Celso Garza Guajardo

La historia es larga de contar… aun cuando las sodas era chiquitas la historia es larga, larga de contar… es la historia de Don Melchor Valle Guajardo, un hombre rudo, vertical y de trabajo constante.

Celso Garza GuajardoLa historia es larga de contar… aun cuando las sodas era chiquitas la historia es larga, larga de contar… es la historia de Don Melchor Valle Guajardo, un hombre rudo, vertical y de trabajo constante.

Don Melchor es uno de los tantos hombres de leyenda en la crónica de la aldea… de esos hombres que pasan por muchos oficios y etapas y que al final de su vida saben dar el temple de sí mismos realizándose en uno o varios quehaceres. Fue comandante de policía en la agitada época de los 20s y participó en múltiples incidentes rijosos donde siempre salió airoso, luego por problemas mayores salió del pueblo y anduvo por muchos años por Coahuila y Tamaulipas, en el transcurso de los cuales aprendió oficios y quehaceres entre otros el de fabricar sodas, bebidas gaseosas, en la Ciudad de Matamoros, Tamps… a mediados de la década de los 40s regresó al pueblo y emprendió una singular empresa.

Se asoció con su hermano Román, el cual ya era fabricante de dichos productos asociado con Don Inés Guajardo. Luego Don Melchor quedó solo y en el patio y galerón de aquella casa por la calle de Don Manuel M. García, instaló en toda forma su fábrica: toneles, ollas, barriles de cerámica, carbonatadoras y bandas mecánicas para el fichaje de las botellas. Ahí estuvo por casi tres décadas la fábrica de sodas chiquitas, donde el ingenio personal de Don Melchor hacía posible aquella realidad. Todo era inventiva, casi magia: la mezcla de sabores, la botellas de diferentes marcas y las fichas de todos colores y variedades… las sodas chiquitas no tenían nombre específico… la gente decía que eran colores y un solo sabor. Alguna vez el viejo pintor de anuncios en el pueblo, el señor Aréchiga, le puso a la camioneta repartidora el letrero “Refrescos La Pureza” más siempre aquellas bebidas envasadas fueron conocidas como “sodas chiquitas”, para distinguirlas de los refrescos de las marcas comerciales conocidas. Las sodas chiquitas, además, costaban menos… 10 ó 15 centavos, según la época.

En el pueblo se hicieron populares las frases: “Si tienes soltura, Sodas La Pureza. Si tiene estreñimiento también”, En verano los ventas aumentaban, Don Melchor andaba por todo el pueblo en su camioneta repartiendo su producto en cajas que él mismo hacía y en hieleras que también fabricaba… la venta del producto bajaba considerablemente en el invierno y entonces Don Melchor paralizaba prácticamente su fábrica, más no así sus ocupaciones, cambiaba su camioneta por su express y se dedicaba lo mismo a repartir leña que a vender maíz, calabaza o frijoles; hacer chiles en vinagre o vender carne de venado cuando todo mundo sabía que era de burros salvajes. Supo también elaborar el exquisito ajenjo color verde que se vendía en los tendajos, el cual, al igual que las sodas, eran de una fórmula que sólo él sabía… así, año tras año, sin desmayar en ningún momento.

Un día, al final de la década de los 60s, traspasó su negocio… lo adquirió Juan Ríos, el cual no logró sustituirlo, pues eran otros tiempos y ya no había lugar para los refrescos caseros… se acabaron las botellas chicas y las fichas lisas. Se acabaron las cajas de alambre y las hieleras se perdieron… en aquel galerón todo se hizo viejo… Don Melchor moriría poco después, llevándose su forma original de hacer todo aquello, pero dejando para muchos el ejemplo de trabajo y de dedicación constante, no importa cuáles fueran las circunstancias ni las épocas… bien vale recordar sus lecciones.

14 de diciembre de 1989.


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