Celso Garza GuajardoFuimos compañeros en el Tercer Año de la Secundaria… años de adolescentes precoces, compartiendo inquietudes, los estudios de las materias y preparándonos para los exámenes. Nos frecuentábamos lo mismo en una casa que en otra del grupo de amigos aquellos que en ese año compactamos parte de la generación 1957–58. La noche de graduación fue el parteaguas de aquel recuerdo… Luis Lauro López se me quedó grabado como un amigo noble, inquieto y de sonrisa transparente… de aquella generación el fue de los pocos que continuó el bachillerato inmediatamente y el único que después estudió Leyes.

En el vértigo de las décadas de los 60s y 70s no nos volvimos a ver… cada quien fue un buen recuerdo… hará cosa de ocho años nos volvimos a encontrar, como hombres formales, más plantados, casados y con hijos, con oficio y tratando de ser benéficos para la sociedad… el encuentro fue en la Presidencia Municipal, nos dimos un fuerte y efusivo abrazo, las frases de saludos iban y venían con mutuo afecto… él se veía muy buena estampa y en gran ánimo… bajamos luego las escaleras de aquel edificio y nos despedimos… en ese instante ubiqué más un concepto que tengo sobre su amistad, que se queda como límite imaginario de la existencia, igual que las bardas de sillares que uno veía en determinados lugares… las cosas se transforman por el paso de los tiempos… lo que había ya no lo hay, pero uno sabe que ahí estaban y eso a uno le recrea y fortalece… así es con la amistad que se vivió en una época, donde se logra la pureza necesaria para perdurar a través del tiempo y cuando se le reencuentra no es para continuarla, pues nunca se le descontinuó, es para regresar al origen del los sentimientos que se quedaron en aquel límite de nuestras vidas… límite que al bien quedó atrás, es punto de referencia igual que la vieja barda que ya no está en su lugar pero que aún seguimos viéndola con agrado.

Así también con mi buen amigo Luis Lauro López, gran padre de familia, ciudadano empeñoso y mejor servidor público; ya no está, se marchó al oriente y lo dejaremos de ver por algún tiempo, pero el recuerdo hacia su persona continuará en el límite de lo que se vivió juntos y que nos formó en nobles sentimientos.

Así es la amistad que surgió en un tiempo que ya se fue… así es el recuerdo hacia los seres queridos que se van… el tiempo borró lo material pero los sentimientos rebasan esas circunstancias.

La vida nos impone límites al amor, no porque éste se termine, sino porque las etapas de la existencia material se cumplen y es entonces cuando lo verdaderamente valioso de la vida pasa a guardarse en el pensamiento y en el corazón… ahí donde todo continúa existiendo, aunque otros no lo vean… uno sabe que existe…

Así es la amistad que viene del pretérito… rebasa el presente y el futuro… así es el recuerdo hacia Luis Lauro López. Su partida señala para sus deudos un límite donde ellos habrán de recoger y ordenar los ejemplos de su vida, para guardarlos y engrandecerlos en el corazón y en el pensamiento… donde la vida continúa y se fortalece; pues las cosas que siguen existiendo, aunque no las veamos, son aquellas que más se imponen y nos protegen.

Descanse en paz.

30 de junio de 1989.


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