Celso Garza GuajardoSabinas Hidalgo, N. L., 10 de junio de 1989.
Estimada misiva:

Espero que al recibir la presente te encuentre bien y aún queden gentes que sepan de ti. Nosotros estamos bien, A.D.G.; pero añorando el tiempo aquel de cuando todos estaban a tu espera. Esperando te mantengas pese a todos los avatares del hoy.

Antes que nada quiero decirte que hace mucho no sabemos nada de ti. Hay muchas imitaciones tuyas; el correo deja en cada casa kilos de correspondencia: recibos, cuentas, cobranzas, anuncios, propaganda, etc. Todo viene fríamente sellado, foliado, mecanizado y con el objetivo único de pagar, comprar o abonar. Toda esa correspondencia llega sin que se le pida, sencillamente está propaganda y arriba a cada casa formando alteros que van a parar al cesto de la basura, pero la carta aquella, la correspondencia de puño y letra, que comunicaba de persona a persona, trasmitiendo el sentimiento que aumentaba por la lejanía y el tiempo… aquel tipo de carta ya no llega o casi ya no llega. Eran las cartas de amigos, de novios, de hermanos, de tíos y de abuelos, de los hijos a los padres… cartas de épocas henchidas de una gran vocación de comunicación donde todo empezaba así… “espero que al recibir la presente estén gozando de cabal salud”. Aquellas cartas eran testimonios de afecto y junto con ello la presentación de asuntos solidarios, de problemas, de peticiones, de ayudas, de súplicas y de consuelos… eran cartas de historias que perduraban.

Aquellas cartas llegaban y se leían y releían… se les guardaba en el ropero, en cajas de zapatos… con el tiempo muchas de esas cartas hacían remover ilusiones y rehacer historias.

Aquellas cartas se basaban en la costumbre de escribir… de escribir personalmente buscando el papel, el silencio y el momento apropiado para hacerlo. Los sentimientos brotaban y fluían a través de la pluma. El asunto era bien preciso: “Estoy bien… quiero pedir permiso… pronto regresaré… no tengo nada… supe que pasó… dónde quedó aquello… ya nació el niño… ya murió el abuelo…” En fin, miles y miles de temas por carta, todos los días yendo de un lugar a otro.

La despedida de las cartas era categórica y siempre afirmativa: “Estoy bien… no se preocupen… cuídense mucho… desea verlos… los quiere y no los olvida…”.

Doblar el papel… remitente y dirección y con los labios, en la vieja oficina de correos del pueblo, sellar el sobre y colocar la estampilla. Echar la carta y alimentar la esperanza de que pronto sería contestada.

El teléfono y otros medios de comunicación fueron haciendo de las cartas algo arcaico… alguien dijo que las cartas no llegaban, que tardaban mucho. Lo mejor es llamar por teléfono. Y un día, en todas las casas se dejaron de recibir cartas, cartas de puño y letra, empezó a llegar mucha correspondencia pero ya no llegaban cartas… fue entonces las historias de esperanzas y de sueños… las historias familiares que las cartas siempre contenían, se dejarían de escribir… se comunicó la vida por los alambres y por las imágenes, pero se olvidó de desearse de puño y letra y para siempre lo que se quería.

Para eso servían las cartas, para decir lo que se quería, lo que se suplicaba y lo que informaba.

No tengo nada más que decirle, estimada misiva. Espero que otros te recuerden y que pronto vuelvas, porque no está de más aun de toda la modernidad de los tiempos masivos de comunicación, la buena costumbre de escribir cartas, que siempre serán lecciones, consejos e historias para la historia.

13 de junio de 1989.


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