Ramiro Rodríguez MartínezSomos lo que nos mueve. Somos esto que nos conmueve, esta materia literaria que conforma cada músculo del cuerpo. Nadamos en mares de opulencia porque tenemos en nuestra garganta las voces que otros no tienen. Somos lo que otros no son. Nuestras costillas son sílabas que se cuentan sin cuenta, versos infinitos que convergen alguna tarde de junio, cuando Roberto celebra la reinauguración metafísica, la verdad ontológica de la carne y la conciencia. Esta es la materia absoluta que nos conforma, la sinfónica alegría que en nuestra sangre reverbera. Por eso Elvia desciende hasta encontrar piedras a la orilla del río, se transfigura en deidad insomne de palabras que transforma el polvo en formas innúmeras. Es la celebración de conciencias creadoras, crepitación de semillas al enunciar el asombro de imposibles estrellas.

Somos esto, congregación unánime de voluntades en fronteras arbitrarias del arte, transverberación fecunda que paraliza la líquida circulación por calles del cuerpo. Alejandro pinta con colores increíbles concavidades y formas convexas de mujeres interminables, ahí donde los hombres bebemos vinos exquisitos que manan de Dios. Somos esto que disipa soledades ásperas, el amor que ablanda la dureza de huesos que sostienen el asombro del mecanismo humano. Y cuando el hambre parece aniquilarnos, cuando la sed atosiga nuestra lengua hasta hacerla perder su humedad de siglos, aparece Celeste con cantos luminosos de feminidad incuestionable, sacerdotisa dispuesta al sacrificio humano que nos recuerda la insolitud de nuestros ancestros, la otredad que reivindica nuestra diáspora voluntaria hacia tierras inhóspitas con el lenguaje intransferible de las letras.

Por esto, somos lo que nos mueve, somos el arrebato que nos conmueve, materia literaria que nos conforma para nadar en mares de opulencia.

Ramiro Rodríguez



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