Celso Garza GuajardoLos recuerdos empezaron cuando las puertas se cerraron para siempre y adentro todo quedó en su lugar cargándose de polvo y de leyenda.

Los recuerdos empezaron cuando las puertas se cerraron para siempre y adentro todo quedó en su lugar cargándose de polvo y de leyenda. La verdad es que nunca supe distinguir si aquello fue un tendajo, una tienda, una frutería e incluso una mercería… aquello que funcionaba en esa esquina… sólo recuerdo un mostrador, una vitrina y una vieja romana para pesar, cajas y bultos sin fin, papeles y colguijes por todas partes, carteles de viejos anuncios, estantes de madera en las paredes, telarañas en los rincones de las vigas, un cajón de morralla y una canastilla en original carrucha para mandar pedir los huevos de la cocina al mostrador… así era aquel lugar, más el personaje que lo atendía… la esquina tenía enfrente otras esquinas: la tienda es toda forma y fortuna de Don Manuel Ancira; la tlapalería de Don Manuel Flores; única en el mundo donde se vendían aguacates; y los patios con cubrevientos de la Escuela Manuel M. García.

Mucha cosas causaron mi admiración en aquel tendajo a donde se entraba por un caminito entre los bultos y cajones. No había para donde moverse, sólo entrar y salir:

Los mangos de tres a cinco centavos
los plátanos de dos por cinco
las estampitas para los álbumes infantiles
un señor tomando ajenjo por las mañanas
unos panes duros en las vitrinas
los quesos de tuna de San Luis
la cajas llenas de trompos
un cucharón para la sal y el azúcar
y los políticos del pueblo sentados en sillas de palmitos
platicando por las noches en la banqueta

El dueño, como tendajero de antes, era distribuidor y gritaba a veces; activo durante todo el día, conocedor de la gente, (también) era lector de la prensa diaria… hablaba de historia y de política, tenía pensamiento social… orador del viejo estilo; había sido diputado local allá por 1925. En sus estudios, fue profesor normalista… de pelo cano, hirsuto, se movía con agilidad entre el mostrador y la calle, la cual barría muy temprano discutiendo y despachando… fue una popular figura de mucho respeto… no sé cuánto tiempo estuvo en el mismo lugar pero creo que fue mucho, que se hizo historia en el pueblo.

Un día salí de la aldea y los años pasaron, andando por todas partes… era la década de los 60s cuando jóvenes integrábamos los movimientos estudiantiles, la solidaridad con Cuba, con Vietnam, cuando estalló el 68… en cierta ocasión, fugazmente regresé al pueblo, de entrada por salida, casi clandestino obligado por las circunstancias… sin saberlo, pasé por aquella esquina y el hombre salió del mostrador insistente hasta alcanzarme. Me saludó con afecto y me mostró al instante una foto de la revista Política, donde aparecía en un acto político en la ciudad de México, a un lado de Vicente Lombardo Toledano… eso me impresionó, era un detalle significativo. Hablamos un poco y me despedí, más el detalle se me grabó para siempre… la rueda del tiempo dio más vueltas. El tendajo siguió siendo el mismo y el hombre aquel también… pero un día todo acabó, el tendajo y su dueño. Las puertas se cerraron tan atrabancadamente, tal como fue su dueño. Adentro todo quedó en silencio y afuera empezaron los recuerdos…

Ahora, la vieja casa ha sido derrumbada, ha cambiado por competo la imagen de esa esquina de Porfirio Díaz y Escobedo. Ya no hay a qué revirar la vista. Ahora los recuerdos están en algunas esquina de nuestras memorias… y desde ahí saludo el buen recuerdo de aquel hombre que fue don Ambrosio Solís Guadiana.

1 de junio de 1987.


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