Celso Garza Guajardo

Los carros I

Los carros empezaban a llegar de uno en uno o de dos en dos. Día tras día eran más. Los carros eran grandes y de colores brillosos. Decían que eran convertibles. Llegaban por mediados de diciembre y partían al empezar el año.

Celso Garza GuajardoLos carros empezaban a llegar de uno en uno o de dos en dos. Día tras día eran más. Los carros eran grandes y de colores brillosos. Decían que eran convertibles. Llegaban por mediados de diciembre y partían al empezar el año.

Los carros llegaban “del otro lado” por la carretera de Laredo. Era la única carretera y era el camino de las ilusiones y la vereda de los dólares.

Los carros grandes y de colores brillantes circulaban por las calles, dando la vuelta a la plaza o estaban parados en las casas. Indicaban tres cosas: que era diciembre, que habían vuelto, y que les estaba yendo bien.

Los carros americanos, en aquellos años cincuentas, fueron un adorno más en la fantasía decembrina del pueblo. Un adorno que, como todos los adornos, se les ve de lejos, se les observa y se les mira.  Eran y no eran de nadie, pero eran, sobre todo, una estampa del momento, una contraseña para volver al camino de las ilusiones una y otra vez, hasta toparse a fondo con la vereda de los dólares.

Los vecinos comentaban las novedades de los carros que amanecían en la cuadra: “llegaron de Detroit, se vinieron sin parar” o “llegaron anoche, vienen de California”, o “cambió de carro, trae uno nuevo”… y los carros se echaban a andar por las polvorientas calles, llevando a pasear a los familiares que sonrientes ocupaban sus asientos.

Por la tarde y al empezar la noche, era cuando más se echaban a correr los carros. Vueltas y vueltas por las calles del pueblo. Vueltas y vueltas por la plaza y por la carretera. De un barrio a otro, de un extremo a otro del pueblo. Era diciembre. El sol se metía temprano y las tardes parecían más tristes y a su vez más acogedoras. Era  diciembre y los transeúntes cargaban las bolsas de mandado de los tendajos a sus casas. Los coches de caballo encendían sus linternas. En las tiendas grandes como la de Don Manuel Ancira se cargaban y descargaban camionetas y camiones de mercancía. Las muchachas se preparaban para los bailes y en la iglesia se sucedían boda tras boda.

¡Era diciembre! Y entre otras cosas de las que pasaban en el pueblo… los carros habían regresado…

Los días transcurrieron y diciembre también. Pasaba otro año y cada año estábamos acostumbrados a ver los carros grandes y de colores brillantes que llegaban y nos acostumbramos también a irlos a despedir el 1º de enero, en las afueras del pueblo –entonces un poco más allá del “Power's Caf锖 que era hasta donde llegaba el límite conocido sobre la carretera.

De 8 a 10 de la mañana montábamos guardia en nuestra “garita” de emotividades para contar los carros que conocíamos y que de uno en uno o de dos en dos iban saliendo del pueblo para tomar nuevamente el camino de las ilusiones y les saludábamos a los ocupantes… “adiós, adiós, ¡Hasta diciembre!”

En el último de esos carros una vez colocados en esa “garita” saludamos en un carro que partía, a un compañero de la primaria que se llamaba Mateo…! "adiós, adiós Mateo… adiós, adiós ¿Cuándo volverás?”…

Los años pasaron en serie y en serio.

Nosotros no volvimos más a “la garita” de las emotividades. Los diciembres se siguieron sucediendo, pero los carros ya no llegaron. Al menos, ya no llegaban en igual forma y ya no llegaron todos juntos en diciembre. Llegaban en cualquier época del año, pero ya no nos parecían ni tan grandes ni tan nuevos, ni tan llenos de colores. Ya no fueron para nosotros la estampa del diciembre pueblerino ni tampoco nos indicaban que volvían del camino de las ilusiones o que se habían topado con la vereda de los dólares.

Los ocupantes de aquellos carros fueron hombres de trabajo. Muchos se quedaron por allá, muchos volvieron para acá. Muchos tornaron sus ilusiones en realidades… otros se perdieron en las veredas…

14 de noviembre de 1984.


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