Celso Garza GuajardoSiempre les veía caminando… a veces iba uno solo, a veces dos y hasta tres juntos. Eran fantasmas a todas horas por las calles y veredas del pueblo, no porque fuesen muchos y sí en cambio porque eran pocos y su trabajo se refería en diferentes horarios y rumbos de la aldea. Cada quien con su azadón… el azadón es un instrumento de trabajo agrícola surgiendo desde que el hombre se hizo sedentario, se practicó la agricultura, la canalización de las aguas y las obras de construcción.


El azadón es un instrumento de trabajo que requiere la fuerza de un hombre para su uso. Con él remueve la tierra, se hacen surcos y zanjas. El azadón se mueve por voluntad y se conduce con talento.

Los hombres de los azadones en aquel pueblo de faenas agrícolas donde las acequias eran importantes, sus gentes vivían aún en casas de jacales solariegos, eran personajes necesarios y solitarios… eran como soldados sin carabina de palo, como oficiales de un oficio que no tenía nombre… además sólo trabajaban con el azadón y sus cuerpos parecían un tinglado de huesos y nervios… sus miradas tenían la dirección inclinada del azadón escarbando la tierra junto con él. Fuertes hombres que fueron para mí leyendas:

La leyenda de Librado

Librado cargaba siempre un azadón, su morral, su sombrero y su pantalón arremangado de un lado… usaba huaraches… caminaba y se paraba en los viejos tendajos a fumarse un cigarro, pensaba… nada más pensaba y se quedaba mirando y no decía nada, caminaba… y caminaba perdiéndose a la vuelta de cada esquina hasta que encontraba un solar donde era llamado para limpiarlo… de eso vivía y eso era lo que le gustaba hacer, lo que sabía hacer… sólo eso y nada más… quién sabe cuántos solares limpió Librado, seguramente muchos… Librado cruzaba el río en la bajada de Bella Vista y echaba a andar por las calles del viejo pueblo, iba a las casas de la gente que lo conocía donde recibía su paga y la comida por la faena.

Librado se regresaba por la noche… piensa y piensa como un hombre que no hacía ruido, solamente platicaba con algún viejo amigo y continuaba su regreso a casa… cruzaba el río en la subida a Bella Vista… la jornada había terminado. Así todos los días haciendo siempre lo mismo hasta que Librado se fue arropando de años viejos que le doblaban sus fuerzas, más él no dejaba de andar… andaba y andaba por los mismo caminos en aquel su oficio sin nombre… pero con el tiempo se detenía cada vez más. A veces creo que recorría por recorrer las calles que ya sabían de él… luego ya no supe de su figura… no le veía… pregunté: me dijeron que había muerto.

Al recordarlo creo que murió de viejo junto el viejo pueblo al acabarse los solares y al no haber ya tendajos en las esquinas dónde detenerse a descansar; además de que sus viejos amigos también habían muerto o marchado del pueblo… además de que también un día su azadón se negó a responder a su escasa fuerza, creo que allí fue su mayor tristeza, pues eso es lo que había hecho toda la vida. Librado Cruz fue un digno y humano hombre.

Los fantasmas de la acequia

Nosotros nos bañábamos en la acequia, en el tramo de la pasada de la calle de Guerrero… esos eran nuestros dominios, conocíamos todo lo que había en ese lugar… los árboles, sus nidos y sus pájaros, las sardinas, las mojarras, los zopilotes, que volaban en el río, las víboras negras y las lechuzas, los pasitos, los suelos firmes y los resbaladizos, los recovecos sombreados y los soleados; en fin, que aquel lugar era nuestro y no lo compartíamos con nadie de otra calle y mucho menos de otro barrio, la acequia al pasar por la calle Guerrero era nuestra… de ahí nadie nos sacaba, no nos decía nada… bueno nadie excepto los fantasmas.

Los fantasmas, así le decíamos a los hombres de los azadones que limpiaban la acequia los que caminaban por todo su borde y la desasolvaban donde hiciera falta; además eran los que cuidaban de sus puentecillos y sus puertas. Eran los fantasmas porque nosotros los veíamos pasar al atardecer por ese lugar y sólo ellos nos podían sacar de la acequia que era nuestra… eran los hombres de los azadones que hacían que esa acequia luciera siempre cristalina y limpia, los veíamos caminar por el borde de la acequia en la tarde y en el anochecer como fantasmas con sus azadones al hombro.


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