Celso Garza GuajardoEs un hombre conocido… conocida y estimado, pues todo el pueblo viejo sabe de su persona. Anda cerca de los 80 años y siempre fue un hombre de campo. Todos le recuerdan en su expresito lechero, recorriendo las calles y vericuetos del pueblo… conocía a todos y todos a la vez sabían de él.


Viviendo cerca de la plaza, estuvo en el centro de los acontecimientos de la vieja aldea… en su memoria custodia su propio archivo de todo lo que vio, de todo lo que supo, de todo lo que le dijeron… retirado ahora de sus quehaceres, pasa parte de su tiempo en San Nicolás de los Garza y desde ahí ha empezado a escribir sus memorias.

Entre los méritos indiscutibles de Don Santiago Flores Garza está el de tener una excelente memoria, llena de veracidad, con la que nos ha recordado siempre los más diversos pasajes, personajes y situaciones del ayer. Los testimonios de Don Santiago son valiosos para la historia de nuestro pueblo. El sabe santo y seña de tantos hechos de las épocas que le ha tocado vivir. Lo mismo recuerda a personajes importantes que a seres anónimos; hechos trascendentes que cotidianos. Su memoria en su historia y esa historia nos hace falta.

Le conocemos como narrador en la plaza, en los círculos de amigos, en la sociedad mutualista y ahora, nos ha empezado a entregar por escrito, de su puño y letra, lo que él llama “Memorias de un sabinense llamado Santiago Flores Garza”. Son pasajes y anécdotas que dibujan la cotidianidad de tiempos idos y a punto de borrarse por el paso de las generaciones. Es meritorio tener tal memoria y más meritorio aún es escribir. Por eso, como un homenaje a su persona, publicamos aquí los primeros tres pasajes de sus memorias.

Dice Don Santiago:

Memorias de un sabinense llamado Santiago Flores Garza

En mi niñez, cuando entré a la escuela en el año de 1916, recuerdo haber conocido dos doctores que eran los que curaban al pueblo. Los dos vivían frente a la Plaza Hidalgo, la única que había en Sabinas en la esquina norte de las calles Hidalgo y Mutualismo, tenía su botica el Doctor Román Garza Gutiérrez, hombre muy querido en todo el pueblo, a nadie le decía que no, hubiera dinero o no hubiera, él como quiera iba a curar al enfermo, él sabía que no tenían dinero pero le deban una gallina, un cabrito, un borrego o un marranito, donde había y donde no había, ni modo, él como quiera les daba la medicina. De manera que la gente pobre lo apreciaba.

El otro doctor se llamaba Manuel Garza Gutiérrez y tenía su botica en la calle Porfirio Díaz e Ignacio de Maya, al lado sur, pero este hombre era todo lo contrario al Doctor Román Garza, era muy caro y si había dinero iba a ver al enfermo, y si no, no iba; y además de muy mal carácter; no le podían preguntar dos veces porque se enojaba, la gente no lo quería.

Pasaron los años y muere el Doctor Román Garza Gutiérrez, en el año de 1925 (o a principios del 26), cuando se supo la fatal noticia en el pueblo, fue un día de luto para todo Sabinas. El pueblo entero asistió a los funerales. Fue uno de los acompañamientos más grandes que hubo en ese tiempo.

Yo fui al entierro y en el panteón, cuando acercaron el cuerpo al sepulcro, estaban sus hijos alrededor y también el Doctor Manuel Garza Gutiérrez y otros médicos nuevos que habían llegado a Sabinas para entonces, se paró en la cabecera del sepulcro Don Urbano Chapa y dijo “Un momento. Quiero decir una cuantas palabras” y habló mucho pero la primera frase fue la que tengo muy presente: “En Sabinas Hidalgo, a la fecha, no hemos tenido nada más que dos médicos: Uno de ellos el Doctor Jesús Sánchez que en paz descanse y el otro que venimos a dejar a su última morada, Don Román Garza Gutiérrez. Los demás, son curanderos”.

El Doctor Manuel Garza Gutiérrez duró muchos años, Ya viejo, se vino a Monterrey con unos sobrinos, porque no fue casado y en el año de 1949, siendo Presidente Municipal de Sabinas Don Fernando Viejo Quiroga, llegó un día a la Presidencia Municipal el Doctor Manuel y le dice a Don Fernando: “Quiero que me facilite uno de los prados de la plaza” “¿Para qué los quiere, doctor?” le dice Don Fernando. “Lo quiero para poner una estatua”. “¿cuál es la estatua que va a poner?”. Y le contesta el Doctor: “La mía”. El alcalde se dio cuenta que el hombre andaba desvariando y le dijo: “Está bien, doctor, puede disponer del prado”.

El doctor se hospedaba con Don Casimiro Alejandro, viendo el señor alcalde cómo andaba, habló a los familiares para que fueran por él y se lo trajera a Monterrey y creo que ahí murió.

Recuerdo también haber leído un libro que escribió el Doctor Manuel Garza Gutiérrez, donde nombraba a todas las personas que él había curado y las había sanado; pero no decía las que se le habían muerto.

Recuero otro personaje que vivió en Sabinas muchos años y que muchos beneficios hizo. Me refiero al gran Cura Don José María Rodríguez. Ese hombre que pedía limosna para darla más delante, yo me di cuenta de muchas obras que hizo, porque yo le ayudaba a sonar las campanas y también como monaguillo y lo poco que daban de limosna en las misas del domingo lo repartía entre varios niños que le ayudábamos a sonar las campanas.

Venían algunas personas pobres que querían bautizar a un niño y el padrino no tenía dinero para pagarle, él les decía: “tráiganlo, no les voy a cobrar”. Lo mismo hacía con algunos novios que querían casarse por la Iglesia pero no tenían dinero, los casaba sin cobrarles nada.

También curaba a algunas personas pobres. Nunca tuvo ambición por el dinero. Tenía muchas amistades, y todas las noches se juntaban con él muchos amigos que tenían la costumbre de venir a platicar con él, se sentaban por fuera de la Sacristía, en sillas de palmito que tenía el Padre.

Los señores que asistían eran: Don Gregorio Ramos, Don Plácido Cantú, Don Emiliano Ábrego, Don Pedro Treviño, Don Pablo Salazar, Don Antonio Hinojosa, Don Francisco González, Don Francisco Villarreal, Don Guadalupe Morales, Don José Morales, Don Andrés Cavazos y otros más cuyos nombres no recuerdo. Cuando él tenía que salir fuera, les dejaba la llave para que sacaran las sillas. En el año de 1926 murió el gran Cura. Todo el pueblo participó en los funerales. Fue el primero que sepultaron en el panteón nuevo que está al lado sur del panteón viejo. En el centro del panteón lo sepultaron, marcaron un cuadro grande porque pensaban hacerle una capilla pero no lo hicieron, nada más tenía un cuadro de cemento y una cruz. Hace pocos años sacaron sus restos y los enterraron en una de las paredes del templo de San José, de Sabinas Hidalgo.

Recuerdo que en el año de 1923 había llovido mucho y vino un señor del Rancho La Piedra y le dice al padre: “Mi señora está enferma y quiere que la vaya a confesar”. Y el padre le dijo: “Consigue un coche y voy”. Pero como el camino estaba mojado, ningún cochero lo quiso llevar, entonces le dice el padre: “Consigue un caballo y vamos”. El señor andaba en un caballo y consiguió una mula, la montó el padre y salieron. De coincidencia venía yo con mi padre del Rancho de Palo Blanco y los encontramos por el sendero ancho y llegaron a La Piedra. Confesó a la señora y regresamos a Sabinas. Después, platicaban algunas personas que al volver a montar, para regresar, como estaba muy pesado, le dijo el señor que lo empujara un poco para montar y lo empujó tan fuerte que cayó al otro lado y se dio un golpe en el pecho lo que a la larga lo ocasionó la muerte.

Otro hombre que se ha dejado en el olvido, después de haber educado a tantas generaciones de niños en Sabinas es el gran maestro de escuela, Don Margarito Martínez Leal. Maestro de maestros, lo digo así porque yo fui discípulo de él en cuarto año en 1922 y el mismo grupo de niños que estuvimos con él después estábamos en sexto año con el Profesor Fidel Mireles, que era el único profesor titulado y nos dice un día: “Muchachos, tomen las aritmétricas y van a resolver tres problemas” y nos dio los números de los tres. Nos pusimos a resolverlos. El se salió a dar la vuelta al patio. Al rato regresó y nos dice: “¿Ya terminaron” y le contestamos: “Resolvimos dos, el otro no lo hemos resuelto, no le hemos encontrado el planteo, ¿Cómo nos dice?” “A ver me dijo a mí, díctamelo”. Y lo escribió en el pizarrón me dice: “Anda háblale al maestro Margarito, que venga”. Llego el maestro y el profesor Fidel le dijo: “Lo mandé llamar porque a mí y los muchachos se nos atrancó la carreta con este problema”. “¡Pero como, Fidel!”, le dijo. Tomó el libro de aritmétrica y vio el problema y tomó el gis y le dice: “Esta es el planteo” y muy pronto que lo resolvió. El profesor Fidel quedó avergonzado. Por eso digo que era maestro de maestros, porque era un maestro práctico con una inteligencia muy desarrollada. No le daban la dirección de la escuela porque no tenía título, pero era más completo que muchos titulados.

Trabajó 35 ó 40 años en la escuela, ganado un salario de hambre, porque en ese tiempo los maestros ganaban un sueldo muy bajo. ¡Qué infamia! Cuando el maestro Margarito lo jubilaron don 60 pesos cada mes, en el año de 1949, era Alcalde en Sabinas Don Fernando Viejo Quiroga y tanto el alcalde como los regidores habíamos sido discípulos del maestro Margarito Martínez. Viendo que era muy poco lo que daban, acordamos que por los tres años que iba a estar Don Fernando, pasarle 60 pesos por mes. Y cada mes le llevábamos los regidores el sueldo aquel que mucho agradecía el noble anciano.

s. f.


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