Celso Garza GuajardoPanteón y Camposanto... No hallaba cuál palabra elegir... la de panteón me sonaba muy fría, la de camposanto no sé por qué la asociaba a flores, sería por lo de las flores a los santos en la iglesia.

Lo cierto es de que entonces el lugar estaba a lo lejos, allá al poniente, por entre las calles largas y angostas, pasando huertas y montes y más allá el camino a Villaldama... al acabar la calle de Santiago ahora la calle Ocampo... allá, como si fuera el fin de la vida, estaba el camposanto... en un lugar apartado y silencioso. Con sus anchas bardas de sillares y su gran portón de madera de sabino, con sus bardas de acero y arriba la sentencia que todo lo decía: “Postrados aquí la eternidad empieza y es polvo aquí la mundanal grandeza”.

Entonces por ese rumbo sólo vivía una familia en la única casita atrás del panteón, nos interrogábamos en silencio: ¿Cómo le harán para vivir junto al panteón? ¿Y en la noche qué sentirán? Más aumentaba la curiosidad cuando por las noches, en la plaza, veíamos a unos de los habitantes de esa casita dirigirse tranquilamente a la morada tras el panteón... le veíamos de lejos y nos imaginábamos muchas cosas.

Era cuestión de reto en la adolescencia tras de acercarse al panteón por la noche, por entre las callejuelas perdidas en las sombras de nogales y de aguacates... dos cuadras de llegar y la estampida del miedo nos hacía volver hacia atrás.

Los amigos de mi padre hablaban del panteón como: “La Parcela de Carrillo”... ¿Ya tienes tu pedacito en la parcela?, se preguntaban. a mi madre no le gustaba cómo el enterrador aplastaba la tierra con una pesada plancha de gruesas maderas “zas zas zas”... Dios mío, dolor sobre dolor, solía decir.

Cuando después de un sepelio, por la tarde nos regresábamos a pie en aquellas calles solitarias y luego nos alcanzaba la carroza tirada por un caballo, que veloz iba de vuelta, el cochero en cuestión también se nos figuraba un ser extraño. Se contaban misterios sobre el panteón del pueblo, se decía que una tarde llegó a la plaza una dama en el autobús que venía de Monterrey y que solicitó los servicios de un automóvil del sitio... caía la tarde otoñal...

Le dijo:

- Llévame al panteón.

El taxista así lo hizo y cuando se estacionó el carro frente al portón la mujer, cual fantasma, ya no estaba en el lugar.

La lejanía y el misterio cercaban el camposanto en la imaginación popular. Crecíamos viendo la gruesa barda y recorriendo las tumbas olvidadas de todos los tiempos, aprendimos a ver el camposanto del pueblo como un libro antiguo, que nos decía muchas cosas.

Los años pasaron y el pueblo creció... se derrumbaron muchas cosas: jacales, casas viejas, solares y montes... el pueblo creció hacia todos los rumbos y envolvió al panteón entre sus calles, avenidas, colonias y fraccionamientos. El Panteón siguió donde mismo pero el rumbo ya era según donde se le viera.

Ahora el tiempo ha pasado y el camposanto del pueblo es otro y el mismo a la vez. Recuerdo el tiempo de cuando la distancia y el silencio lo rodeaban por completo, ahora encuentro y reafirmo el silencio y la soledad en su interior, reflexiono sobre el significado de todo ello caminando por entre las lápidas de tumbas de ayer y de ahora, repaso el pueblo que descansa en ese lugar, el pueblo aquel que estaba en el oriente y que creció tanto hasta envolver el panteón en su propio seno.

31 de octubre 1998


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