Celso Garza Guajardo

El patio de la casa del pueblo era tan largo que al fondo parecía un monte de mezquites… topaba con una cerca de palos que colindaba con el patio de la otra casa, que era la del tío Francisco Llano Guajardo.

Celso Garza GuajardoEl patio de la casa del pueblo era tan largo que al fondo parecía un monte de mezquites… topaba con una cerca de palos que colindaba con el patio de la otra casa, que era la del tío Francisco Llano Guajardo.

En la cerca que limitaba había nidos de huitlacoches, nidos de gallinas en el suelo y nosotros nos brincábamos como chivitos, evitando espinarnos con los tasajillos que aún había.

En ese año la cosecha había sido buena y el tío levantó mucho maíz que en múltiples viajes de carretón trajo a su casa… el patio estaba hacinado de montones de rastrojo, las mazorcas secas y maduras, listas para ser deshojadas y desgranadas… de madrugada fui a trabajar y me prestó el tío Pancho un “pizcador”, pequeño trozo de madera puntiagudo, para rascar las hojas de las mazorcas y arrancarlas, separando una y otra cosa… así todo el día hasta que concluyó la faena al atardecer… mientras yo pizcaba, el tío  desgranaba y encostalaba debajo de las ramas de un mezquite.

En el patio había montones de calabazas, por todos lados, puestas al sol para secarse… unas calabazas era ovaladas y de hemisferios muy marcados y otras eran grandes y pescuezonas… también había melones y sandías… más melones que sandías… En el fondo del patio estaba un pequeño separado de matas secas de frijoles, listas para ser “paleadas”… en fin, que la cosecha había sido buena.

Aquella jornada de pizcar maíz se me convirtió en una lección… el tío Pancho me dio por la noche, en paga, un peso de aquellos de 0.720 y me regaló el “pizcador”.

A partir de ese día y para siempre, cultivé un afecto muy grande por su persona…

Le acompañé varias veces a sembrar un temporal que tenía en las afueras del pueblo… él conducía el arado y yo con un morral de granos de maíz depositaba uno en cada paso. Por las tardes acomodábamos el espantapájaros para que las urracas no hicieran de las suyas… pasaron los años… muchos años.

Vinieron épocas malas… sequía tras sequía y los temporales ya no producían… entonces se veía al tío Pancho trabajando en otros quehaceres… siempre trabajando… un día le vi haciendo bloques de cemento y muchas veces de albañil. Después supe que vendió el expresito, el caballo y hasta el arado… atendía labores de otros, hacía el riego en alguna parcela, cuidaba huertas… siempre, siempre trabajando. Su caminar por las calles del pueblo era el de un hombre afanoso, a veces llevando una hacha, un estante, una barra, un talache, un mecate o alguna otra herramienta… caminaba como abriendo surcos, viendo el suelo y de vez en vez el horizonte…

Al mirar, sonreía y al saludar agradaba siempre. Las calles de Iturbide, Cuauhtémoc, Zaragoza y Mina fueron el arraigo de su vida pueblerina cuando ya no pudo ir a los temporales.

Nunca claudicó en sus trabajos ni obligaciones, condujo y protegió a toda su familia… nunca abandonó el pueblo ni se fue a la ciudad ni a otro lado… fue firme raíz de un solo destino. Labriego auténtico, con campo y sin campo, siempre en el lugar que la vida le asignó.

La última vez que platiqué con él, fue en su casa, sentados en la banqueta, no sé por qué pero los dos estábamos viendo la tierra… hicimos recuerdos, me preguntó de mi trabajo, me habló de sus últimos quehaceres, de unos montones de leña que tenía en el patio y de un hacha que se había quebrado… nos despedimos con un fuerte abrazo como sellando los recuerdos de toda la vida.

Hace días murió el tío Pancho, Don Francisco Antonio Llano Guajardo, un labriego de 85 años, un hombre de todo trabajo y sentimiento por la tierra… hoy repaso sus caminares por el pueblo y asimilo todas sus lecciones.

9 de febrero de 1987.


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