Celso Garza GuajardoToc, tac, toc, por las calles las carretas
Toc, tac, toc, por los caminos las carretas…

Las carretas eran muy pesadas, tan pesadas que parecía que nunca se irían a mover y sus ruedas eran como los soles que retaban al calcinante polvo de los caminos. El polvo sedoso de los caminos seguros era aquél que tuviese más la huella de las carretas, el mas transitable, el de más polvo.

Altas las carretas y grandes y grandes sus ruedas. Fuertes sus bueyes y audaces sus dueños.

Las carretas, sus ruedas, sus bueyes y sus hombres fueron expresión de trabajos duros, útiles y armoniosos. No había términos medios, o se era de buena madera, de buen acero y de buena sangre., o aquello no funcionaba. Todo era una armazón, una sola fortaleza.

Las carretas cargadas de bultos.
Las carretas cargadas de leña.
Las carretas cargadas de nopales.
Las carretas cargadas de arena.
Las carretas cargadas de piedra y sillares.

Las carretas iban despacio, pero llegaban a donde tenían que llegar.
Toc, tac, toc, por las calles y caminos las carretas…

Las voces del carretero guiaban el esfuerzo de los bueyes. La mirada de los animales estaba puesta siempre sobre los surcos del camino. Cuando la carreta se conducía vacía, los bueyes y el carretero parecían inseguros e imprecisos; cuando la carreta regresaba cargada, todo aquello era un monumento al esfuerzo y la dignidad del trabajo.

El hacha, el talache, el pico, la pala y el machete eran instrumentos de carretero. Las –coyundas– los mecates y la garrucha, formaban también parte de su indumentaria. Colgaban también, dentro de los estantes de la carreta, un morral para los alimentos y la ropa y un barril o cantimplora para el agua. Todo ello más los nombres de los bueyes, formaban el cuadro de ese rudo quehacer ya casi desaparecido.

En la esquina nor-oriente de las calles de Iturbide y Victoria había un solar con mezquites; ahí algunas veces paraban las carretas, después de realizar su carga. Descansaban los bueyes y los carreteros platicaban en torno a una pequeña lumbre. Surtían su mercancía en la casa comercial del difunto Don Nicasio Escamilla y muy temprano en la mañana salían.

También, cuando la secundaria estaba por la calle Dr. Coss, yo miraba por las tardes las carretas que estaban en un solar, donde también había un mezquite por la calle Galeana. Una vez un carretero se quedó varios días, dormía debajo de la carreta; después vendió su yunta de bueyes y el carretero se fue. La carreta se quedó sola por mucho tiempo y los niños del barrio jugaban con ella.

Toc, tac, toc, por las calles y caminos del recuerdo y casi están a punto de perderse; pues en los caminos del recuerdo, el polvo se llama olvido.

Toc… tac… toc…

22 de septiembre de 1984.


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