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I. El Barrio físico

Una espesa arboleda, tupida, cerrada, saluda al viandante que llega a Sabinas por el lado de Villaldama. De inmediato su vista cautiva a la de quien contempla por sus frondosos árboles. Y una vez que se prueba el exquisito sabor de sus frutos, cautivo queda también el gusto. A lo lejos, parece un bosque impenetrable, inacabable, pero a medida que uno se acerca se aprecia mejor la armónica distribución de los árboles y el amoroso cuidado que les prodigan sus propietarios. Una alfombra de hojarasca arropa las raíces de los árboles en invierno, pero éstos conservan todo el año las hojas verdes, que son perennes.

Las calles del barrio son, casi todas anchas, limpias y bien trazadas. La principal es la de Guerrero, que sube desde el río al oriente, hasta la salida a Villaldama en el poniente. Corren paralelas a ella las de Matamoros y Puebla al sur, y al norte las de Ocampo, Allende, de Maya, Hidalgo y Niños Héroes, siendo ésta última el límite al norte.

De norte a sur van las calles de Porfirio Díaz, que nace en el río junto a la de Guerrero y las de Lerdo, Mina, Abasolo, Jiménez, Zaragoza, Morelos y otras más hasta llegar al panteón. El barrio termina justo donde se unen Guerrero y la prolongación de Niños Héroes.

Las huertas de aguacate se encuentran principalmente a lo largo de las calles de Puebla, Matamoros, Guerrero, Ocampo, Allende, Hidalgo y Niños Héroes. Sus distintos propietarios son las familias de apellidos tradicionales en el pueblo: Garza, González, Durán, Acevedo, Villarreal, García, Valle, Salinas, Mireles, Chapa, Guajardo y otros.

Típicos habitantes de las huertas de aguacate eran las aves del barrio, que con sus trinos y arrullos hacían las delicias tanto de los tranquilos vecinos, como de los rapaces que hulera en mano disparaban con certera puntería; la paloma del monte o de las alas blancas, la paloma morada o “de Juan se cagó”, nombrado así por el sonido onomatopéyico de su canto característico, los veloces tildíos volaban en parvada, las chillonas urracas, la paloma triste, los misteriosos pauraques, las tranquilas tórtolas, los rojos cardenales y las domésticas gallinas, pollos, patos y gansos.

Las huertas se regaban con agua del río. Tomada en la presa de Los Vecinos forma la acequia del mismo nombre y corre paralela a aquél. De trecho en trecho, y al fondo de los ancones, la acequia nos obsequiaba con tranquilos remansos para tomar un refrescante baño al final de la jornada, como preparativo para vestirse de fiesta o bien para lavar ropa, actividad de algunas mujeres del barrio de Bellavista, al otro lado del río, que venían a ejercer su oficio para los clientes de este lado.

Periódicamente, a esta acequia se le abría una compuerta que permitía llevar el agua por un canal para regar las huertas de aguacate y el agua circulaba por todas las casa haciendo las delicias de la chiquillería que, muchas veces, atrapaba suculentas mojarras arrastradas por la corriente.


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