Celso Garza GuajardoA todos quienes integran el Centro
Comercial “Plaza Larralde”, viejo
y nuevo espejo del Sabinas de hoy.

Cuando todo el mundo era mi casa y cuando del mundo regresaba a mi casa, contemplaba los espejos… los espejos me envolvían, me hacían ser dos o tres, me hacían salir y regresar a mí mismo.

A los espejos les hablaba con los ojos…

Los espejos de los roperos… un ropero de un solo espejo, al centro, sobre la puerta… otro ropero de dos espejos y luna entera al centro. Con los espejos jugué a ver quién se aparecía o salía primero… si yo, fuera del espejo o el “otro”, adentro del vidrio… el asunto era moverse y no moverse, querer brincar y no brincar…engañar a la figura de adentro… a veces como que lo lograba, como que la imaginación era tan veloz que te hacia sentir que así sería, pero no… no era así… la imaginación se calmaba y el cuerpo continuaba parado frente al espejo contemplando su misma figura, era cuando ya me cansaba y me iba… me enojaba que el espejo siguiera en su lugar, como riéndose de mí

Había otros espejos… ahí donde se colgaba los sacos y sombreros, era un mueble especial en la pared, comúnmente adornado con estampas de aves volando… les decían “percheros”. Había también el espejo de papá, de su rasurar, como de 10 ó 15 centímetros de largo, el que se movía junto con el lavamanos y la jabonera, el espejo en que esperábamos el día de hacernos hombres y rasurarnos nosotros mismos la barba. El espejo de las polveras de la mujer, así de chiquitos, redondo y en estuches negros o azules. El espejo de las bibliotecas, aquéllas que guardaban más retratos de billetes.

En fin, los espejos de la casa, a los que de niño siempre hablé sin palabras para preguntarles por qué eran espejos, por qué estaba yo allá, igual que acá afuera… por qué yo estaba aquí y el otro allá, por que era yo como era yo. ¿Quién era yo, aquél o éste?… hoy creo que eran los espejos los que jugaban conmigo y no yo con ellos… pues yo sólo me quedaba con las dudas… y aún sigo buscándome.

Había en el pueblo otros espejos que me fascinaban. El de la peluquería de Don Manuel, era un espejo grande, de más de metro y medio de largo, colgado de la pared como viniéndose encima, frente al sillón… un espejo de grueso y vistoso marco y donde parado o sentado te veías todo y daba gusto salir de aquella peluquería cada vez más hombrecito… ese espejo me vio crecer.

Los espejos de las cantinas eran largos y acostados… así al fondo del mostrador, con fotografías de artistas como Marilyn Monroe, Rita Hayworth y María Félix… a las cantinas uno como que entraba y no entraba… entraba y no entraba, hasta que luego entraba y un día me vi frente al espejo de la cantina de Don Nicolás y me dije, en serio “¡jíjole, hasta que creciste!”.

El espejo que nunca vi, pero que me gustaba mucho, era le espejo de la Nevería Cuauhtémoc… nunca lo vi para que me viera… pero lo observaba desde la calle, desde la esquina del Cine Baldazo… el espejo de la Nevería Cuauhtémoc, el mejor centro social, elegante, romántico y de sano esparcimiento que en el pueblo había… mesas blancas, nieve de colores, soda de popotes de papel, una radiola y al fondo el espejo de la Nevería Cuauhtémoc, pues era muy chico cuando era el centro de la crema y nata de Sabinas y cuando ya fui grande en edad, me fui de ese mundo… cuando regresé ya todo era recuerdo, el espejo había perdido a su juventud… todos se habían ido y la Nevería Cuauhtémoc cerro triste sus puertas.

Hoy, a los espejos de mi casa en Villa Mitras les cuento a solas los recuerdos de aquellos espejos caseros y pueblerinos… creo que no me entienden pero me observan muy calladamente… tanto que a veces pienso que soy yo mismo el que empieza a encontrarse, me pongo contento y le agradezco a los espejos el que me escuchen.

21 de julio de 1989.


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