Celso Garza Guajardo

Refugio de sueños y recuerdos

A doña Josefina Valadez Vda.
de Mascareñas y su barrio de
la calle de Mina y Matamoros.

 

Refugio de sueños y recuerdos

Celso Garza GuajardoA doña Josefina Valadez Vda.
de Mascareñas y su barrio de
la calle de Mina y Matamoros.

El barrio es siempre algo añejo. Que perdura en el espacio y en el tiempo. Ciclo y asiento de almas que llegaron, que vivieron, que se  fueron y que después vuelven a estar con los que ahora llegan, viven y un día también se irán.
Uno puede dejar el barrio, pero el buen barrio nunca lo deja a uno, continúa presente, impactándonos y ocupando un lugar en nuestras vidas. De lejos, uno sigue viviendo en el barrio, se anda y reanda lo andado, se vive y revive la aventura para aprender lo que entonces no aprendimos y lo que entonces no comprendemos y que ahora es necesario y útil valorar. De lejos, el barrio vive con nosotros o mejor dicho, nosotros vivimos con el barrio,, a sabiendas muchas veces de que ya no podemos vivir en aquel barrio, pues ya sólo existe en nuestra imaginación.

El barrio es entonces algo espiritual, un tiempo y un espacio que llevamos archivados con nosotros, un testimonio anticipado de recuerdo que deseamos legar, unas gotas de humildad y de paciencia que se resisten a mezclarse del todo en el torrente sin causa del progreso por el progreso que invade sin permiso y sin normas.

El barrio ahora es un conjunto de retazos que reconocemos, que tratamos de ntegrar porque en él encontramos un escenario donde nos iniciamos y formamos en parte. En una calle, una esquina, una banqueta, un solar, un árbol viejo, una casa o un jacal que nos permiten recordar lo que vivimos a diario, lo que sufrimos y gozamos o lo que soñamos. ¡Cuántos sueños se quedaron en el barrio!

Los sueños del barrio perduran para siempre, constituyen parte del origen y de la fantasía con que se transcurre el camino de la vida.

En ese camino de la vida que iniciamos en el pueblo, cada barrio se nos hacía distinto y propio a la vez, extraño y distante no obstante que todos estuvieran a la vista, que todos se cruzasen por las mismas calles y con las mismas gentes. Los barrios eran partes de un todo pueblerino que se contenía, los barrios eran el aislamiento y la asociación de un ser, de un ser rústica y natural para darse identidad para incorporarse al pueblo.

Los barrios del viejo Sabinas Hidalgo: El Aguacate, Larraldeña, Bella Vista, El Alto, El Grasero, Sonoro, La Carretera, La Morita, El Tajo, El Buche, El Dólar, etc., necesitan nuestro cariño y mayor respeto. Requieren que les cantemos, que les hagamos poesía, que contemos sus historias y leyendas, que les hagamos sus fiestas, que los adornemos y que estén aseados.

Con ello descubriremos que son bellos, risueños y que tienen vida, que no tenemos por qué darles indiferencia, abandono y maltrato.

Desproteger los barrios, de aprecio y de apoyo, es como abandonar a los viejos a su suerte, o sea, arrojar con desdén la experiencia y la sabiduría, siendo ingratos con el pasado.

Los barrios merecen mejor suerte y es deber de todos dársela. Surgieron antes que todo el fugaz desarrollismo de la últimas décadas. Ahí han estado, no los expulsemos, no matemos de ruido y de violencia moral a sus moradores. Ahora que todo, inevitablemente se expande y transforma, no olvidemos que lo que hay que embellecer es el corazón y el alma, y eso, en los pueblos, está formado por las cosas viejas que han perdurado y transcendido.

24 de febrero de 1984.


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