Celso Garza GuajardoTodo retrato de un cronista es a lápiz y sobre papel. No requiere más artificios. Papel y lápiz, nada más. Se dibuja con palabras, en la soledad y en la duda de no llegar a saber a quienes y cuándo importará lo que en sí está delineado.


El cronista se retrata cuando escribe. No lo sabe pero así es. Las líneas de su pensamiento se desdoblan entre la indagación y la imaginación. Del ayer hasta ahora, hasta él mismo, hasta que después no sea él. Con objetividad trata de enlazar lo que ve con lo que siente, informa del pasado pensando en el futuro.

Cuando el cronista desaparece queda solamente su testimonio. Quedan sólo sus escritos. Es ahí cuando cuaja su mejor retrato sacado del translúcido que dan sus palabras escritas, vertidas en cientos de párrafos y de hojas. En el conjunto se observará su saber y su objetividad engarzado a sus sentimientos y a sus anhelos; dándose así la medida de la persona de cuerpo entero. Es entonces cuando el retrato está dado para siempre. Habla por sí solo, aún cuando todo parece que acaba, cuando todo parece que se va, que se olvida… entonces queda el cronista en su retrato.

El retrato del cronista no es para colgarse en marcos, ni en vitrinas, ni en salones de la fama. Por lo común, está entre papeles de archivos y entre anaqueles de bibliotecas y más aún, por interesar familiar y particularmente a una comunidad, en realidad está en la memoria colectiva del pueblo.

Hacer el retrato del cronista de los tiempos de ahora, en época de tanta tecnología y distorsión de los valores humanos es una tarea que tiene sus dificultades, pues al parecer, la vida de un cronista, ahora pasa por tres grandes circunstancias:

  • La del nombramiento
  • La de su título
  • Y la de su lección

La circunstancia del nombramiento es el toque más efímero del retrato. Algo que puede o no darse. Ser o no ser. Es una circunstancia de la inquietud tras la ocasión, lo aparentemente inesperado y no deseado pero que a su vez revive el ego; o también aquello que se consigue a pulso, pero como un objeto deseado. Las circunstancias del nombramiento es algo que cada quien sabe y explica a su modo, que los demás también saben y captan según su entender. En suma, es como un gozo que oscila entre el ser recordado por siempre y olvidado al día siguiente.

Todos los nombramientos rezan más o menos de la siguiente manera.

Esta Presidencia Municipal a mi cargo, y en base al Artículo 13 de la Ley Orgánica de los Municipios, ha tenido a bien designarlo CRONISTA de esta ciudad de Sabinas Hidalgo, N. L.

Estamos seguros de que al aceptar el cargo que se le confiere, lo desempeñará con el celo, actividad y responsabilidad que han sido normas características de actuación ciudadana”

Al menos así reza el mío. Y bien se tiene el nombramiento… Las circunstancias que pudieron haber influido oscilan entre otras, en que simplemente no había cronista oficial o que el anterior murió o estaba muy viejito y renunció, o se fue porque no comulgaba con las autoridades en turno. En fin… y ahora ¿qué hacer? con tener solamente el gozo de haber sido nombrado cronista no es suficiente… eso está demostrado… entonces vienen las interrogantes y dudas, las más propias, las más importantes para superar lo efímero del nombramiento. ¿Hasta dónde llega la vocación de ser cronista? ¿cuál es el desempeño y el deber que ampara tal oficio? ¿y el tiempo…? sí, sí, el tiempo, el tiempo del nombramiento, ¿es por un período? ¿hasta cuándo?… ¿o es todo mi tiempo?, un tiempo que tengo que crear a mí mismo… el tiempo… el tiempo de ser cronista ¿va a ser mi tiempo? ¿podré con todo ese tiempo?… ¡Vaya líos con el tiempo que tiene el cronista cuando tiene que rebasar el significado efímero del nombramiento y colocarse a la vez en el largo camino de ser cronista, de ejercer el oficio del tiempo en su comunidad!.

Quizás la manera más natural de rebasar las circunstancias del nombramiento, de adelantarse al verdadero desempeño, es la de recibir y aceptar el nombramiento de cronista, con humildad, sin ninguna ceremonia espectacular y mucho menos con manifestación de vanidad o de soberbia, ejerciendo en la práctica lo más posible, el contenido de dicho concepto: la humildad.

Con ese escrito es fácil andar en los caminos de la historia; sobre todo de la historia popular; para servir sin ser vistos, aun cuando sí ser percibidos, para aprender y al hacerlo, transmitir la luz que recibimos de otros.

Por eso, el nombramiento del cronista es en todos sentidos sólo un papel en el que nos vamos a dibujar. Un papel que señala, pero que no ampara nada, un papel que hace quedar mal si no se cumple bien… por ello, el mejor lugar para ese papel, es debajo, muy debajo de todas las hojas y legajos en las que pensemos diariamente escribir las crónicas pequeñas o largas de la ciudad, villa o aldea de donde hayamos sido nombrados cronistas, pensando incluso en que si llegasen a faltar hojas para poder escribir, en las misma página en blanco del nombramiento, lo debiéramos de hacer. Si esto lo resolvemos de esta manera, con toda seguridad las circunstancias del nombramiento del cronista, habrán sido superadas, y se empieza a caminar en el ancho sendero de ser tal.

La lucha por el título de cronista, es la verdadera circunstancia de quien se ha colocado en ese camino. En un camino completo que parte de mucho más atrás, desde donde empieza el cronista, pero que en realidad mira hacia el futuro, hacia el mañana. Un camino aparentemente conservador, pero que es, en realidad, parte de una buena ruta hacia el progreso, saludable y bondadoso.

Ese es el camino de la crónica. De la crónica a toda hora, todos los días, todos los años. Es la labor artesanal del escritor, de indagar sobre el quehacer dado, puesto que la crónica es el quehacer del quehacer hecho a sabiendas de que el cronista no lo puede abarcar todo, incluso ni en todos los años de su vida. Mas lo que llegase a escribir, retendrá lo fundamental e inspirará a muchos a colocar en el esfuerzo. Con ello, se creará la conciencia histórica de los hechos, ordinarios o trascendentales, que fortalecerán la existencia de aquella ciudad, villa o aldea de la que haya sido nombrado para ser cronista.

El título de cronista no se faculta por ninguna universidad ni se firma por ninguna autoridad, tan sólo tiene el sello inalterable del reconocimiento popular, cívico y humanista. Se registra en los anales de la sociedad y por lo común, el expediente está en el mero corazón del pueblo. El título ampara un quehacer exhaustivo y exclusivo en cuanto al desempeño personal. Se titula por lo común de uno en uno y escasamente de varios, de generación en generación, de ciudad en ciudad, de villa en villa, de aldea en aldea, de un país sobre sí mismo.

En realidad ¿de qué se titula el cronista? ¿cuál es su campo del saber? ¿dónde ejerce el cronista, a quién sirve?… ¡Vaya problema del título del cronista por no tener un currículum de materias para graduarse!… Se dice que el campo del cronista es de la Historia, y más en concreto, la historia de su comunidad y quizás la historia aquella de lo que decía Alonso de León “de todo lo que tengo visto y andado”… el cronista ejerce en el tiempo, su problema es el tiempo pasado, el presente y el futuro. Su problema está en las culturas de las generaciones anteriores y en las que él alcanza a ver o vivir.

Mundanamente, el título de cronista se asemeja a todo quehacer y profesión, manual o intelectual: es una digna manera de ser un hombre sencillo, culto y de bien,. No más, no menos.

Un hombre así, al transcurrir el camino de la vida, dignifica el título puesto que se ha dignificado a sí mismo y a la vida. Un cronista así, al final del camino siente de satisfacción por su obra y alegría por haber andado en los caminos de la historia. Camino que parece siempre estar viendo hacia el pasado pero que en realidad señala la ruta del porvenir.

Titularse de cronista es una circunstancia ardua, larga. Es el propio tiempo que se fabrica el cronista solamente con un esfuerzo. El solo hablando con el tiempo. A esa circunstancia se agrega la que él mismo no sabe si lo logrará. La única garantía es la constancia y el empuje a su propia dignidad. El título de cronista es, en realidad, un reto personal que tiene el valor de la propia persona, por eso cuando se alcanza el reconocimiento se guarda en la memoria colectiva y no en un registro de profesiones…

Hasta entonces, el cronista termina su propio retrato. Esto es, ha terminado su obra.

Termina un camino pero comienza otro… continúa una nueva circunstancia. La circunstancia final del cronista, la que lo consuma, ya depende de él y por lo común no llega a ver. Es una circunstancia más del tiempo, de su obra y de su pensamiento, que ya no son suyas, que ya son parte de la historia, que ya se convierte en punto de partida para nuevos empeños básicos de la historiografía, de la cultura y de la identidad.

En una nueva circunstancia, todo lo que el cronista escribió se convierte en lección, en una y en muchas lecciones. La vieja crónica para a ser cátedra en la cultura, lo mismo popular que conspicua y el retrato del viejo cronista se saca de muchos anaqueles de bibliotecas y de archivos. De generación en generación así sera.

Los textos del cronista serán lecciones para ser leídas desde su intención, en su estructura, en sus formas y en sus contenidos. Del cronista se verá lo que recordó y lo que olvidó, lo que precisó y lo que soslayó, lo que sabía y lo que ignoraba… sus lecciones se engrandecerán día con día, habrá especialistas en diferentes áreas, hasta llegar a veces a discutir qué es lo que más importa, si la lección de la crónica o la lección del cronista, si la crónica por lo que da a saber o si el cronista por cómo lo sabía.

Es entonces cuando empieza el verdadero retrato hablado del cronista… El que habla por sí solo, el que habla enmudeciendo las palabras del que lee. Por ello, en el caso de Nuevo León, nosotros enmudecemos y nos engrandecemos ala vez ante el ejemplo clásico de nuestros cronistas, como son:

Alonso de León, cronista en el siglo XVII, en casa de piedra y adobe, techos de morrillo y de paja, en la inclemencia y en la soledad de esos lares, crónica que revivió a los trescientos años después.

José Eleuterio González, cronista de la grandeza liberal de Nuevo León, escribiendo en los avatares de su vida y de su vida y de su época, colocando su dignidad y humildad como el método firme de todos sus escritos.

Don José P. Saldaña, cronista en la realidad viviente y vivida, debate por la lealtad a sus principios y a la propia experiencia, coraje para respetar y para escuchar, para dar y para recibir, aún en marcha lleva la historia junto con él.

Entonces, sólo entonces… queda el retrato hablado del cronista, queda por siempre… es ahí cuando su obra resume todas las circunstancias de los tiempos y se convierte en lección, en cátedra y en tradición de cultura popular.

Sólo entonces y nada más que entonces, los retratos de los cronistas hechos en papel y lápiz, hablarán por si solos.

8 de agosto de 1987.


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