Celso Garza Guajardo

Nuestra idea del desierto era muy peculiar… empezaba por las calles cubiertas de fino y espeso polvo, donde se asentaban las huellas de todo lo que pasaba… nuestra idea del desierto eran las calles prolongadas a los caminos y veredas, donde estaban señaladas las huellas de carretas, carretones y de exprés de caballo, bueyes y burros… las huellas de camionetas, de zapatos, huaraches o de pies descalzos de niño. En eso que para nosotros era el desierto estaban también las piedras grandes y pequeñas a los lados de los caminos.

Celso Garza GuajardoNuestra idea del desierto era muy peculiar… empezaba por las calles cubiertas de fino y espeso polvo, donde se asentaban las huellas de todo lo que pasaba… nuestra idea del desierto eran las calles prolongadas a los caminos y veredas, donde estaban señaladas las huellas de carretas, carretones y de exprés de caballo, bueyes y burros… las huellas de camionetas, de zapatos, huaraches o de pies descalzos de niño. En eso que para nosotros era el desierto estaban también las piedras grandes y pequeñas a los lados de los caminos.

Esa idea del desierto estaba asociada a una palabra que nos decía más y que la gente del pueblo pronunciaba con verdadero lamento y respeto: la sequía era en realidad la verdadera connotación del desierto… se hablaba más de la sequía que del desierto, Con ello se nos confirmó la visión de que nosotros vivíamos no tanto en un desierto, pero sí en un espacio donde las sequías eran comunes.

Fuera de las calles del pueblo y de las veredas y caminos todo estaba cubierto de polvo y de sol quemaba los pies y la vista. Lo demás era el monte, la ribera del río y de la acequias, el ojo de agua y los cerros cubiertos de árboles. En el pueblo no había árboles sembrados en la calle, los árboles estaban dentro de los patios de cada casa o en la plaza, las calles solamente eran bardas y paredes largas y enmedio un arroyo seco en el lecho del polvo.

Después todo era monte, monte de árboles y de arbustos, monte tupido de animales arriba y abajo, de los árboles y las hierbas, montes de huizache, cenizo, palma china, anacahuita, chaparro prieto, mezquite, guayacán, hojasén, ocotillo, barreta…montes de pájaros y de coyotes… monte en todo alrededor del pueblo… todo era monte. Cada sombra de rama era una alegría y cada fruto, raíz o uso de la madera de cada árbol, una sabiduría.

Nuestra geografía aldeana no evocaba el desierto. Se reafirmaba a partir de otros términos la sequía… la sequía que daba la compresión para toda la dimensión de todo aquel espacio donde a veces llovía poco, a veces mucho y a veces nada… la sequía que le daba un contenido a una diaria pero que a la vez capacitaba a todos para saber vivir conformes con aquella naturaleza, pues se sabía lo que se era y lo que se tenía… se valoraba todo… se comprendía que no se vivía en el trópico ni en bosques de pinares ni en fríos riscos o pantanos… no, se sabía que se vivía aquí entre el polvo y los matorrales.

Después, alguien quiso enseñarles a la vida lo que era y se empezaron a manejar generalidades sobre el desierto y el semidesierto; a decir que el clima era BS, BW y que nuestra especie estaba colocada en el nivel equis, entre lo mejor y lo peor de la naturaleza… fue entonces cuando peyorativa y machaconamente se nos dijo desierto y semidesierto como si fuera el Sahara. Todo lo cual trajo a la par una confusión con respecto a los conocimientos que ya había, un desapego por nuestra especie, una pérdida de amor por los tiempos que aquí se habían vivido,, una falta de cariño hacia nuestros montes, hacia el mezquite el chaparro prieto, la anacahuita y la palma china… un suplir la sabiduría popular de siglos por huecos conceptos de una geografía que pretendía decirle a la naturaleza lo que ahora era.

En verdad ha llegado el momento de volver la vista hacia nuestras llanuras y serranías, hacia el espacio y el tiempo de todo nuestro pasado… ha llegado el momento de cantarle con amor a todo lo que hoy se le ha llamado desierto, pero que en realidad son nuestros montes, riberas de ríos pedregosos, arroyos y ojos de agua…

Ha llegado el momento de decirle a nuestra tierra cuanto la queremos, porque nos hemos reencontrado con ella.

18 de octubre de 1989.


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