Celso Garza GuajardoEstaba por la calle Escobedo, atrás de “los colegios”, o sea, atrás de la Escuela “Manuel M. García”, el viejo edificio aquel se quemó el domingo 2 de febrero de 1956.

Fue una casa como muchas otras casas de antes, de esas que han sido “tumbadas”, de sillares y de piedra, de terrados y de vigas, de pequeños corredores y de patios. Aún quedan casas así. Cada vez menos… ya no se construyen… como ya no se construirá jamás el monumental edificio de la escuela incendiada.

En las antiguas calles, en los añejos barrios, aún quedan casas como la que se derrumbó por la calle Escobedo… van cayendo de una en una… aún quedan pocas casas como esas… una aquí, otra allá… aún perduran, estropeadas en sus formas, abandonadas en su dignidad y olvidadas en su grandeza… quedan pocos… como pocas son las que conservan todo si esplendor.

Fueron las casas de los nobles abuelos y bisabuelos, de los padres y de los afables tíos. Fueron las casas de don fulano y de don zutano. Todas tenían nombres y apelativos. Dichas casas le dieron imagen a la aldea, daba visión de arraigo y de bienestar.

La casa que les cuento la veía desde los patios de la escuela, desde las rejas y de los cubrevientos… me atraía igual que la casa del tendajo de Doña Amelia o las casonas de Don Luis González, de Don Manuel Flores y de Don Ambrosio Solís; la casa de la esquina, de Don Pedro Mireles, la casa de Don Gorgorio Ruiz y la de Celso Flores. En fin, todas las casas en torno al largo cuadrilátero que fueron “los colegios”, mas, la verdad, la que atrajo siempre mi atención, fue la casa de Don Indalecio, quizás por su suave color de casa, pero quizás también por la palma que fue creciendo al frente, en el pequeño patio tras las rejas: fue una palma gruesa y alta, ¡esplendorosa! La única palma a la vista.

La palma de aquella casa empezó a dar dátiles… dátiles verdes, amarillos y morados, frescos y pasitas. Dátiles dulces y aromáticos…

—¡Hay dátiles!
—Un veinte de dátiles.
—Una bolsita de dátiles.
—Un pilón de dátiles.

Así, cada año la palma se cubría de dátiles y nosotros dábamos la vuelta para comprarlos y saborearlos…

Pasaron los años… la casa continuó donde mismo y la palma perduró en su lugar…

Un día, hace poco, la casa fue derrumbada… al igual que otras casas. Todavía logré ver sus sillares a media pared, al igual que se contempla un árbol cuando cae… las cosas tienen que suceder. No es posible evitarlas. Es la necesaria contradicción para que la vida siga.

En su lugar existe ahora una estructura de acero y de cemento para almacenar maderas y materiales, para construir nuevas casas, de las de ahora, de las que tanta falta hacen… la vida ha cambiado, se vive de prisa, como sin querer dejar recuerdos…las imágenes de la aldea se tornan borrosas.

Las exigencias de los tiempos actuales han derrumbado muchas casas, como la de Don Indalecio… Quizás las casas no sean tan viejas, lo que si contienen de antiguo es lo rústico de su arquitectura y, sobre todo, el estilo de vida de quienes las habitan. Eso sí… ese tipo de casas, esa clase de gentes se acabaron… ya son de otra época… son casas y gentes de un pasado atado a la tierra, el agua y el viento, todo en un solo paisaje. Por ellos, la aldea fue grande en sus imágenes y en sus valores.

Muchas veces es necesario derrumbar para resolver nuevos problemas y necesidades… eso se entiende… lo que no debe derrumbarse es el pasado… el derrumbe del pasado se llama olvido… nadie construye bien su presente sin reconocer bien el valor de su pasado.

Tal es la reflexión cuando se ve derrumbar una casa de esas de sillar… como la de Don Indalecio.

13 de noviembre de 1986.


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