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El barrio del Aguacate

Rubén Helio Mascareñas Valadez

El barrio del Aguacate, pintoresco rincón de la cabecera municipal de Sabinas Hidalgo, Nuevo León, se encuentra en la parte central del área habitada de la población y queda atrincherado entre el río Sabinas al sur y al oriente, y la antigua calle de Piedra o Camino Real, hoy Niños Héroes al norte y poniente, por donde se dice que entraron los españoles fundadores del Real de Minas de Santiago de las Sabinas.

El barrio recibe su nombre de las numerosas huertas de ese árbol lauráceo de nuestra América cuyo fruto hace las delicias de la cocina mexicana. El sabor del aguacate criollo de Sabinas y también el de sus injertos posteriores me enseñó a chiquearme ante las nuevas especies, menos jugosas o más resecas. Siempre que tengo oportunidad, compro aguacates de cáscara delgadita, de sabor muy parecido al de los de mi Barrio del Aguacate.

Yo no nací en el barrio. El barrio me recibió cuando llegué desde Anáhuac acompañando a mi familia y contando apenas año y medio de edad. No quiero ser desconsiderado pues, con su hospitalidad, ya que me acogió en su seno, me enseñó un estilo de vida y me espera para cuando mis días se hayan cumplido, mis modestos afanes lleguen a su fin.

No habiendo nacido en Sabinas, es mi orgullo, sin embargo ser del barrio del Aguacate. Lo considero mi terruño y creo que es incomparable como los demás barrios de pueblo, ya que cada uno tiene lo suyo. Quiero, pues, ser instrumento para el conocimiento de mi barrio y de mi pueblo, de mi estado y de mi país; porque en cada barrio y en cada rincón de nuestro suelo late lo más entrañable de nuestros recuerdos, aquellos que es el germen del amor patriótico.

Siendo pues un intruso en mi barrio, él me acogió con ternura, me cuidó como un padre, me enseñó como un maestro, me amó como una novia y sé que me recuerda como un amigo.

Siento una triste melancolía, una dulce añoranza y una gran nostalgia por mi barrio. Los recuerdos se agolpan en la memoria y es menester un gran esfuerzo para ordenarlos y darles forma intangible.

Quisiera con este trabajo engrandecer la imagen de mi barrio para que no sufra mengua alguna en la que tiene cualquiera de sus habitantes que pudiera leer este pergeño de historia.

Espero, comprensivo lector amigo, que este escrito merezca tu atención; que logres ver en él un retrato romántico de tu terruño; que mis recuerdos revivan tus recuerdos; que mi barrio te haga recordar tu barrio. Y si alguna emoción despierta en tu corazón, habré logrado mi objetivo.

Inicialmente, unas palabras de exaltación a la memoria de mi barrio, que bien valen para cualquiera de los muchos que tenemos en México:

Barrio querido te extraño tanto como ave al nido Barrio sereno tu quietud me dice: “Se siempre bueno” Barrio sombreado que el sol rechazas como un escudo Barrio de barrios siembre me sabes a algo sabroso Barrio dolorido que fuerte helada tiró al olvido De hombres sabios mujeres bellas calles tranquilas patios sombreados Barrio de pueblo llevo en el alma tu fiel recuerdo Barrio esplendente lleno de lustre de honor y gloria has sido cuna de mil ilustres, sabias personas Oh, barrio-espina que llevo siempre en mi ser clavado Interverado, del pueblo antiguo Barrio querido en mí tu llaga es fiel recuerdo barrio modelo barrio arquetipo barrio ejemplar Barrio de barrios toma el recuerdo de un hijo tuyo que estar quisiera siempre a tu lado.

El Barrio del Aguacate es la síntesis del alma sabinense. Decir barrio del Aguacate es decir Sabinas. Sus huertas sombreadas, con el suelo cubierto de hojas secas y de tierra suave; amorosa cobija que sazona el lechoso sabor de los aguacates floreños y criollos, redondos y colorados los primeros de hueso grande y poca carne los segundos; de los Pepe, negros alargados y de hueso pequeño; de los Chamano, grandes, negros y carnosos; de los Molina, enormes y jugosos. No hay aguacates tan sabrosos como los aguacates de Sabinas.


I. El Barrio físico

Una espesa arboleda, tupida, cerrada, saluda al viandante que llega a Sabinas por el lado de Villaldama. De inmediato su vista cautiva a la de quien contempla por sus frondosos árboles. Y una vez que se prueba el exquisito sabor de sus frutos, cautivo queda también el gusto. A lo lejos, parece un bosque impenetrable, inacabable, pero a medida que uno se acerca se aprecia mejor la armónica distribución de los árboles y el amoroso cuidado que les prodigan sus propietarios. Una alfombra de hojarasca arropa las raíces de los árboles en invierno, pero éstos conservan todo el año las hojas verdes, que son perennes.

Las calles del barrio son, casi todas anchas, limpias y bien trazadas. La principal es la de Guerrero, que sube desde el río al oriente, hasta la salida a Villaldama en el poniente. Corren paralelas a ella las de Matamoros y Puebla al sur, y al norte las de Ocampo, Allende, de Maya, Hidalgo y Niños Héroes, siendo ésta última el límite al norte.

De norte a sur van las calles de Porfirio Díaz, que nace en el río junto a la de Guerrero y las de Lerdo, Mina, Abasolo, Jiménez, Zaragoza, Morelos y otras más hasta llegar al panteón. El barrio termina justo donde se unen Guerrero y la prolongación de Niños Héroes.

Las huertas de aguacate se encuentran principalmente a lo largo de las calles de Puebla, Matamoros, Guerrero, Ocampo, Allende, Hidalgo y Niños Héroes. Sus distintos propietarios son las familias de apellidos tradicionales en el pueblo: Garza, González, Durán, Acevedo, Villarreal, García, Valle, Salinas, Mireles, Chapa, Guajardo y otros.

Típicos habitantes de las huertas de aguacate eran las aves del barrio, que con sus trinos y arrullos hacían las delicias tanto de los tranquilos vecinos, como de los rapaces que hulera en mano disparaban con certera puntería; la paloma del monte o de las alas blancas, la paloma morada o “de Juan se cagó”, nombrado así por el sonido onomatopéyico de su canto característico, los veloces tildíos volaban en parvada, las chillonas urracas, la paloma triste, los misteriosos pauraques, las tranquilas tórtolas, los rojos cardenales y las domésticas gallinas, pollos, patos y gansos.

Las huertas se regaban con agua del río. Tomada en la presa de Los Vecinos forma la acequia del mismo nombre y corre paralela a aquél. De trecho en trecho, y al fondo de los ancones, la acequia nos obsequiaba con tranquilos remansos para tomar un refrescante baño al final de la jornada, como preparativo para vestirse de fiesta o bien para lavar ropa, actividad de algunas mujeres del barrio de Bellavista, al otro lado del río, que venían a ejercer su oficio para los clientes de este lado.

Periódicamente, a esta acequia se le abría una compuerta que permitía llevar el agua por un canal para regar las huertas de aguacate y el agua circulaba por todas las casa haciendo las delicias de la chiquillería que, muchas veces, atrapaba suculentas mojarras arrastradas por la corriente.


II. Las casas

Las casas del barrio, eran variadas en sus tipos, formas y materiales. Iban desde el humilde jacal como aquél en donde viera la luz primera el filántropo Manuel M. García o el que servía de morada a la familia De León hasta las grandes residencias de don José de los Santos, don Guadalupe Morales o don Carlos Morton, verdadero palacio con fachada de mármol, escalera panorámica y alberca, pasando por las casas de adobe o sillar, frescas y de techos altos. Morada siempre segura de los habitantes del barrio, por las noches muchas de ellas permanecían abiertas porque no había temores en el barrio ni gente extraña que pudiera causar algún daño.


III. La vida económica

La fruticultura era la principal actividad económica del barrio y no sólo se cosechaban aguacates sino también naranjas, duraznos y en mínima escala, plátanos, en las casas que tenían colindancia con la acequia.

Para la cosecha del aguacate, a horcajadas sobre el árbol, robustos jóvenes ya sacudían las ramas haciendo caer los frutos a punto de madurar o cuando estaban “pintos”; o, con largas breveras, atrapaban cuidadosamente aquellos de mejor calidad y de menor resistencia al mal trato.

Además de la riqueza frutícola, la gente del barrio vivía del pequeño comercio, que se ejercía en los que llamábamos tendajos, como los de doña Lola y don Manuel de la Cruz, de don Antonio Villarreal, de la familia Saldívar, de la familia García, de la familia Acevedo, de Chanito Guajardo, la frutería de Chon González, frente a la plaza, la tienda de don Roberto Garza, la de don Humberto Chapa y la matanza de cabritos de don Jesús Salazar, ubicada por Zaragoza al sur.

Si uno quería alguna cosa de Laredo, la buscaba con las tradicionales “chiveras”, las tan recordadas cuanto indicaba su gran peso doña Julia Espinosa y su hermana Lupe, imágenes permanentes de los caballos “prendidos” a los coches de tracción animal que las transportaban llenas de encargos a sus casas.

De contrabando también se podía conseguir parque, pólvora, zapatos o armas, en comercios o casas particulares.

Había pequeños rebaños de cabras o algunas vacas que proveían de leche al barrio o a las propias familias. De gratos recuerdos es el establo de don Ramón García que vendía la leche que a veces repartimos entre el vecindario sin importar el frío de la madrugada, por una módica peseta o un tostón, cuando aquél era más intenso. También vendía leche doña Amparo Ramos de García, a quien servía el buen Juvenal, en alegre exprés que recorría por las tardes el barrio a toda velocidad, y los inolvidables líderes de la Unión de Lecheros de Sabinas, don Filomeno González y don Santiago Flores, también vecinos del barrio.

Una botica, la de Lourdes surtía medicamentos al barrio, atendida por la familia de Pablo y Roberto Treviño, hijos de doña Lola.

Si se requerían servicios funerarios se podía acudir con don Ruperto Sánchez o don Manuel Garza Jiménez y si lo que urgía eran esquelas o invitaciones de boda, don Ruperto y su hijo daban un magnífico servicio.

En la plaza había también actividad económica: eran los dos sitios de automóviles: el sitio Plaza y el Hidalgo, donde autos impecables conducidos por los inolvidables Manuel El Manchado, Pancho Chapa, Lilo y Mateo Chapa, El Palomo y Pancho Ruvalcaba, quien también tenía un taller electromecánico frente a la plaza. Con cariño recordamos los nombres de Goyito Escamilla y Goyito Guzmán, así como los de los cocheros don Manuel Durán y don Jesús Villarreal.

Manuel Ibarra tenía un autobús para viajar a Monterrey, Todo mundo le decía: “Me separas un asiento de adelante o junto a la ventana”, He ahí el origen de su ferviente deseo de comprar un autobús “con puros asientos de adelante”.

Había una zapatería de remiendo por la calle Guerrero, propiedad de la familia Ramírez, lugar misterioso donde en invierno se jugaba a la lotería o a la baraja al calor de la lumbre.

Las mujeres usaban para lavar la ropa las bolas de jaboncillo, fruto del árbol saponáceo del mismo nombre que al hervir producía abundante espuma.

La pesca era otra actividad de los niños, jóvenes y viejos del barrio que sabían preparar deliciosos caldos de mojarra, bagre y robalo.

La Plaza Hidalgo estaba casi rodeada de cantinas que promovían la bebida y el juego pero tenían vida tranquila y a veces divertida, como cuando Camilo Villa, aquel zapatero lisiado e increíble bailador y otro borrachín zapateaban alguna polka o un huapango norteño.

Otra actividad económica era el reparto del hielo, delicia de la chiquillería al perseguir a Raymundo que lo transportaba en una ruidosa camioneta descubierta y de redila demasiado baja como para aguantarnos la tentación de atrapar al paso un poco de magia congelada o algo parecido a una fría piedra masticable.

Chamacos y mujeres acudíamos al molino llevando el nixtamal con Severo González para regresar más tarde a casa con la caliente masa, lista para preparar las sabrosas tortillas de masa o de manteca gruesa, los tostados bizcochos, los ricos tamales o las rojas enchiladas.

Los talleres de vestidos impulsaron la economía del barrio con la fabricación de vestidos, faldas y blusas, sábanas y fundas bordadas. Muchas jovencitas y amas de casa, además, producían en sus hogares “maquila” de costura y bordado para la industria que convirtió a Sabinas en la Capital del Vestido en México, como se le llamó en esa época. La calidad de los vestidos y los bordados de las mujeres sabinenses llegó a ser proverbial y a tener una gran demanda en México y en el extranjero.

La carpintería y la talabartería eran otras dos actividades económicas de los hombres del barrio. Recordamos con nostalgia las carpinterías de don Manuel Santos, por la calle de Matamoros, de su vecino Armando, de don Octavio Guzmán por la de Ocampo y las de don Manuel Garza Jiménez, don Mateo Acevedo y sus hijos, y la talabartería de don Alfonso Espinosa, ubicadas todas en la calle Zaragoza, la última junto al comercio de doña Elenita, su esposa.


IV. La vida social

La vida social del barrio era rica y variada, como correspondía a la edad de sus participantes. En la tarde y la noche los niños jugaban rondas y escondidas, los chamacos a los bandidos o al bote volado y los mayorcitos se reunían en las esquinas a contar historias de aparecidos o de personajes fantásticos. Durante el día se jugaba al trompo, a la pelota o al bate, a las canicas, el balero y el yo-yo; por las tardes se aprendía a fumar, primero en cañuto de parra que escaldaba la garganta y luego en Carmencitas, Rialtos, Argentinos y Faros. Más tarde vendrían los Belmont, Chesterfeld y Lucky Strike, cuyas cajetillas vacías eran motivo de colección para los chamacos. Por las noches jugábamos a los bandidos, al omblítage, saltando unos sobre otros, a los prisioneros, al bote volado, a las cebollitas o al burro, donde el más fuerte se pegaba al poste y todos tras él tratábamos de sostener el peso de los que caían encima.

En la plaza había varios puestos o estanquillos que hacían las delicias de los jóvenes con las ricas limonadas, los refrescos de plátano, sodas, etc. Sus propietarios quedan en el recuerdo: Manuel El Matado, Manuel Flores, Horacio Cavazos, Pancho Serrano y otros.

Los jóvenes paseaban por la noche en la plaza escuchando música o buscando a la pareja que el destino les tenía reservada. En ciertas bancas de la plaza y también dentro del cine, los enamorados se entregaban, cubiertos por la oscuridad, a las caricias. La chiquillería disfrutaba al máximo las películas de Durango Kid, Tarzán, Flash Gordon, El Gordo y El Flaco y demás. Otra actividad social muy practicada por los chamacos era el hurto de naranjas. Por virtud de los “ataques” a vecs la cosecha mermaba y había que extremar la vigilancia. Un grito estentóreo o la simple presencia del guardián nos hacía huir despavoridos.

Ir a la tirada implicaba armarse de una buena hulera o nigasura y de piedras redondas, entre los chamacos, y de rifle 22 de un tiro, de las llamadas de salón, de repetición o automáticas entre los jovencitos, que regresaban a casa con palomas o conejos, o con fruición los devoraban asados mientras permanecían en el campo.

Las bodas, cumpleaños, piñatas, entierros, lotería, baraja y demás reunían a niños, jóvenes y mayores en alegre camaradería. Se comían hojarascas, café, refrescos, tamales, fritada, cabrito en salsa o asado y arroz en abundancia.


V. La vida civil

Formaban parte del barrio la Presidencia Municipal, la Comandancia de Policía y la cárcel, todas en el mismo edificio, frente a la Plaza Hidalgo.

La autoridad se ejercía paternalmente y eran raros los disturbios que merecieran atención.

Los policías se la pasaban de guardia, a veces los repentinos rondines de Locho Garza provocaban la suspensión de la jornada en alguna cantina con los clientes asiduos. El juego se toleraba porque era un vicio arraigado de personas honorables. Fue célebre aquel cartón de Semana cuando un soplón advirtió a los jugadores: “Ahí viene Locho, ahí viene Locho”; y el que iba a lanzar los dados exclamó: “Qué ocho ni que nada, lo que va a venir es el siete”.


VI. La gente

Lo más hermoso del barrio era su gente. El barrio estaba habitado por una misma categoría: la humana en toda la extensión de la palabra. Nunca fueron desavenidos. Mientras en otros barrios hubo dificultades por herencias familiares el nuestro fue siempre sumamente pacífico.

Los valores que la gente del barrio cultivó nos ayudaron a labrar un futuro de hombres y mujeres de bien.

Siempre eran bienvenidos los fuereños y se les aceptaba con facilidad, concordia y amistad.

Honestidad, incorruptibilidad y decencia fueron siempre las divisas de la gente del barrio, su propensión, su vocación.

El trato de sus gentes era igualitario. He aquí algunos nombres distinguidos: Ing. Juan Garza Morales, Ing. Juan Morales, don Gilberto Garza, doña Julia Flores viuda de De Garza, don José de los Santos, don Antonio Villarreal, don Luis Garza, don Carlos Ramos, Rev. Octavio Mascareñas, Ramiro Samaniego, don Eulalio Garza, don Manuel Morales, don Ricardo de la Garza, don Ramón Mireles, el Dr. don Ricardo Morales, don José R. Mireles, don Guadalupe de la Cruz, don Máximo de León, don Humberto Chapa, don Margarito Salinas, don Melchor Ibarra, don Francisco Chapa, y tantos y tantos otros con todas sus distinguidas esposas, hermanas, hijos, etcétera.

Las gentes del barrio del Aguacate eran las gentes de Sabinas, con los brazos en cruz, con la sinceridad del tamaño de una montaña y la característica franqueza de la gente norteña.

Guapas mujeres adornaron siempre el solar sabinense. Las más guapas entre ellas eran las del barrio del Aguacate.

Las muchachas del barrio, hermosas como reinas, verdaderas reinas del barrio, guardadas celosamente por padres y hermanos eran lo que el hombre siempre ha buscado en la mujer: belleza, honestidad, recato, pulcritud, obediencia, amor, cuidado y responsabilidad.

Los jóvenes del barrio auténticos galanes paseaban con orgullo por el pueblo y eran el blanco de las miradas femeninas y la envidia de los jóvenes de barrios ajenos. La temporada de floración del aguacate coincidía con la primavera, el clima agradable y el enamoramiento de los jóvenes. Llenos de ilusión, buscaban a su pareja entre las muchachas del barrio.

Los adultos, todos ellos trabajadores, responsables, hombres de hogar, fuertes de carácter rígido pero llenos de bondad.

Con las guerras de Corea y Vietnam, el auge de la industrialización de Estados Unidos de América y la contratación de mano de obra barata para las tareas agrícolas en aquel país, surgieron en Sabinas los emigrados, jóvenes que iban en busca de trabajo y fortuna al coloso del norte, Muchos de los jóvenes del barrio se fueron y regresaron por temporadas con lindos carros, dinero para casarse, radios, buena ropa y comodidades para sus hogares.

Los que dieron mayor lustre al barrio fueron quienes hicieron de sus vidas una constante y total entrega al servicio de los demás. Entre ellos destacan don Manuel M. García, hombre de empresa y filántropo, Eugenio A. Solís, maestro y director fundador de la Escuela Normal Pablo Livas, doña Josefina Valadez de Mascareñas, enfermera y periodista y Juan Garza Garza, maestro y poeta, cuyos nombres ostentaban orgullosamente algunas escuelas del estado; Roberto de los Santos, pianista de fama internacional y periodista, Abiel Homero Mascareñas, poeta y maestro, Humberto Moro y Nacho Treviño, toreros de altos vuelos, Jorge Mascareñas, deportista, maestro y periodista, Celso Garza Guajardo, maestro, historiador y cronista de la ciudad, que viviera una temporada en la casa de su tío Juan Garza, Roberto de León, maestro, historiador y periodista, Máximo de León, intelectual y maestro universitario, Rubén Helio Mascareñas, maestro y autor de libros de texto, doña Amparo de los Santos, incansable luchadora de las más nobles causas y tantos otros a quienes todo mundo en nuestro pueblo conoce.


VII. La vida cultural

El barrio del Aguacate fue la sede inicial de las más importantes escuelas de Sabinas: la Secundaria Profesor Antonio Solís y la normal Pablo Livas, centros culturales formadores de jóvenes que impregnados de altos valores cívicos, humanísticos y espirituales han elevado el prestigio de su pueblo, de su escuela y de su barrio.

También los dos principales templos se encuentran en el barrio: el de San José, de la fe católica y la primera iglesia bautista, cuyas labores calladas y permanentes han dado al barrio del Aguacate esa tranquilidad de espíritu características de sus habitantes.

Frente a la plaza existía el Cine Olimpia y aún existe la Sociedad Mutualista, que han dejado honda huella cultural en el barrio y en el pueblo.

No menos importante en el aspecto cultural porque allí se hablaba de todo y porque se aprendía a escuchar y a conversar, era la peluquería de don Antonio Hinojosa, localizada en contraesquina de la plaza. Era un centro de reunión de políticos, poetas e intelectuales, siempre con algo que enseñar a quienes los quisiera escuchar.

En la plaza o en el balcón de la presidencia, durante los desfiles conmemorativos de las gestas nacionales se tuvo una constante fuente de cultura cívica y patriótica que ayudó a forjar el espíritu responsable de los habitantes, no sólo del barrio, sino del pueblo todo.

Valiosos elementos culturales, los músicos y los poetas han llevado a todas partes su alegría y su mensaje de optimismo. En nuestro barrio no podían faltar estos elementos que, rodeados de un ambiente propio, desarrollaron el talento musical hasta muy altos niveles. Recuerdo aquí al músico poeta don Armando Villarreal, autor de Morenita Mía, a don Francisco Leyva, al profesor Alfredo Chapa, a Jesús “Chito La Burra” Guadiana y a las familias Acevedo, Neri, Villarreal, Chapa, Espinosa y muchas otras que produjeron verdaderos artistas de la música sabinense. Lugar especial tiene también el poeta Antonio R. del Valle, cuyo nombre ostenta la biblioteca de la Escuela Secundaria Profesor Antonio Solís, y José “Chapo” Morales, autor de la música del himno de la Escuela Normal Pablo Livas.

A partir de 1963 se instaló en el barrio la oficina del periódico Semana, ahora Semana Regional, editado por el profesor Jorge Mascareñas y dirigido por su madre, doña Josefina Valadez de Mascareñas. Ha sido un instrumento de innegable tradición cultural en nuestro pueblo por casi cuarenta años.


VIII. Algunos personajes de fama

Todo pueblo tiene ciertos personajes a quienes quiere y respeta aun cuando la naturaleza no los haya dotado de la inteligencia que merecían como seres humanos, y aquí quiero recordar con cariño a los que eran del barrio o lo frecuentaban, como La Teíta, que aunque era de Bellavista nos causaba pavor el sólo verla deambulando por el río, hablando sola y vociferando; a Virgilio Garza y sus hermanos, cuyo encierro era símbolo de la lobreguez en que estaban presas sus almas atormentadas; a Juanito El Indio, personaje centenario lleno de mansedumbre y energía; al Chocolatito, ser extraviado en los laberintos de la mente; a Trejo, solitario caminante que se iba a pie hasta llegar al puente de Laredo para devolverse en seguida; a Librado, que azadón al hombro servía a quienes tuvieran solares que limpiar; a Polenche y al tío Chino, guardianes celosos de los solares del ingeniero Juan Morales; a Barrica Patanga y Henry, personajes que se ganaron el cariño aunque no siempre el respeto de sus congéneres más afortunados; a La Coco, que deambulaba jacaleando por el barrio y masticando un lenguaje incomprensible por incompleto. Estos personajes y algunos lugares tenebrosos como la “Casa Embrujada” de Mina y Allende o El Charco de Tía Treja han quedado indeblemente grabados en nuestra memoria.


IX. El humor

A veces la tranquilidad del barrio era perturbada por el grito: “Salió rosita la nieveeeee” o: “Estos conos ya se acaban y no se vendeeen”, pronunciado por Silverio Acevedo, que en una ligerina vendía su producto por el barrio.

Recuerdos como este nos hacen sonreír y evocar otros semejantes, como el detalle de la compra de naranjas a dos por cinco y su venta a cuatro por diez, que según se contaba había hecho Robestán, quien a pesar de vender todo llegó a casa sin dinero. A la pregunda de su esposa sólo acertó a decir: “Pos no sé, vieja, todo se me fue en dar feria...”

O la famosa clasificación de los tipos de aguacate por su cantidad o sus efectos en el organismo hecha por don Apolinar Durán, célebre humorista del barrio: “Este es el aguacate pendejo, porque es tan tonto que se llena de fruta y se le quiebran las ramas... Este es el despertador, porque con el ruido que hace en la mañana despierta a todo el barrio”.


X. El río

El río, colindante, hacia el sur y el oriente con el barrio, abundaba en remansos que nosotros llamábamos charcos. Como la población era poca, el agua sobraba y corría por largo tiempo, cosa que ya rara vez ocurre.

Luego de la gran avenida que arrasaba árboles, piedras, ramas y cuanto a su paso encontraba, el agua iba quedando cristalina y formaba los charcos donde la chiquillería y los jóvenes acudíamos a nadar o pescar. Tales eran, desde la presa de Los Vecinos; el Charco Largo o Charco Azul. Los Nueve Sabinos, Las Peñitas, Las Palomas, El Charco de la Tía Treja, entre otros, en los que aprendíamos a pescar a mano, a nadar, a chacualear y dar colazo, bañándonos desnudos o “contoy ropa”.


XI. La muerte del aguacate

En 1984, una fuerte helada marchitó los árboles dejando un paisaje de desolación donde antes hubo verdor y vida.

El aguacate quedó en el abandono. Poco a poco fueron cortándose los árboles y supliéndose con injertos de otra clase.

El barrio mudó con el tiempo, o será que cuando lo vemos tal como está es distinto al barrio que recordamos y que sigue viviendo en nuestros sueños y en nuestros recuerdos.

Si fuera nigromante, barrio amigo, tus muertos me dirían que vivirán eternamente.


Conclusión

El barrio del Aguacate es el centro cultural, histórico, religioso y administrativo de Sabinas Hidalgo y puede ser considerado por tal razón como el más importantes de todos los barrios de Sabinas.


Apéndice

Una reflexión sobre la epopeya del barrio del Aguacate.

La epopeya del barrio del Aguacate

Solamente un gran poeta o escritor, podría, a juicio nuestro, expresar la grandeza de un barrio como el del Aguacate de Sabinas Hidalgo. Son tantas las cosas que hay que decir, tantos los valores contenidos en las tradiciones de éste, en otro tiempo idílico lugar de Nuevo León, que plasmar su historia en un documento digno de su importancia requiere de una pluma verdaderamente diestra.

A falta del gran escritor que cante las glorias, las alegrías y tristezas de mi querido barrio del Aguacate, he echado mi cuarto a espadas y ofrecido este sencillo trabajo que pretende perpetuar la memoria de un lugar lleno de parajes idílicos, dignos de ser cantados por un nuevo Virgilio y de una tradición cultural, política y social dignos de un nuevo Homero que cante la epopeya del barrio del Aguacate, que con toda su humilde sencillez ha logrado cristalizar, a través del tiempo, en la formación de una pléyade de hombres y mujeres que han enaltecido a su solar nativo o por adopción y han elevado al prestigio y la honra de nuestro querido Sabinas Hidalgo.

La paradoja consiste en que realizadas estas personas ya no regresaron al barrio, al tiempo que otras de gran prestigio fallecieron; por tanto, el barrio no recibió el refuerzo que requería para renacer y se debilitó. Una terrible helada y la modernización acabaron con aquel lugar idílico que tanto dio al pueblo. Por otra parte, lo que el barrio dio a la gente lo recibió a su vez del prestigio que ellos lograron.

El barrio del Aguacate influyó de tal manera en las gentes que estaban más arraigadas a él, que llegó a formarles un estilo de vida y una forma de ser y de pensar que tenía como base los múltiples valores sociales, culturales, estéticos e intelectuales que determinaron el ser y quehacer de sus habitantes.

El relato muestra todo lo positivo que tenía el barrio del Aguacate e influyó y continúa influyendo en la forma de ser de estas personas. Como solía decir la maestra Elba Solís, no hay gente de Sabinas que sea mala. Por reducción, si el barrio es representativo de Sabinas, no puede haber gente del barrio que sea mala. Como el que dijo que no puede ser malo quien sabe de música, no puede ser malo quien haya nacido o se haya criado en el barrio del Aguacate y haya recibido de alguna forma su influencia bienhechora.

¿Cuáles son estos valores? Estos valores son la honestidad, la bondad, la fidelidad, la amistad, la buena fe, la colaboración, la fe en el destino bondadoso de la humanidad, el amor a la naturaleza, a las fuentes de agua cristalina, al Ojo de Agua, al río, a los árboles frondosos, a las corrientes de agua que brotan del seno de la tierra y abastecen a la comunidad para suplir sus necesidades sin costo alguno, gratuitamente, paternalmente.

La vida económica servía para mantener a todos con vida sin exacerbar la explotación del hombre por el hombre. Todos podían disfrutar de la naturaleza, según sus recursos: de la leña del río, de las piedras, del agua, de los aguacates que daban a la calle, etcétera.

La autoridad se ejercía sin autoritarismo y los sabinenses aprendimos a ser colaboradores con el gobierno y a ofrecer siempre nuestros recursos para que las cosas funcionaran bien con el esfuerzo de todos.

La gente no era ostentosa y compartía lo poco que tenía con los demás o con los que menos poseían. Era una especie de comunidad primitiva en la que aun los desposeídos podían recibir del público lo más indispensable para su subsistencia.

El humor se mantenía como algo necesario para contemplar la vida desde el lado positivo, con alegría, y sin que las asperezas de la existencia turbaran la tranquilidad de las personas. Sabinas es el pueblo de los grandes humoristas, como lo son muchos pueblos de nuestro país.


Créditos

Título: El barrio del Aguacate.

Autor: Profr. Rubén Helio Mascareñas Valadez.

Libro: Historias de Nuestros Barrios, Primera Edición: Febrero 1994.

Concurso Historia de los Barrios, efectuado en 1992.


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