Celso Garza Guajardo

La pobreza en sentido bíblico es una virtud que contiene el gran valor humano de aprender a vivir con lo necesario, pues la riqueza desmedida destruye a quien la posee y ofende a los demás… la felicidad, meta existencial de todos, no se logra en una sociedad de valores sobrepuestos a los hombres, ninguna sociedad colmada de riquezas se ha convertido en una sociedad de hombres felices… pues todo ello aleja de la virtud señalada de saber vivir poco, para tener mucho que dar.

Celso Garza GuajardoLa pobreza en sentido bíblico es una virtud que contiene el gran valor humano de aprender a vivir con lo necesario, pues la riqueza desmedida destruye a quien la posee y ofende a los demás… la felicidad, meta existencial de todos, no se logra en una sociedad de valores sobrepuestos a los hombres, ninguna sociedad colmada de riquezas se ha convertido en una sociedad de hombres felices… pues todo ello aleja de la virtud señalada de saber vivir poco, para tener mucho que dar.

En todo lo anterior pienso cada vez que los viejos patriarcas del pueblo se retiran físicamente… de uno en uno… así ha venido siendo, hombres y mujeres de viejos cuños y moldes… templados en las pruebas de sus propias vidas, siempre afanosos y constantes, seguros y enérgicos… despertando antes del día y cautivando a las noches con sus creativos pensamientos. Se van siendo los patriarcas de oficios y misiones que encauzaron a nuestro pueblo y que marcaron conductas a nuestras vidas… les vimos una y cien veces, de lejos y de cerca… en diálogos o en silencios, pero de todas formas nos impactaron… seres de trabajos cotidianos precisos en la verdad de haber vivido con poco y saber dar mucho sin exigir nada a cambio.

Uno de esos patriarcas se nos ha ido… se llamaba Don Benjamín Garza Serna, se fue a los 90 años, con todas sus tradiciones y quehaceres.

No sé si la imagen que tengo es un mero accidente visual de lejanos días o una confusión de pasajes casi imposibles de volver a ver. Lo cierto es que recuerdo muchos carretones en el pueblo, de las mismas proporciones y usos, de los mismos ruidos y vaivenes. Lo cierto es que recuerdo a muchos hombres en los carretoneros, con los mismos rostros de labriegos, sombreros de palmito y sencillas vestimentas.

Don Benjamín tenía un carretón… no era carretonero pero tenía un carretón… en realidad nunca supe qué era, si labriego, jornalero o lechero… lo cierto es que pasaba con su carretón por la calle de Juárez y en su casa había un pequeño portón… lo vi muchas veces en un ir y venir en su carretón por la calle de siempre.

Como a todos los hombres de carretones, se le veía solitario y taciturno, pero a la vez útil y bondadoso… con su carga de labriego, yendo a un temporal, trayendo bultos, pastura, calabazas o semillas… un ir y venir… un enganchar y desenganchar… un ver pasar el tiempo tras las ruedas, y siguiendo las mismas huellas de todos los días.

No existen más esos personajes… Don Benjamín fue quizás el último… se han acabado los hombres de los carretones… así tenía que ser y así fue. Don Benjamín fue el hombre de esa época, de esas faenas de trabajar y de ocuparse de sí mismo, de llevar y traer las cosas, de cultivar el temporal, de tener un pequeño corral y de vivir de la tierra, de los quehaceres rústicos del campo… una pequeña casa con portón y quizás un portal para los animales.

Trabajar por las calles en el marchar y regresar de un carretón sobre sus mismas huellas… un observar la solitaria figura de un hombre que a todos saludaba… un saludar a un hombre con las virtudes bíblicas de la pobreza. Por eso hoy le recordamos y le decimos GRACIAS.

2 de agosto de 1988.


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