Celso Garza GuajardoLos jacales son tierra y tiempo… se pegan al suelo y no caen por sí solos, hay que derribarlos como a los árboles… los jacales ven pasar los años, se quedan solos y parecen almanaques viejos en castañas que no se abren… los jacales se han perdido, ya no se hacen y se están yendo por siempre.

Los jacales eran moradas llenos de vida… moradas buenas con moradores dignos… hoy creemos que no era así, pero estamos equivocados. Moradas de adobes y de palma enmarcadas por el cielo y el sol, que se llenaban de bullicio en las mañanas, de placidez al mediodía y de pláticas y consejos al anochecer. Por todas partes había jacales… en cada rumbo de las esquinas y a mitad de las cuadras… jacales chicos y jacales grandes… jacales para las cocinas, ahí enmedio del patio, con las norias en un lado, envueltas en mantas y enredaderas… jacales donde se oía el rechinar de los carrillos, el cacaraquear de las gallinas y las sogas de ropa albeando al sol.

Primero se perdieron los solares… se dividieron y subdividieron y se construyeron casas de otro tipo… los jacales fueron quedando enmedio, como apartados y queriendo ser expulsados… fue quedando el jacal aislado, uno aquí, otro allá… hasta que luego, sin darnos cuenta, los jacales desaparecieron… el jacal que había ya no estaba, fue siendo sólo un recuerdo… todas las cuadras se hicieron hileras de casas y los jacales se convirtieron en polvo sobre la tierra sin tierra, sobre el cimiento de cemento de nuevas moradas.

Sólo tres jacales quedan en el viejo trazo del pueblo, entre los contornos de los Barrios El Aguacate y El Pasito. Son tres jacales con historia centenarias que aún están al reliz de las banquetas, soportando el tráfico, atrapados como implorando al cielo el ya no saber si seguir o ser desdibujados del panorama urbano… son tres jacales fuertes y perfectos en su trazo… los tres son de la segunda mitad del siglo XIX… son los jacales de Don Manuel M. García (1870–1941), de la calle de Mina y Matamoros; el jacal del doctor Román Garza Gutiérrez (1864–1920) de Escobedo y Victoria y el jacal de Don Brígido Garza Jiménez (1870–1959) de la calle de Luis T. Mireles.

El primero de ellos con una placa conmemorativa que indica el personaje ilustre ahí nacido. El segundo está a la vista de todos, pues aún permanece en la transitada calle Escobedo; el tercero, es un nido de recuerdos entre los viejos barrios de La Cagarruta y El Pasito...

Los jacales dan lecciones… lecciones que tienen el mismo significado del establo aquel de Belem… son lecciones de sencillez y plenas de humildad… de transparente grandeza, ya que nada se puede ocultar en ellos. Los jacales no son lugares laberintosos ni tenebrosos; las lecciones que dan parten del significado de que en cualquier lugar, por más humilde que sea; puede nacer y vivir la grandeza humana. En uno de esos jacales nació el más grande de nuestros filántropos y altruistas, Don Manuel M. García artífice del progreso del presente siglo en nuestro pueblo. En el segundo de ellos vivió y gestó esperanzas aquel doctor todo bondad y cultura, cuyo ejercicio profesional dio luminosidad a la vieja villa de fines del siglo pasado; y en el tercero se procreó la familia a cuyas puertas y mesa acudieron personajes de valía a platicar con el patriarca Don Brígido. Hoy esas lecciones son nostalgias y el valor de ello no pesa en pesos… pesa en el corazón.

Los jacales están a punto de terminar, pero aún se resisten a la avalancha del cambio urbano… ahí están como ocupando un espacio que ya no les pertenece, son como espectros calcinados, callados y atrapados… los jacales diejon mucho, pero ya no pueden decir nada. Tiene un lenguaje que nos negamos a entender… hace mucho que alguien pronunció la última frase de “¡Qué bonito jacal construí!”; por eso es que ya no sabemos cómo es que sirvieron tanto y en qué nos pueden servir ahora… por eso no nos dicen nada, ya no los queremos y nos da vergüenza verlos enfrente… más sin embargo, cuando los observamos a solas, los atormentados somos nosotros, por no haber sido capaces de vivir de la tierra, de utilizar el adobe, la blanca y pura cal y de techar con palmas benditas nuestras moradas… nos sentimos abrumados cuando sin saber cómo, consentimos en aceptar que ya nada de eso servía y entonces, para vivir, nos llenamos de artificios.

Sí, los jacales desaparecían, estos tres llenos de artificios ahí olvidados y decaídos están… ganará el progreso y la plusvalía urbana, más algo de nosotros se habrá perdido… quizás será entonces cuando empecemos a comprenderlos por completo.

14 de marzo de 1990.


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