Profr. y Lic. Héctor Jaime Treviño Villarreal

La misión de San Nicolás de los Gualeguas…

Agualeguas, N. L. del erial a la sublimación…

Profr. y Lic. Héctor Jaime Treviño Villarreal El nacimiento de las poblaciones del norte nuevoleonés fue tardío con respecto al año de conquista de Tenochtitlán -1521- y a la definitiva fundación de Monterrey -1596-. La belicosidad de los naturales, el extenso territorio septentrional, la escasez de metales de buena ley, aunado a lo extremoso del clima, fueron los factores que se combinaron para el lento surgir de las poblaciones.

El primer intento poblacional reinero lo realizó aquél hombre de aventuras increíbles que fue Alberto del Canto (7), quien por encargo del gobernador de la Nueva Vizcaya, Marín López de Ibarra exploró estos lugares y en 1577 fundó San Gregorio hoy Cerralvo y en el Valle de Extremadura –hoy Monterrey- el pueblo de Santa Lucía.

En el año de 1579 Luis Carvajal y de la Cueva firmó con el rey de España Felipe II, las Capitulaciones en las que se comprometía fundar “las poblaciones que sean necesarias para la quietud de aquellas fronteras” (8) señalándose como límites “desde el puerto de Tampico, río de Pánuco y en las minas de Mazapil, hasta los límites de la Nueva Galicia y Nueva Vizcaya y de allí hacia el norte, lo que está por descubrir de una mar a otra, con que no excede de 200 de longitud, que se llame e intitule el Nuevo Reyno de León.” (9)

Carvajal interpretó a su manera estas Capitulaciones y repobló San Gregorio adjudicándole el nombre de Ciudad León, mientras que en 1582, mandó a Gaspar Castaño de Sosa a repoblar Santa Lucía, llamándola Villa de San Luis de los Ojos de Santa Lucía, siendo éste su primer alcalde mayor. Al respecto estamos analizando documentación del Archivo General de Indias que nos muestran que fue Gaspar Castaño de Sosa quien hizo la segunda fundación de Monterrey, por órdenes de Carvajal.

Al despoblarse el reino debido a la ausencia de Carvajal quien hizo frente a diversas acusaciones de la justicia y del Tribunal de la Inquisición, el 20 de septiembre de 1596, Diego de Montemayor realizó la definitiva fundación de la Ciudad de Nuestra Señora de Monterrey.

Historiadores locales han comprobado que en realidad, tanto las antiguas fundaciones Monterrey como la de Cerralvo, fueron centro de concentración y canje de esclavos; la práctica inhumana de esta degradante actividad, dejó a los conquistadores enormes ganancias, pues a su libre arbitrio cogían presas entre los naturales de la región para venderlos en las minas de Mazapil y en los obrajes de Guanajuato y Querétaro. Estas reprobables acciones conducían a un estado de “guerra viva” entre aborígenes e ibéricos, que costó innumerables víctimas, detuvo el avance colonizador y condujo al exterminio a las naciones indígenas.

La consolidación del Nuevo Reino de León se dio con don Martín de Zavala quien entró a Monterrey el 24 de agosto de 1626, e inició una brillante labor como gobernador que llevaría a repuntar a la conflictiva y abandonada región; el mandatario, al ver que la actividad minera fue insuficiente para lograr la tan ansiada prosperidad, propició la entrada de ganado menor, principalmente ovejas y así aprovechar los enormes pastizales existentes, dando lugar a la trashumancia de ganados; impulsó la agricultura, protegió a los religiosos franciscanos en contra de los intereses del clero secular y sobre todo, promovió la fundación de misiones entre las que destacó la de Santa Teresa del Álamo o Alamillo en 1646, al norte de Agualeguas, establecida con indios de las tribus mimioles, blancos y exipayas.

Por los constantes sobresaltos producidos por la guerra entre naturales y españoles la misión duró pocos años, pues en muchas ocasiones los religiosos resultaron ser peor de explotadores y esclavizantes que los conquistadores y por el contrario, si trataban a los indios con mano suave, éstos se evadían de la misión o se negaban a trabajar.

Es a partir de este hecho, cuando el nombre de Agualeguas con su connotación anterior de “Gualeguas” aparece en la papelería oficial del Nuevo Reyno de León y en los partes militares y eclesiásticos. En décadas anteriores sólo se hacía referencia a la etnia de los gualeguas a quien debe su nombre la población.

Cuando el obispo de Guadalajara don Miguel Fernández de Santa Cruz y Sagahún hizo su general visita, dispuso fundar la Misión de San Nicolás de Gualeguas con la aprobación del gobernador Nicolás de Azcárraga, quien mandó señalar ejidos a los naturales de acuerdo a la Real Cédula firmada en Sevilla por don Enrique Rangel y Araujo el 13 de enero de 1675. Como se puede notar la designación se la dio en honor al gobernante y por los indios gualeguas.

La tribu del mal nombre fue la seleccionada para poblar la misión por sus características de docilidad para ser catequizada, respetando la jerarquía de su jefe o cacique. (10)

La labor de los misioneros franciscanos no fue nada fácil, las constantes sublevaciones de los indios perturbaron la enseñanza y conversión cristiana y por mucho tiempo se recordó el alzamiento de los indios alazapas en el año de 1610, quienes hicieron muchas muertes y robo de ganado, rebelión que duró cinco años.

En 1650, Zavala negoció una amnistía con los naturales a través del indio capitán Coyote, con quien llegó al acuerdo de que “se volviese a su tierra y de parte de su señoría dijese a los dichos indios alzados y en particular al dicho indio Perico de nación camarucano y a los demás ladinos que hubiese entre ellos, que advirtiesen que en todo el año no había de dejar de andar soldados en su seguimiento, siguiéndoles los pasos a pie y a caballo hasta cogerlos y castigarlos o que muriesen en los albazos que les diesen y que si se querían reducir a la paz y bajarse de las sierras y malezas de los montes donde habitaban, su señoría los recibiría en esta villa de paz”. (11) Así, mediante transacciones o veladas amenazas, Zavala trató de pacificar el reino.

Al año siguiente se rebeló el indio Cabrito que fue uno de los amnistiados “las villas de Cerralvo y Cadereyta estuvieron a punto de despoblarse y para evitarlo don Martín de Zavala solicitó al rey, por conducto del virrey de la Nueva España, la fundación de dos presidios militares, uno de doce soldados y un capitán en la villa de Cerralvo y otro en la villa de Cadereyta con ocho soldados y su capitán.” (12)

La Misión de San Nicolás de Gualeguas tuvo un desarrollo irregular debido a la resistencia natural de los indios y porque los misioneros sacaban provecho personal de su posición, como lo demuestra la carta dirigida el 25 de abril de 1684, por el Lic. Francisco de la Calancha y Valenzuela al obispo de Guadalajara, donde le expresa: “el padre fray Diego de Evia, no asiste a su misión de Gualeguas, ni dice misa, sólo alquila a los indios, para que vayan a trabajar a las minas y les quita los jornales.” (13)

En otra misiva le sugiere que “si no envía a otros ministros se demolerán todas las doctrinas como sucedió con la del Álamo” y a fray Ventura de Señas lo acusó “de no tener ni un indio y sólo tiene por oficio andar divirtiéndose en paseos”. (14)

El obispo don Juan de Santiago de León Garavito al conocer la actuación irregular de fray Diego de Evia, ordenó al provincial que lo sacara de la misión “porque estando como está reprobado, es incompatible que pueda, no teniendo licencia mía, administrar a los feligreses de ella los Santos Sacramentos.” (15) El misionero franciscano de la Provincia de Zacatecas fray José Guerra, figuró en el año de 1709, como doctrinero de la misión y aparece en los actos de medida de tierras de Juan Bautista Ruiz, quien fue protector y gobernador de los naturales.

Francisco Esteban de Ballesteros que en calidad de secretario, acompañó a diversos gobernadores en sus visitas por las poblaciones del Nuevo Reyno de León, expresó el 26 de julio de 1712: “En la de San Nicolás de Gualeguas, aunque tiene los reverendos padres, asentados en los libros de misión mucha variedad de naciones, en las veces que ha concurrido este testigo a dicha misión, a visitar a una santa milagrosa que se halla en aquel paraje, y ha ido también con los gobernadores con el título de secretario, no ha visto más que el número de diez y seis o diez y ocho indios (16)

Otro testigo, Manuel de Mendoza dice en la misma fecha que la Misión de Gualeguas “acontece no tener ningún indio”. (17)

En 1739, don Antonio Ladrón de Guevara quien ocupó diversos puestos administrativos y militares, en su memorial titulado Noticias de los Poblados del Nuevo Reyno de León (18), pone el dedo sobre la llaga indicando lo inútil y perjudicial que resultó el haber fundado las misiones, alegó que las tierras que antes disponían los dueños de haciendas, les fueron usurpadas por las misiones, permanecían abandonadas por la falta de operarios para trabajarlas y convirtieron a los indios en enemigos de los colonizadores, teniendo mayor libertad para cometer sus raterías.

Fue Ladrón de Guevara el encargado de conducir a los indios de la nación del mal nombre de vuelta a la misión de Gualeguas, donde se habían sublevado provocando un motín, alegando malos tratos del misionero fray Diego Vázquez, yéndose al monte encabezados por su líder Pancho “El flojo”. Antecedentes de malos tratos del doctrinero los había desde 1756, cuando el 27 de octubre los indios enviaron una representación al virrey donde señalan el rigor y la aspereza con que se les trataba (19).

Mario Treviño Villarreal en su libro “Mil Días de Riqueza” (20) expresa acerca del motín de Pancho “El flojo”: “En la captura detuvieron al jefe, regresándolos a la congregación con fray Diego Vázquez y se nombró a un nuevo alcalde, repartidor y alguacil. Tanto el padre como Pancho “El flojo”, hacían servir a los naturales en los diferentes ranchos y haciendas de beneficio de metales, situación fomentada por las autoridades o por lo menos tolerada, que ocurría en todo el reino”. (21)

El estado de corrupción latente es explicado por el alcalde mayor del Valle de las Salinas “en su jurisdicción estos naturales en completo estado de barbarie eran sacados de sus pueblos y misiones para ocuparlos en los trabajos de minería, agricultura y ganadería, dándoles como pago alimentación y vestido, el que más, un piloncillo o una frazada y esto solo la temporada en que había trabajo, pues al terminarse los soltaban a su suerte, reteniendo en servidumbre a las mujeres e hijos, para ahorrarse la alimentación de los otros.” (22)

Este peculiar manejo de las misiones y sobre todo las encomiendas que en el Nuevo Reyno de León derivaron en congregas o congregaciones, ilustra el porqué del estado de “guerra viva” y el fracaso de las misiones.

En 1756, las autoridades virreinales enviaron a la misión de San Nicolás de Gualeguas a fray Alonso de Valdez para que “abasteciera de maíz, rejas, hachas, azadones, bueyes, vacas y demás cosas indispensables para la labor de los campos” a sus moradores y darle el impulso a la agricultura y ganadería. (23) El gobernador Pedro de Barrio la visitó en el año de 1754 y encontró “al religioso fray Diego Vázquez y cinco indios y tres mujeres y asolada del todo la misión, sin jacal ni vivienda alguna, sólo el templo aunque maltratado y algunas piezas de la habitación del misionero, habitables.” (24)

Con el traslado de la escultura mariana que se encontraba en la desaparecida misión de Santa Teresa de Álamo o Alamillo a la de Gualeguas, dio inició al culto de la imagen; desde ese momento se denominó virgen de Nuestra Señora de Gualeguas. Año con año se hacían peregrinaciones para venerarla.

La misión de San Nicolás de Gualeguas sobrevivió hasta la muerte de fray Diego Vázquez acaecida posiblemente en 1771, lo que aprovecharon los naturales para huir del lugar. En 1770 “fue cuando el anciano doctrinario ya jubilado, fray Diego Vázquez asentara las últimas partidas de bautizo y matrimonio de esta misión”. (25)

Al quedar desierta la misión, el padre guardián de San Francisco de la ciudad de Monterrey, así como particulares interesados, intentaron trasladar a Monterrey los ornamentos e imágenes religiosas, especialmente la de Nuestra Señora de la Concepción, con el objeto de ahorrarse el viaje hasta Gualeguas para adorarla y solicitarle milagros, sin embargo, el cura de Cerralvo, don Alejandro de la Garza se opuso rotundamente en un apasionado escrito dirigido al Dr. Antonio Alcalde, obispo de Guadalajara, fechado el 24 de abril de 1771, quien el 21 de mayo de ese año contestó y ordenó “no se demuela dicha iglesia, ni permita extraer cosa alguna de dicha capilla, sin su autorización.” (26)

Referencias

7 Hoyo, Eugenio del. Historia del Nuevo Reyno de León. Monterrey. Ed. Al Voleo. Segunda edición. 1929. p. 416

8 Ídem. p. 417

9 Hoyo, Eugenio del. Indios, Frailes y Encomenderos. Ed. Del Archivo General del Estado de Nuevo León. Monterrey. 1985. p. 129

10 Ídem. p. 129

11 Id. P. 132

12 Ibídem p. 164

13 Ladrón de Guevara, Antonio. Noticias de los poblados del Nuevo Reyno de León. Monterrey. Ed. ITESM. 1973. p. 143.

14 Treviño Villarreal, Mario. Mil Días de Riqueza. Monterrey. Ed. AGNL. Serie Cuadernos del Archivo No. 48

15 Cadena, Op. Cit. P. 35 Cadena, Op. Cit. P. 35

16 AGENL. Sección Concluidos. Caja 8. Expediente CI/8/66 Foja 4.

17 Idem. Foja 6

18 Ver nota número 33

19 Rivera, Pedro de. Diario y derrotero de lo caminado. México Ed. Costa Amic. 1945 p. 128

20 Actas No. 13. Serie Documentos. Ed. UANL. P. 1

21 Cadena, Op. Cit. P. 39

22 Idem. P. 43

23 Estas propiedades fueron zanjadas en largos pleitos para el efecto consultar el Archivo de Copropiedades Rurales del Gobierno de Nuevo León.

24 Cadena, pp. Cit. P. 33

25 Actas. op. Cit. P. 3

26 Idem. P. 4