Celso Garza Guajardo Era un lugar social, de roce social… un lugar amable, con sabor a nueve de fresa y sueños de enamorados. De muchachas con crinolinas y vestidos entallados de colores, de jóvenes relamidos, peinados en copete y pantalones de pinzas.

Camino a la plaza, camino a la iglesia, camino al cine o al salón Mateo Treviño, ahí estaba la Nevería Cuauhtémoc… no era un lugar, era una categoría. No era la nieve, era la crema; o sea, la Nevería Cuauhtémoc era algo así como el mejor nivel para la convivencia, lo sobresaliente, en aquel Sabinas Hidalgo a la tercera parte de lo que es ahora.

Negociación fundada hacia 1946, ha estado donde mismo; las mismas puertas, mesas, sillas, barras y vitrinas. La presencia amable de su dueña Doña Lupita Garza… ahí está todo como testimonio de una época que ya se fue; tránsito de generaciones, de modas, de música y de costumbres.

Nunca entré a la Nevería Cuauhtémoc… solamente la observaba con gran atención, me causaba admiración. La creía de lujo y yo prefería la nieve de las garrafas callejeras; de adolescente me gustaba el cine y de joven me sentí rebelde. Total, que solamente pasé una y mil veces por sus banquetas. Más aún, así la observé y por siempre me agradó, me sigue agradando.

La Nevería Cuauhtémoc era famosa, se hablaba de ella para citas y encuentros, como punto de partida y de llegada… momentos de juventudes risueñas en sana diversión y esparcimiento, en diálogos amistosos o en dulces palabras de amor… todo ello más la novedad de una radiola con canciones de los Hermanos Martínez Gil: “Relámpago furia del cielo, que has de llevarte mi anhelo, a donde no vuelva más…”

Lo mejor de la Nevería Cuauhtémoc era sus jóvenes y más aún, la época de esos jóvenes. Ambos hechos relacionados, parteaguas del tiempo en el esplendor de la mitad del siglo… finales de la “cara aldea”, en callejuelas, como diría el viejo poeta, de polvo y de quietud, donde la vida aún transcurría a pie, caminando, caminando, “taconeando”, las muchachas a la plaza, al cine y a los bailes, caminando los galanes tras la novia, caminando a misa, caminando a todas partes… incluso caminando al panteón.

Caminando pasé siempre por la Nevería Cuauhtémoc, caminando vi siempre a los jóvenes asistir a ella… caminando lucían sus figuras, sus amores y sus sueños… caminando se palpaba la belleza y la esperanza en todas ellas.

La Nevería Cuauhtémoc como recodo de aquel tiempo. Está donde mismo. Las mismas puertas, mesas, barras y vitrinas, la misma Dueña Lupita, amable y atenta… ahí está todo… los únicos que no están son las muchachas con crinolinas y los muchachos con sus copetes.

La Nevería Cuauhtémoc sigue abriendo sus puertas, esperando quizás la llegada de los jóvenes que se fueron… existe quizás por esa necesidad del recuerdo.

Así hay que reconocerlo y agradecerlo.

13 de febrero de 1987.


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