Celso Garza GuajardoEs prehistórico, prehistórico, colonial y del presente… es el único artefacto doméstico que se fabrica y usa para lo mismo desde siempre… un primitivismo tan sano y natural que no tiene comparación… ha resistido a la vez que no soporta la modernidad… se le sustituye pero en nada es igual, se le quiere olvidar en estos días, pero ahí sigue por los rincones, como si fuera el primer día de su invención. Se ha usado siempre para moler… para moler pimienta, comino, ajo, chile y tomate… para hacer condimentos en los guisados o salsas para acompañar. Ha formado parte integral de la historia de la cocina mexicana desde que ésta es tal.

Está hecho de material de piedra-lava porosa. Recipiente con una hoquedad, sostenido en tres pequeñas patas y otro artefacto pequeño del mismo material, con el que se oprimen los productos a triturar… su historia es callada y de pocas frases. Se le fábrica y se le vende en el silencio, entre polvos, pajas y mecates de ixtle para pasar luego a ser adoptado por cada familia, en donde llega a durar 5, 10, 15 o más años, diciéndose del él frases como las siguientes: “En cada casa había un pequeño… había uno mediano… había uno grandote… tenía muchos años…” y ahora también en la despedidas de soltera se regala como “la licuadora portátil”… recibe reconocimientos comerciales en nombres de restaurantes, como para dar a reconocer lo curioso de la cocina mexicana… se le dibuja y fotografía como parte de nuestro folklor y de estampas turísticas… le ha dado títulos a horas de programas en la radio.

Pero la mejor historia de este artefacto es la misma que todos conocemos, es aquélla que todos tenemos en imágenes y recuerdos familiares, en la cocina de cada uno de nuestros viejos hogares… allá cuando los hermanos eran chiquitos, cuando nuestros papás, nuestras mamás y las abuelas estaban en la cocina… en aquella casa que ya se fue… allá cuando se llevaba el ritual de hacer la comida, porque se comía a las 12 en punto, aquella comida sabrosa, sencilla y exactamente para todos, allá cuando la faena de aquel quehacer se iniciaba exactamente con el molido de especia, del tomate, del chile. Era entonces cuando la cocina entraba en calor… en la mañana, antes de las 12 y por la tarde antes de las 6; y al terminar aquellas faenas, el artefacto se lavaba y se volvía a colocar otras vez donde mismo: a veces en medio de la mesa del comedor o en la mesita chiquita, a un lado de la chimenea. Artefacto aquel de las fórmulas mágicas del puñito… un puñito de sal, un puñito de chile, un puñito de especias… dos o tres dientes de ajo, tomate y cebolla al gusto… fórmula del puñito que tenía que ver con la austeridad de las despensas caseras y con aquel tipo de pobreza especial de nuestras casas de antes, pobre casi bíblica por el remate de limpieza permanente y de austeridad que no se lamentaba: pocas cosas, pero todas suficientes y en su lugar, pocas cosas pero todas limpias. Podía en aquellas casas no haber las grandes estufas, vajillas o las grandes despensas, pero siempre todo estaba limpio y aquel artefacto de la cocina hogareña estaba siempre en su lugar, listo para iniciar el diario calor de la cocina.

Al paso de los años, las gentes se fueron, las casas cambiaron y los pueblos y ranchos se fueron a las grandes ciudades. En el tipo diferente de cocinas seguía este artefacto, mas cambiaron los horarios de los sagrados alimentos y también cambiaron las estructuras internas de cada casa… se empezó entonces a usarlo y no usarlo… se le ponía por aquí y se le por allá, se le bajaba y se le subía… aún sigue, pese a la modernidad.

Usted sabe bien, estamos hablando del molcajete, el cual ha pasado todas las pruebas. Quienes lo usan con galanura están ejerciendo una herencia que se transmite con orgullo y quienes así lo entienden le dan su lugar aun frente al horno de microondas… quienes no, lo ocultan discretamente abajo del fregadero de la cocina integral; más todos, quienes lo usan a diario y quienes sólo lo usan en caso de emergencia comprueban su gran utilidad… la misma de todos los tiempos.

Seamos capaces de reconocer su gran utilidad y brindémosle un reconocimiento al molcajete que en la mayoría de las casa forma parte de la historia de nuestras propias familias.

31 de enero de 1989.


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