Celso Garza GuajardoDe niño, de muy niño, casi cuando de la mano me llevaba a la escuela… cuando las calles aún eran de polvo y muchas banquetas aún de piedra, cuando las ventanas tenían rejas y en los cuartos de las casas había cortineros de palos de escoba… allá en el tiempo… lejos, muy lejos en la memoria que se pierde de una infancia que no se olvida… recuerdo el sonido de los pianos… la música de los pianos en el ámbito de las calles y de las casas del pueblo… no se veían los pianos pero se oía su música y en el silencio de entonces se caminaba como andaba por el cielo… asocio siempre la escena con las primeras horas de la mañana… en las mañanas frescas y alegres de la aldea, en el silencio de casa en casa y luego el sonido que hacía distinto el momento… la música de los pianos y era entonces cuando uno se pegaba a la pared, disminuía el paso y “entrevolteaba” a la ventana temeroso, por instantes, queriendo ver la acción que producción aquellos sonidos, por instantes, surgía una emoción que fue sembrando sin querer la semilla de que aquello era algo distinto y mejor a muchas cosas.


Nunca vi los pianos, pero sé dónde estaban… ya no están pero los sigo oyendo como si estuvieran, allá por la calle de Guerrero, por Ocampo, frente a la plaza, allá por la calle de Mina, por Escobedo, quizás por otros lugares, quizás por tantos lugares hasta llegar a un momento en que por todas partes se oía el sonido de los pianos… quizás no lo había en todas partes, pero el silencio era tal que la música de los pianos en las mañanas del pueblo envolvía todo el ámbito… al correr de banqueta en banqueta y al voltear de una cuadra a otra… aquello fue como un concierto que se ha quedado en el recuerdo.

Alegre y misterioso a la vez, nos resulta el sonido de los pianos, escuchándose de las casas hacia las calles, sin regresar al interior de cada casa ni de cada piano… uno sabía que la música del piano salía de una ventana, pero no sabía ni qué era el piano ni quién lo tocaba.

Después, cuando la infancia se hizo pretérita, supimos de los pianos y de los pianistas del pueblo, de los pianos y de los pianistas de otros lugares del país… pero ya para entonces hacía mucho tiempo que en el pueblo se habían cerrado las ventanas de rejas y se cayeron y se dejaron de tocar las teclas de muchos pianos… ya para entonces los pianos se habían empolvado y quienes los tocaban se habían marchado.

A veces vuelvo a recorrer las calles por donde se escuchaba la música de los pianos, me pego a las paredes, trato de imaginar dónde estaba una ventana, pero nada escucho de sonidos que se asemejen a un piano, tocado en su interior… no se oye nada, hay mucho ruido pero no se oye nada… quién sabe dónde quedaron los pianos.

Quizás en el pueblo de ahora haya pianos por aquí y por allá y quizás también se les toque de vez en cuando, pero ya no se escuchan como antes, ni su música invade las calles… ya no existe el silencio en la imaginación para comprender que aquello era algo distinto y mejor a muchas cosas… los viejos pianos del pueblo… las viejas manos que los tocaban… las ventanas de rejas que se cerraban…

s. f.


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