Celso Garza Guajardo

Fantasía de niños y de pastores II

Primero me enviaron a dos mandados, en un solo viaje: en un tanquecito traería manteca de puerco de la carnicería del tío Tano Guajardo y en otra vasija más grande, traería dos litros de leche de la casa de Don Humberto González Pérez.

Celso Garza GuajardoPrimero me enviaron a dos mandados, en un solo viaje: en un tanquecito traería manteca de puerco de la carnicería del tío Tano Guajardo y en otra vasija más grande, traería dos litros de leche de la casa de Don Humberto González Pérez. O sea que fui hasta el barrio del Alto, hasta la calle Juárez. Por la misma calle estaban los dos negocios caseros. Primero la manteca, luego la leche, después bajé por la calle del cine Baldazo y me quedé a ver las cartulinas de las películas mexicanas; luego pasé por el Cine Olimpia y me quedé a ver las cartulinas de las películas americanas. Subí a la plaza y me trepe a los dos kioscos, el viejo que tumbaron y nuevo que ahora es el viejo. Seguí, rodeé la calle Lerdo, pues en la casa de Horacio Cavazos tenían un perro suelto, bravo, y yo le tenía miedo. Me fui por Allende y vi la casa de los murciélagos, aquella casona abandonada de dos plantas que daba a la plaza: volteé por Mina y no terminaba de ver la casona blanca de los Morton, luego doblé por Ocampo y después tomé Lerdo. Ahí estaban mis amigos esperándome “¡ándale, apúrate, vamos a jugar al “bote volado” a la plaza!”. Lo mismo, pero en tono más fuerte, me dijeron en la casa “¡muchacho, apúrate! ¡parece que fuiste a ordeñar la vaca!”.

Cené rápidamente: tortillas de harina, mantequilla y leche. Tenía prisa para ir a la plaza. Era el 12 de diciembre.

Jugamos al “bote volado” en la plaza, por el monumento de don Benito Juárez, el cual nos servía de “base”. Nos escondíamos detrás de los árboles, de las bancas y atrás también de los novios… pasando un rato nos fuimos luego a la iglesia, a ver los castillos de pólvora que se iban a encender. Ese extremo de la plaza estaba lleno de gente. Lo mismo el atrio de la iglesia y los mismo la esquina de Ignacio de Maya y Porfirio Díaz. Era la primera vez que veía encendido el castillo. Aquello me iluminó el rostro y la vida. Primero, unos instantes, la fantasía me envolvió totalmente. Me envolvió tanto y tanto que por un instante eché la vista hacia atrás, hacia el otro extremo de la plaza, hacia donde está la Estatua de Don Benito Juárez y me pregunté: ¿No querrá venir Don Benito?… ¿Nos irá a prestar otra vez la “base” para jugar?.

Pasaron varios días y un amigo me invitó a su casa. Me dijo que en su casa iba a haber un a “posada”, que estaría mucha gente y que habría “comida, piñata y dulces”. Fuimos –digo “fuimos”, porque se me pegó uno más del barrio– a la casa del amigo. Otra vez le sacamos la vuelta al perro bravo de la calle Lerdo. Doblamos por Ocampo y bajamos por Porfirio Díaz, o sea que la posada era en el Alto. Llegamos con el amigo… “¿y la posada?… No. Es hasta más noche… Entonces, ¿la comida?… No, hasta más noche… Entonces, pásate una bolsa de la piñata… No, espérame en la esquina, ahí les llevo una… ¿una?… bueno, ahí te esperamos”.

Nos regresamos sin ir a la posada, porque lógicamente habíamos entendido la información como invitación.

Mi amigo y yo nos fuimos platicando sobre cómo hace una posado pero sólo para nosotros, para comer todo lo que quisiéramos comer y decíamos: “si éste es el mes de las posadas, ¿por qué no le decimos a Don Pedro Alejandro que haga una posada y así comemos menudo y tacos?. Pues sí, ¡Vamos!. Estaba por el camino”.

“Señor Pedrito, ¿usted no hace posadas?… No, yo hago menudo y barbacoa… y ustedes ¿que hacen?… Nosotros estamos en primaria… Bien, pues váyanse a hacer sus tareas ya, a sus casas”.

Comprendimos que don Pedrito no quería ser incluido en nuestros planes de la posada.

Pasaron varios días… por fin iba a saber algo más sobre eso de las “posadas”, pues más allá del barrio del Alto, más allá de donde vivía el Profesor Panchito, se hacían unas pastorelas.

La gente decía que las pastorelas eran muy bonitas, que duraban varios días y que daban café, chocolate, hojarascas y dulces y confeti a los niños.

Nos organizamos para ir a la pastorela. Llegamos y el lugar efectivamente, era muy bonito. Había un techo de ramas y carrizos y mucha gente vestida como ángeles y como pastores. “aquel es José y aquella María. Allá esta el Niño Jesús”, me decían a mi. “Allá esta lucifer y allá el ermitaño” y a un lado del patio una gran fogata. Procesiones, cantos y coros. Los pastores iban y venían, el diablo venía y el ermitaño sonaba el chicote. Aquello era bonito. Empecé a comprender: pero también a ver y a oler las bandejas de hojarascas que iban pasando detrás de nosotros. Un amigo que vivía por el rumbo y que también vio y olió, lo mismo, me dijo “vente para acá, acá es donde se reparte cuando termina la pastorela”.

La función de la pastorela había terminado. La gente no se iba, se quedaba platicando y se arremolinaba en torno a la fogata. Nosotros no nos habíamos movido del lugar donde mi amigo me dijo que iban a repartir las hojarascas; pero la voz de una señora mandona dijo “…¡primero los pastores, porque ellos han trabajado mucho!…” Yo presuroso le dije a mi amigo “órale, dice que en tu casa tienen cabras… Sí, pero son de mi papá… Pues dile que nosotros vinimos por él”. Nos oyó la señora y nos dio a cada quien una hojarasca.

Regresamos a la casa saboreando los polvos de la hojarasca y de la imaginación. Antes de voltear la cuadra volví para ver la única pastorela auténtica que he visto en mi vida: un techo de ramas y de carrizo, una gran fogata, unos pastores comiendo hojarascas, unos árboles juguetones y un niño Dios grandote que resplandecía en esa noche.

15 de noviembre de 1984.


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