Celso Garza GuajardoEn el pueblo era un lugar conocido… de cuadra en cuadra y de barrio en barrio se escuchaba la indicación “¡Vé a la tienda de Beto Chapa!… había de todo, había lo que no había en otras partes, sin dejar de ser un tendajo era una tienda; sin pretensiones de supermercado, era un almacén popular con mostradores, balanzas y cucharones.

En el conjunto de tendajos que no eran tiendas y de tiendas que querían dejar de ser tendajos, era un lugar de leyenda, por tener la posibilidad de encontrar lo que se buscaba y si así no fuera, valía la pena haber ido a comprobarlo.

Maíz, azúcar, sal, arroz y piloncillo… botones, zapatos, pantalones y camisas… jarras, ollas, mecates… brillantinas, listones, sodas y pan… gas y untura…cuadernos, lápices, incaíbles, seguros, sombreros y calcetines… salvadillo, manteca gruesa, escobas y trapeadores… en fin, todo o casi todo, el asunto era ir a preguntar a esa esquina en el barrio del Aguacate…

La tienda de Beto Chapa señalaba un rumbo y además, hizo una época… 1940, 1950, 1960…

Un cuarto estrecho y algo largo … anaqueles en las paredes, vitrinas bultos y cajas… los clientes conversando… la gente entraba y salía…las cuentas en el papel; lo mismo un kilo de harina, que medio topo, un cuarto de manteca y una portola… los sábados por la noche el movimiento aumentaba, incluso hombres de a caballo comentando y amarrando sus morrales de mercancías… los cocheros con sus luces encendidas pasaban y saludaban.

En el mostrador, los periódicos viejos donde leíamos los monitos… el TIME de Laredo, Texas, con su página en español… “mira aquí dice algo de Sabinas”…

En lo alto de las paredes, viejos carteles de películas mexicanas; recuerdo dos: El escuadrón 201 y la vida de Sócrates… la imaginación volando entre el heroísmo y la verdad.

Por curiosidad iba a la tienda de Beto Chapa… curiosidad apoyando en la compra de anzuelos para ir de pesca al río… anzuelo de cinco y diez centavos más un pedazo de cedal…

—No, mejor compra cáñamo
—Vamos a las Mojarras…
—No, a los catanes— terció otro…

Mientras nos surtían la mercancía, repasaba y repasaba todo lo que había en la tienda… escudriñaba aquí y allá, por todas partes… no terminaba… aún continúa, aún escucho el eco… “Vé a la tienda de Beto Chapa”…

Pasó el tiempo… ¿Cuánto pasó? No lo sé… sólo se que aún no terminan de despacharme los anzuelos, el cedal, ni de envolverme todo en el papel de plomo… Don Beto salió al patio y de ahí se fue al cielo… ya me salí sin decir nada y por la calle de Ocampo tomé rubo al mundo…

Regresé un día, después de muchos días…

La verdad no sé si me fui o me quedé… las imágenes me han retenido…

Pregunto por la tienda y me hablan de otras tiendas… o me dan la dirección del olvido… por fin toda la calle Ocampo, encuentro el rumbo, pero ya no encuentro la época… cuando voy llegando, casi sin detenerme, pregunto de nuevo por mis anzuelos y el cedal… nadie los tiene…

Me marcho… me voy al recuerdo y sólo desde ahí sigo escuchando el eco “Vé a la tienda de Beto Chapa”…

Por eso, desde el recuerdo voy a la tienda de Beto Chapa y saludo al buen hombre que fue su dueño y a todos los vecinos que tranquilamente acudían a llevar sus humildes mercancías…

26 de agosto de 1986.


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