Celso Garza GuajardoEl bolerito regresaba solo con su cajón y con la noche. La manos llenas de tinta y de grasa, las bolsas repletas de pequeñas monedas y la fantasía puesta en las estrellas.

Fue un domingo de kermes en la plaza principal, desde las tres de la tarde se encaminó presuroso al encuentro de los zapatos polvorosos y empolvados. El hecho era tomarse con el mayor número de ellos y cuyos dueños quisieran a su vez pagar: cinco centavos por la boleada con tinta y veinte por todo lo anterior más el barniz en la suela de vaqueta.

El bolerito se transformó ese domingo en un águila a ras de suelo, cazando cuantos zapatos desalineados estuvieran a la vista, “bolió” de todo: zapatos negros y cafés de novios impacientes, botas de mineros, polainas de veteranos, botines de rancheros, zapatos de policías, mocasines de taxistas y… hasta correas de huaraches.

Durante horas y horas, el bolerito afanó feliz con los zapatos, hasta parecía que ellos mismos caminaba a su encuentro, a cada “le boleo” había una tácita respuesta afirmativa, poniendo en movimiento el cajón, los trapos, la grasa, la tinta y los cepillos, y se sucedían las palabras técnicas del bolear: “El otro… ¿cuánto es?… un veinte… gracias… le boleo…” y así hasta que se hizo de noche y la kermes se volvió levantamiento de mesas y sillas; bostezos, tropiezos y romances.

Por fin, en una banca frente al viejo quiosco se sentó el bolerito, colocó a su lado su inseparable cajón regocijándose de que todos los zapatos por bolear estuviesen ya de vuelta a sus casas. Se puso a contar el monto de lo logrado. Hizo cuatro montoncitos de monedas de cinco, de diez, de veinte y de peseta; en total, después de sumar y sumar, daba la increíble cantidad de once pesos con diez centavos.

…Miró a alrededor por si todavía quedasen algunos zapatos por bolear, volvió a colocar la morralla en sus bolsas, tomó el cajón y echó a caminar como labriego después del riego nocturno, platicando con las sombras. Encaminado por las calles Lerdo, donde los últimos vecinos metían las mecedoras y se disponían a dormir en los marcos de las puertas y ventanas.

Todo era silencio y alegría en el bolerito, la calle que esa tarde lo vio presuroso, ahora lo contemplaba regresar triunfante.

Paso tras paso y piense y piense en los once pesos con diez centavos que había logrado, llegó a su casa, empujó la puerta no sin antes ver a los lejos la plaza, saludándole con la sonrisa.

Colocó el dinero en la mesa de la cocina y no quiso despertar a nadie. El sabía que su madre sería la primera en ver el dinero por la mañana.

Antes de irse a la cama se lavó sus manos, resplandecientes de satisfacción. Fue a depositar el cajón de bolear en su rincón del cuarto, despacio, sin hacer mucho ruido, casi acariciando con sus manos y con arrullos. Él se fue a dormir, rápida y profundamente.

Más tuvo un sueño angustiador: soñó que la plaza al acercarse él con su cajón para bolearlos, los zapatos saltaban y le huían como gallinas asustadas. No lo podía creer, pues era todo lo contrario de lo que en la tarde le había sucedido. Se despertó temeroso, se calmó, se levantó, fue a la mesa para confirmar que ahí estaba el monto de lo trabajado y de esa manera darse seguridad de que había logrado bolear muchos zapatos. Dio unos pasos más y se dirigió hacia donde estaba el cajón de bolear, lo tomó y lo trajo ahora cerca de su cama, lo colocó a la mano y puso sobre él un viejo par de zapatos para estar seguro de que en sus sueños no se volverían a escapar más los zapatos ni las boleadas. El cajón de bolear y los viejos zapatos vigilaron así esa noche el sueño del bolerito.

8 de junio de 1984.


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