el obscurecer de la noche llegaba pronto trayendo silencio y paz en al ambiente.

Aquellos días de diciembre cuando la aldea era, por barrios conocidos, tan pequeña por sus 12 mil 500 habitantes, que nos decían en la primaria que era la población de Sabinas. El tiempo se detenía en la imaginación y sin tener nada lo tenía todo.

Las calles en penumbra eran el camino a Belén, pues la gente apresuraba sus pasos a la iglesia.

La casa con escasa luz, casi sin adornos navideños, silenciosa, era el nacimiento al amparo de la madre.

Los transeúntes conocidos, diariamente regresaban de sus faenas cual pastores guiados por la estrella del bien.

Los últimos lecheros, cocheros y carretoneros eran sus acompañantes al establo.

La música de la radio, las canciones y los villancicos que hacíamos nosotros “Navidad Guadalupana, yo jamás te olvidaré”.

El recogimiento, las pláticas, el crecer con ternura y la espera en las largas noches se convertían en el marco natural para una escena muy original del nacimiento de esos diciembres de ayer,

Envueltos en esa milésima parte del universo que era el pueblo de entonces, al amparo de un cielo de estrellas, llegué a percibir y sentir que a los alrededores y mi casa, las calles y los caminos, los moradores en sus andares, el canto de los gallos, los grillos, los murmullos y rezos, todo y todos los de entonces eran una reproducción en vivo de un nacimiento original, de crédulos e incrédulos, en la espera colectiva de Navidad.

Así, cada uno en los diciembres, entonces, siento el regocijo de ser parte de un nacimiento en vivo... ahora cuando en casa coloco en estos días el nacimiento bajo el pino, me siento uno más de los pastores, y cuando observo espectáculos de pastorelas teatrales con montajes gigantescos de nacimientos con luces y colores, solo cierro los ojos y veo el escenario natural del pueblo de entonces en aquellas silenciosas noches de diciembre.

Las bolsitas escolares después de la piñata con diez cacahuates, una naranja y dos dulces eran el aval de que algo de la Navidad te había tocado ya.

La escena y el ambiente en los preparativos hogareños para hacer los tamales... el ir y venir... el cenar tamales con salsa de molcajete y café con leche... la más formidable cena de navidad en familia.

El regalito, si lo había o no había, el saber que había regalos aunque no fueran los tuyos... el regalo era el ambiente.

El sueño, de saberse sin saberse, pero el ser y sentir de que estabas en lo posible acercándote al milagro, te hacia vivir al natural la Navidad de entonces.

20 de diciembre 1997


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