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III. La vida económica

La fruticultura era la principal actividad económica del barrio y no sólo se cosechaban aguacates sino también naranjas, duraznos y en mínima escala, plátanos, en las casas que tenían colindancia con la acequia.

Para la cosecha del aguacate, a horcajadas sobre el árbol, robustos jóvenes ya sacudían las ramas haciendo caer los frutos a punto de madurar o cuando estaban “pintos”; o, con largas breveras, atrapaban cuidadosamente aquellos de mejor calidad y de menor resistencia al mal trato.

Además de la riqueza frutícola, la gente del barrio vivía del pequeño comercio, que se ejercía en los que llamábamos tendajos, como los de doña Lola y don Manuel de la Cruz, de don Antonio Villarreal, de la familia Saldívar, de la familia García, de la familia Acevedo, de Chanito Guajardo, la frutería de Chon González, frente a la plaza, la tienda de don Roberto Garza, la de don Humberto Chapa y la matanza de cabritos de don Jesús Salazar, ubicada por Zaragoza al sur.

Si uno quería alguna cosa de Laredo, la buscaba con las tradicionales “chiveras”, las tan recordadas cuanto indicaba su gran peso doña Julia Espinosa y su hermana Lupe, imágenes permanentes de los caballos “prendidos” a los coches de tracción animal que las transportaban llenas de encargos a sus casas.

De contrabando también se podía conseguir parque, pólvora, zapatos o armas, en comercios o casas particulares.

Había pequeños rebaños de cabras o algunas vacas que proveían de leche al barrio o a las propias familias. De gratos recuerdos es el establo de don Ramón García que vendía la leche que a veces repartimos entre el vecindario sin importar el frío de la madrugada, por una módica peseta o un tostón, cuando aquél era más intenso. También vendía leche doña Amparo Ramos de García, a quien servía el buen Juvenal, en alegre exprés que recorría por las tardes el barrio a toda velocidad, y los inolvidables líderes de la Unión de Lecheros de Sabinas, don Filomeno González y don Santiago Flores, también vecinos del barrio.

Una botica, la de Lourdes surtía medicamentos al barrio, atendida por la familia de Pablo y Roberto Treviño, hijos de doña Lola.

Si se requerían servicios funerarios se podía acudir con don Ruperto Sánchez o don Manuel Garza Jiménez y si lo que urgía eran esquelas o invitaciones de boda, don Ruperto y su hijo daban un magnífico servicio.

En la plaza había también actividad económica: eran los dos sitios de automóviles: el sitio Plaza y el Hidalgo, donde autos impecables conducidos por los inolvidables Manuel El Manchado, Pancho Chapa, Lilo y Mateo Chapa, El Palomo y Pancho Ruvalcaba, quien también tenía un taller electromecánico frente a la plaza. Con cariño recordamos los nombres de Goyito Escamilla y Goyito Guzmán, así como los de los cocheros don Manuel Durán y don Jesús Villarreal.

Manuel Ibarra tenía un autobús para viajar a Monterrey, Todo mundo le decía: “Me separas un asiento de adelante o junto a la ventana”, He ahí el origen de su ferviente deseo de comprar un autobús “con puros asientos de adelante”.

Había una zapatería de remiendo por la calle Guerrero, propiedad de la familia Ramírez, lugar misterioso donde en invierno se jugaba a la lotería o a la baraja al calor de la lumbre.

Las mujeres usaban para lavar la ropa las bolas de jaboncillo, fruto del árbol saponáceo del mismo nombre que al hervir producía abundante espuma.

La pesca era otra actividad de los niños, jóvenes y viejos del barrio que sabían preparar deliciosos caldos de mojarra, bagre y robalo.

La Plaza Hidalgo estaba casi rodeada de cantinas que promovían la bebida y el juego pero tenían vida tranquila y a veces divertida, como cuando Camilo Villa, aquel zapatero lisiado e increíble bailador y otro borrachín zapateaban alguna polka o un huapango norteño.

Otra actividad económica era el reparto del hielo, delicia de la chiquillería al perseguir a Raymundo que lo transportaba en una ruidosa camioneta descubierta y de redila demasiado baja como para aguantarnos la tentación de atrapar al paso un poco de magia congelada o algo parecido a una fría piedra masticable.

Chamacos y mujeres acudíamos al molino llevando el nixtamal con Severo González para regresar más tarde a casa con la caliente masa, lista para preparar las sabrosas tortillas de masa o de manteca gruesa, los tostados bizcochos, los ricos tamales o las rojas enchiladas.

Los talleres de vestidos impulsaron la economía del barrio con la fabricación de vestidos, faldas y blusas, sábanas y fundas bordadas. Muchas jovencitas y amas de casa, además, producían en sus hogares “maquila” de costura y bordado para la industria que convirtió a Sabinas en la Capital del Vestido en México, como se le llamó en esa época. La calidad de los vestidos y los bordados de las mujeres sabinenses llegó a ser proverbial y a tener una gran demanda en México y en el extranjero.

La carpintería y la talabartería eran otras dos actividades económicas de los hombres del barrio. Recordamos con nostalgia las carpinterías de don Manuel Santos, por la calle de Matamoros, de su vecino Armando, de don Octavio Guzmán por la de Ocampo y las de don Manuel Garza Jiménez, don Mateo Acevedo y sus hijos, y la talabartería de don Alfonso Espinosa, ubicadas todas en la calle Zaragoza, la última junto al comercio de doña Elenita, su esposa.


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