Celso Garza Guajardo

La faena comenzaba con un día de anticipación. Los movimientos y mandados eran constantes… ir por manojos de leña al tendajo; por las hojas de tamales con Doña María; por la carne, la manteca y la lonja de puerco a la carnicería del Tío Tano; el nixtamal, por la tarde y por la mañana siguiente, el molino de Don Severo González, al igual que muchas gentes… ¿Navidad en el molino? Sí. Habrá tamales en muchas partes.

ImageLa faena comenzaba con un día de anticipación. Los movimientos y mandados eran constantes… ir por manojos de leña al tendajo; por las hojas de tamales con Doña María; por la carne, la manteca y la lonja de puerco a la carnicería del Tío Tano; el nixtamal, por la tarde y por la mañana siguiente, el molino de Don Severo González, al igual que muchas gentes… ¿Navidad en el molino? Sí. Habrá tamales en muchas partes.

Cazuelas, cazos, sartenes, cuchillos, botes con hojas remojando, molcajetes, pasitas, coco… masa revuelta con chile colorado, sal manteca, guisos y muchas cosas más, era el escenario de aquella cocina donde hacían los tamales para Navidad.

También hacían regaños cariñosos para los niños que entraban y salían, metiendo la mano a cada rato en la cazuela del guiso.

Era interesante y regocijante a la vez, observar las diferentes secuencias en el día de hacer los tamales: por la mañana, los movimientos fuertes amasado y de los guisos; más luego el trabajo paciente de tomar las hojas, untar la masa, colocar el guiso y envolver… después, disponer el cazo en todo orden, vigilar el fuego, cuidar el cocimiento… probar, sacarlos y repartir… a la tía, a la vecina que ayudó… a otro vecino… separar para tal casa antes de que se acaben… por fin, en la mesa los tamales de carne, de frijoles, de coco, de nalgada y los especiales borrachos… a un lado un café negro y la salsa de molcajete.

Cosa curiosa… los tamales son la única cena de Navidad que no es cena… los tamales son comida para todo el día, ese día, otro día más, hasta que se acaben… más que comida son una ofrenda familiar… una especie de ceremonia sin saberse … que sólo se siente… los más nobles, gustan de hacerlos y compartirlos… otros, casi sólo gustan de saborearlos… pero en fin, ese es el ritual.

Algo muy especial en todo el proceso de los tamales, eran las pláticas de consejos familiares, de recuerdos de los viejos abuelos, de inquietudes por el presente y el porvenir, de alegrías, de rumores y de sufrimientos… todo eso hasta el anochecer… todo eso parecían los rezos laicos de aquellas nobles mujeres que preparaban los tamales, transcurriendo así un día más…

Luego llegaba la noche, la Noche de Navidad… los tamales en la mesa… el Niño Dios que nacía… y la Estrella de Belén… ¿Cuál era la relación entre todo? me lo preguntaba. La respuesta la encontré observando el hermoso cielo tachonado de estrellas de esa noche en Sabinas.

Las estrellas te dicen todo porque purifican el alma. Un alma purificada sabe lo que busca en la tierra.

Así encontré que los tamales en la noche de Navidad son una ofrenda mexicana de trabajo y de humildad… así como las ofrendas aquellas de los pastores, así como aquellas pláticas incrédulas… y que las estrellas en la noche de Navidad son el infinito camino del bien a las cuales sólo hay que observarles para salir adelante, y si es el camino que se busca es el del amor.

La noche de Navidad de Sabinas, es así un sueño en un hermoso valle que tiene el aroma mexicano de una ofrenda popular y la suerte de conocer un cielo lleno de estrellas. Los tamales son siempre suficientes para repartir más allá de la casa. Las estrellas son tantas que existen la de Belén para cada quien… todo es cuestión de dar antes de recibir… todo es cuestión de llegar con humildad al principio del amor que esa noche renació una vez más para todos.

9 de diciembre de 1985.


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