Celso Garza GuajardoNo es tanto por las paredes… es por el lugar… y más bien por el pasado. Es por lo que está sucediendo. No solamente ahí, sino también en casi todo el pueblo. Día con día, aquí y allá, en muchas partes se están derrumbando lo viejo… lo viejo que suponemos ya no sirve o dejó de ser útil… se está derrumbando todo eso que se abandonó y se dejó de usar… está sucediendo el vertiginoso derrumbe de muchas casas, bardas y banquetas… la vertiginosa construcción de otras casas.

Cuadras enteras cambian de fisonomía, se eliminan casonas de sillares, gruesos muros de adobes, paredes de piedras, techos de vigas de madera; desaparecen ventanas, pesadas puertas y portones de otros tiempos… todo ello sin que nadie emita un lamento.

El pueblo de antes, la vieja aldea, tenía su fisonomía. Tenía una arquitectura que parecía natural: casonas de largas y altas paredes, vistosas y elegantes por todos lados; junto a pequeñas casas sencillas y discretas de una sola entrada; mas luego los jacales, tan tradicionales que parecían la tierra y los montes mismos; luego aquellas casitas de bloques de la década de los 40s y los 50s, de dos cuartos y una cocina aún con chimenea. En la sencilla arquitectura de aquel pueblo, lo más novedoso fueron las casas de dos pisos de estilo californiano, con adorno de tejas de barro y como algo insólito, la casona blanca, expresión de arte modernista de la familia Morton, allá en la calle de Ocampo. Hoy esa fisonomía tiene muchos contrastes, pues por todos los rumbos, barrios y colonias se procesan los más diversos estilos en construcciones… hay una diversidad sin armonía, un empuje de estilos en fachadas y recovecos por todas partes como si la abundancia existiese en cuadra por cuadra del pueblo… todo ello más las antenas parabólicas señalando las orejas de la modernidad vía satélite.

En el turno del derrumbe llegó a la viejas calles de Porfirio Díaz e Ignacio de Maya… en contraesquina de la plaza, ahí junto al obelisco a los fundadores del Real de Santiago de las Sabinas. Largos cuartos que daban a un solo patio y al fondo la acequia de tres siglos. Cuartos que todo lo vieron y supieron, lo mismo el trabajo, el dolor, el vacío y la tragedia. Casona donde mataron al abogado, aquel alcalde de 1884, cuando todo el pueblo se rebeló en armas… vieja casona de 1874, según reza una de sus vigas.

Cuando se derrumban las paredes parece que nada va a quedar, como que la necesidad del cambio y la indiferencia natural ante lo que no debe de impactar o no puede evitarse, acaba con todo. Más no es así, pues hay un factor subjetivo que no puede ser destruido y que se refugia en uno mismo, en cada quien, es el factor del sentimiento. El sentimiento de que algo de aquello que fue tan útil debió haberse conservado, de que algo de aquello que duró tanto tiempo, debió de seguir… algo… algo… aunque sólo sea el recuerdo.

El recodo de las viejas paredes de Porfirio Díaz e Ignacio de Maya se fue al pasado. Una parte del pueblo se reconstruyó sobre sí mismo… de la calle al patio hasta la esquina, se vio de repente todo igual, como cuando se iba a fundar la aldea.

En ese viejo recodo del pueblo volverá de inmediato a construirse algo, tal y como acontece por todas partes, tal como se hace necesario e inevitable.

Bien por todos los que hoy construyen la fisonomía de Nuevo Sabinas Hidalgo… bien por todos los que no olvidan los recuerdos de la vieja arquitectura de la aldea.

1 de marzo de 1988.


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