Celso Garza GuajardoHabía carretones y carretoneros. Había un sitio de carretones.

Los carretones no eran tan cómodos como los “expresitos” ni tan sólidos como las carretas pero cargaban mucho menos; eran menos veloces que los “expresitos” pero cargaban más. En fin, tan híbridos y tan especiales como las mulas que muchas veces tiraban de ellos.


Los carretones eran de oficio. ¿Qué se necesitaba para ser carretonero aparte de tener el carretón?, creo que sólo paciencia y estar en el lugar, a la espera de un bulto, objeto para llevar de un parte a otra.

El sitio de carretoneros estaba por la callecita de Dr. Coss, casi esquina con Porfirio Díaz, atrás de la Escuela “Teresa R. De García”. A veces tomaban la sombra de los cubrevientos o veces la sombra de la casa del difunto Don Celso Flores. Ahí estaba el sitio de carretones. Ahí los carretoneros esperaban, saludando a todo el que pasaba. Los carretones fueron la mudanza pobre de una aldea de domicilios conocidos de todos y por todos. Con saber el nombre del barrio, o en frente de la casa de quién, ya se daba por hecho lo que hoy es la calle y el número y la orientación.

Los carretones, los del sitio que yo conocí, sirvieron para trasladar los muebles de una casa a otra, para llevar un ropero, una máquina de coser, o los barrotes y las tablas de una construcción, los bultos y cajas de mercancías. En fin, todo aquello que significa traslado doméstico por entre las calles del pueblo. Cobraban 1.50, 2 ó 3 pesos, según el volumen de la carga y la distancia a recorrer.

Cuando mi padre me mandaba por un carretón al sitio de los carretoneros, iba de inmediato y volvía sentado sobre la tabla dura que usaban como asiento.

Mi padre tenía una carpintería y mandaba puertas y marcos dobles para unos ranchos por el rumbo de Parás. Se acomodaba la carga y el carretón se convertía casi en una torre movible. Todo se amarraba con mecates, como si fuese a realizar un viaje de días y de noches y yo echaba a volar mi fantasía. El “largo viaje” del carretón tomaba por la calle Mina al Norte, doblaba en Iturbide al Oriente y terminaba en la carretera, en donde estaba la parada de los camiones que iban para los ranchos,. Esos “viajes” me recreaban a mí. De vuelta, el carretón volvía a su sitio y yo al oficio de aprendiz de carpintería, de donde salí reprobado.

Con el tiempo desapareció el sitio de carretoneros, los carretones se quedaron olvidados en los patios de algunas casas y sus dueños se fueron del pueblo o dijeron adiós a este mundo. Desde entonces el lugar donde estaba el sitio me trae recuerdos, a veces me detengo mirando el suelo, tratando de encontrar las últimas rodadas de los últimos carretones que estuvieron por ahí o agudizo los oídos para escuchar el eco de las últimas pláticas de los carretoneros que ya se fueron.

Quizás para muchos ya se haya olvidado que fueron importantes los carretones y los carretoneros. Es más, quizás pocos se acuerden del sitio donde estaba. El progreso, cuando entra de importación, arranca muchas veces las raíces. Pero los carretones y los carretoneros fueron medios útiles de trasporte y un oficio para un regular número de hombres rústicos y buenos.

El sitio de los carretones ya no está en el lugar, en la callecita de Dr. Coss casi esquina con Porfirio Díaz, atrás de la escuela “Teresa R. De García”. Ahora esta en otro sitio… en el sitio de nuestros recuerdos.

28 de agosto de 1984.


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