Celso Garza GuajardoEstán siendo relegados en la fiesta, más no en el gusto... tomados poco en cuenta y a la ligera. Más a pesar de ello persisten en el escenario de nuestras hogareñas e insisten en ser el centro de una tradición mexicana que unifica a la familia y llena de agradables recuerdos la vida en la casa de generación en generación.

¿Te acuerdas de cuando en la casa se hacían los tamales?... era como una fiesta... un quehacer de todo el día donde cada quien tenía algo que hacer.

¿Te acuerdas de las pláticas en la cocina?... ir por la masa, el nixtamal molido... las hojas par los tamales, la manteca de puerco, los guisos.

¿Te acuerdas de todos los movimientos? Aquél de aquel cazo, al acomodar los tamales, los de carne, los de frijoles, los de dulce, y los de “nalgada”...

¿De nalgada?

Sí, aquellos que se hacían con pura masa cuando ya no había guiso.

La ceremonia concluía con el aroma de los tamales recién salidos... con la salsa y el café negro. Con la faena de limpiarlo todo, con la noche que caía y en la mesa unas bandejas con los montoncitos de tamales tapados con mantelitos.

Así fue por muchos años...

Así fue hasta que un día la madre que encabezaba la faena no pudo más y el vendaval de los tiempos modernos sacaron la tradición de quehacer en la casa hogareña aún cuando los tamales siguieron llegando por otras vías.

Así fue hasta que el comercio volvió tradición la venta de tamales y entonces era más fácil comprarlos que hacerlos.

A pesar de los tiempos modernos todavía de vez en cuando en muchas casas, aunque sea una vez al año se hacen tamales.

Así fue hasta que un día los tamales decidieron no perder su lugar en la tradición... había tamales y con eso la tradición seguía, aún cuando la ceremonia de prepararlos se cumplía poco.

Los tamales lo entendieron y lo soportaron, pues era algo así como ir a la iglesia y no hacer oración... como alimentar el cuerpo y dejar hambriento al espíritu.

Pero un día los tamalitos se resintieron por completo y de plano se pusieron a llorar...

Es día fue aquel en que se les quería meter con frialdad e indiferencia al horno de microondas... es día fue aquel en que la tradición de los tamales recalentados ya no iba a tener el chirrear ni el aroma de lo requemado ni las hojas tostadas.

Los tamalitos dijeron: “'¡No!, queremos que se nos caliente pero como siempre se ha hecho, en el comal, en la lumbre para tostarnos, chirriarnos y envolver la cocina de aroma de nosotros mismos... en el comal directamente para despertar el gusto y el apetito para que al menos eso de la tradición no se pierda... en el comal por favor”.

Ese día, cuando los tamalitos lloraron por el maltrato frío y se negaron a entrar al socavón de microondas, la tradición se recuperó y comprendimos que no sólo se trata de alimentar el cuerpo, sino y sobre todo, de fortalecer el espíritu y la vida en la familia.

Ese día los tamalitos se pusieron felices y más nos gustaron... más nos alimentaron por completo en cuerpo y en alma.

27 de diciembre 1997


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