Ramiro Rodríguez MartínezI


Amanece
Diez mil espasmos
enredan agua de mares
La arena inunda manos y aliento
Me abraza –la arena– desde lejos
Me reivindica en sangre
y sumerge mi cuerpo mar adentro
Atrapado estoy en redes de siete ninfas
Soy Odiseo del siglo XX

Ramiro Rodríguez MartínezI

Amanece
Diez mil espasmos
enredan agua de mares
La arena inunda manos y aliento
Me abraza –la arena– desde lejos
                          Me reivindica en sangre
y sumerge mi cuerpo mar adentro
Atrapado estoy en redes de siete ninfas
Soy Odiseo del siglo XX

Mi cama es una isla donde habita
                                  nada más que silencio
Un extraño silencio que me agita
hasta morir sin miedo en barca de soledad
Es soledad bien venida
                   por los siglos de los siglos
porque en soledad agonizas
mueres en soledad y en soledad renaces
para luego agonizar en muerte
y renacer a la eternidad momentánea

Amanece
Soy Odiseo del siglo XX

II

Mi barca navega
sin hundirse en aras de tormenta
Es barca violentada
por el tumbo impredecible de olas
brazos que llegan hasta mis arenas
y se marchan al morir el sol

La espuma cede su blancura
al poderoso estruendo de mi intemperie
La sal pierde su concepto
ante mi propia sal –que es sal de sales–
que es vencedora irrevocable
de fantástica batalla en playas de Grecia

Los mares pueden darse a mi conquista
               Los mares desembocan en mis manos
porque esta sed de consumación perpetua
hará que se conozcan
todos los misterios marinos

¡Ah! Las manos ¡Las manos!
¿Quién fue el artista de su creación?

III

Soy náufrago sin tiempo
Los dioses mueren cada instante
                               Despacio lento lentitud
Mueren y remueren de rabia –ante mi gloria–
tras batallas de violenta abstinencia
Desencuentran hecatombes
                Se desvanece un homicidio
que conduce sólo a un proyecto mal gestado

Sobrevivo a la tormenta
que se abalanza sobre mis seis letras
                                                hasta lo más íntimo
Renazco tras violento arrebato de olas
que arrastran lo que quedaba de inocencia
hasta brazos cubiertos de egoísmo

Si algún día presintiere su nueva ronda
mi carne de acero sería carne solamente
                       –sería calor caliente calentura–
y aceptaría el reto donde sucumbe el cuerpo
porque la sangre se renueva
al impacto vital de su existencia

Autor: Ramiro Rodríguez. De Destiempo (2002)


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