Celso Garza GuajardoEra alto, delgado, blanco y de ojos claros, bigote espeso a la antigua; vestía de caqui, sombrero y paliacate rojo mexicano. Usaba botines y navaja al cinto; sus manos eran duras y su voz de mando. Fumaba cigarros de hoja; jinete de buena estampa, sabía de caballos y de monturas. Los mismo conducía un express, un tiro de mulas o un yunta de bueyes… lazaba animales y los herraba… echaba el pial y hacía la ordeña… chamuscaba el nopal y lo cortaba… curaba animales y sembraba la tierra.

En fortuna material vino de más o menos… cosa común en las familias de antes, que vivían de trabajar el campo… se oía decir: “tuvieron esto… tuvieron lo otro…” y después no tuvieron nada o casi nada. Lo que sí tuvieron, lo que nunca dejaron de tener, fueron los días de trabajo en los cuales conformaron sus cualidades humanas, apreciadas sin distinción por todos.

En lo que escuché antes y en lo que oí después, supe del abolengo y riquezas poseídas en pretéritos tiempos por la familia: el rancho de Las Esmeraldas, casas, labores, rebaños de animales “alazanas” guardadas en morralitos, etcétera… todo vino a menos, pues el capital rústico de campo no es como el bancario; éste se reproduce en el ocio del tiempo y el otro se desgasta hasta desaparecer en angustias y sinsabores…

El hombre quedó sin nada, sólo con el aprecio y respeto del viejo pueblo… todos le querían… todos queríamos al abuelo Juan Guajardo 1880–1953 y yo fui uno más de sus nietos.

En las ancas del caballo, en el expresito o siguiendo sus pasos por las veredas entre los montes, acompañé al abuelo Juan… el tío Abraham Flores, hombre de bien y de gran corazón y sonrisa, le facilitó una pequeña labor al poniente del pueblo, para sembrarla… cerca había un jacal de palos y de lodo, una noria y unos corrales, anacuas, comas, encinos y monte espeso en los alrededores… parvadas de correcaminos al medio día debajo de los árboles y coyotes aullando por las noches… rebaños de cabras, vacas y bueyes acercándose al aguaje.

Vi trabajar al abuelo, crecer la siembra y recoger la cosecha. Le vi destazar animales, secar la carne y utilizar el cuero, hacer correas y zaleas… le vi juntar hierbas medicinales del monte, arreglar las ruedas del carretón, cortar estantes, reparar cercas y construir un bordo para desviar las aguas… le vi observar las nubes como rezando y desgranar las mazorcas como dando gracias… rajar leña, remover las cenizas, encender la lumbre y poner una moca de café a las 5 de la mañana.

El abuelo Juan sabía de las malas hierbas y un día me dijo que las hierbas malas no eran las que estaban en los sembradíos, sino las que crecían en las almas de los hombres.

El campo y la historia en imágenes de una época pasada del pueblo, eso representó para mí el abuelo Juan Guajardo… una época donde hombre y campo eran lo mismo.

Sabedor de su fin por las enfermedades que le agobiaban, un día le acompañé a despedirse de familiares y amigos, quería saludarlos a todos y pagar deudas… irse sin dejar ni saldos en contra. Como todo un caballero, sin pedir tiempo prestado al futuro…

El abuelo Juan se marchaba… se moría. Regaló el caballo, guardó la montura, vendió el expresito y las veredas se hicieron de otros… no más idas a los campos, no más pláticas a las sombras de los árboles del camino ni canciones al viento, como aquella de “Las estrellas, el sol y la luna…”

Un día por la tarde llegó el fin…

Ha pasado tanto tiempo…

Aún así, siguen frescas en la memoria las rústicas lecciones de aquel abuelo llamado Juan Guajardo… por eso, cuando estoy en el campo, también me levanto a las 5 de la mañana y como puedo hago un café, veo el cielo y me imagino que voy caminando detrás del abuelo, rumbo a la labor aquella al poniente del pueblo por entre las anacuas, las comas y los encinos, por entre el monte, sin perderme, por un camino que ya no conozco en la imaginación.

Hoy ese camino está en los recuerdos… el lugar donde no hace falta pedir prestado tiempo al futuro para que la vida perdure… aún perdura el abuelo Juan.

20 de octubre de 1986


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