Ramiro Rodríguez MartínezMARÍA SOCORRO es una hermosa mujer aún al paso del tiempo. Ella y yo iniciamos charlas sin tiempo ni espacio, intercambio de palabras donde la intimidad es como la sal para nuestros alimentos. María Socorro es buena amiga, y sé que cuento con su tiempo todo el tiempo, incondicional aun a intemperie y a destiempo. Cuando conversamos, el tiempo pierde su temporalidad y con facilidad pierdo la noción del tiempo y ella pierde su tiempo conmigo. Pero ella dice que no, sino que gana tiempo porque le gusta conversar conmigo. Los minutos son segundos y las horas son minutos y los días son horas… Pero todo es cuestión de tiempo.

Alguna vez retrocedió en la cronología –hasta pisar las márgenes de 1945– para contarme sobre la forma en que Luciano llegó a su encuentro. Él era originario de Monterrey, Nuevo León, y trabajaba como chofer en una compañía de transporte de productos comerciales cuyas oficinas principales estaban en la capital neoleonesa. Pasaba con bastante frecuencia por Sabinas Hidalgo, cuando viajaba de Monterrey a Nuevo Laredo. Doña María y Don Enrique, los padres de María Socorro, eran propietarios de un restaurante ubicado cerca de la carretera, pequeño en dimensión pero con un menú de exquisita suculencia ya conocida y comprobada por la gente que estaba de paso. Hasta ese lugar apareció Luciano, durante uno de sus viajes a esa ciudad del norte de Tamaulipas. Ya sus compañeros de oficio le habían hablado de la exquisitez del menú y de las mujeres hermosas que colaboraban en la preparación de los alimentos, lo cual hacía del comer una experiencia aún más exquisita. Decidió hacer su primera escala motivado por el hambre y las ganas de comprobar la belleza femenina recomendada para su contemplación.

—Me dicen que la machaca con huevo que ustedes hacen es exquisita, señora. Es famosa más allá de Sabinas Hidalgo —le dijo a Doña María en intento de entablar conversación cuando ella se disponía a tomar la orden—. Muchos compañeros de trabajo me han recomendado su cocina.

—No se arrepentirá de comer cualquier platillo que aparece en el menú. Es usted quien elige y sólo usted quien puede dar el visto bueno.

—Pues permítame constatar ese prestigio con una orden de machaca. Ah, y tortillas de harina, por supuesto.

Esa fue la ocasión en que Luciano perdió su propio nombre para ofrendarlo en rendición y alabanza a la belleza de María Socorro. Ella limpiaba mesas de antiguos clientes. Aun con esa sencillez de prendas, era la mujer más bella que había pasado frente a sus ventanas. Sus ojos eran café oscuros y grandes, piel de luna y cabello castaño, olas marinas en su forma que caían hasta tocar su perfecta cintura. Admitió que sus compañeros no mentían al referirse a la belleza de las jóvenes del restaurante, pero la belleza de María Socorro fue red poderosa que atrapa a la fiera salvaje. Ella vino a enterarse de sus propósitos originales tiempo después. A partir de ese momento, Luciano pidió en la empresa para la que trabajaba la ruta permanente hacia Nuevo Laredo con el deseo de llegar al restaurante, darle gusto al paladar, recrearse la vista con la belleza de María Socorro y disfrutar esa sensación que aprieta el pecho con afable suavidad cuando se trata del amor. Verla ahí, en compañía de su familia, como buena mujer de provincia era suficiente por el momento. Verla una vez más, aunque fuera sólo verla. Estaba cansado de rodar entre brazos dispersos donde perdía la orientación y el equilibrio, la noción del tiempo, lechos clandestinos donde él era sombra fugaz que se pierde por sí misma cuando llega la noche: mismedad exacerbada, claustro interno y fugaz, ensimismamiento. Durante largos años estuvo inmerso en su propia celda, lamiendo soledades y respirando frivolidad; pero esta ocasión pudo separarse de su cuerpo, pudo establecer un distanciamiento que le permitiera observarse con detenimiento premeditado, autolibertado de empatía, para analizar la situación y alcanzar las orlas de la catarsis. ¡Qué tremenda oquedad padecía en el núcleo de su pecho!

—Mamá, ya regreso, voy al mercado por los ingredientes que me encargaste. Humberto y Enrique vienen conmigo. Ahora regresamos.

María Socorro, junto con sus hermanas menores Queta y Coco, ayudaban a Doña María con las diversas labores propias de un restaurante. María Socorro me habla sobre unas tortillas de harina exquisitas que su madre cocinaba y que las hijas se han encargado de continuar para delicia de la familia. —¿Te gustan las tortillas de harina con frijoles refritos, hijo?— alguna vez me preguntó Doña María cuando me invitaba a saborear esas exquisitas delicias de harina que cocinó durante más de sesenta años.

Sabinas Hidalgo es punto constante de conversación entre nosotros. María Socorro describe al pueblo de los años cuarenta con una emoción nostálgica cada vez que emprende un viaje imaginario hasta esas tierras. Parece trasladarse en cuerpo y pensamiento hasta ese espacio terrenal perdido en la geografía de México, un pueblo en donde dejó niñez y adolescencia, familia y amistades.

—Sabinas Hidalgo era un pueblo muy pequeño rodeado de montañas verdes —me dice emprendiendo el viaje imaginario a su recuerdo—, sobre todo en la temporada de lluvias, durante los primeros días de otoño. Todavía escucho el sonido de gotas que caen a la tierra para darle aliento, el olor de tierra mojada, el murmullo de acequias que contienen agua descendiente del cerro buscando su propio cauce hacia las partes más bajas del pueblo, el agua que golpea con delicadeza materna las hojas de plantas y árboles en una especie de sinfonía monorrítmica, ¡ah, la casa de mis padres, humilde pero limpísima! Las calles del pueblo eran muy angostas, sin pavimento. En tardes soleadas la gente caminaba hacia la Iglesia de Guadalupe adonde llegaban para purificarse de inconsciencias y culpas, de errores y de tropiezos. Ahí, en el amplio espacio rodeado de columnas e imágenes, se encontraban algunos enamorados que se amaban sólo con mirarse, sin decirse nada. Una mirada puede tener mayor fuerza que las propias palabras. Y las puestas de sol sobre las montañas… no he vuelto a verlas en ningún lugar con ese rojo–naranja tan intenso como en Sabinas Hidalgo. No sé si sea la nostalgia que me inunda cuando evoco mi pueblo lo que me hace hablar de este modo. Pero es tan cierto y accesible cuando llega el recuerdo con ansia repentina de soltar sus fragantes pétalos a modo de fotografías internas para nutrir el alma.

María Socorro contaba con dieciocho años cuando Luciano llegó con pasos firmes hasta su entorno. Él era un hombre de treinta y uno, con experiencia suficiente en el campo del amor: mujeres subyugadas ante la apariencia del hombre, y esta situación podría considerarse como contribución plena de su atractivo físico. Tal vez Luciano consideró la edad de ella punto clave en el enamoramiento irrefrenable, porque las hermanas menores eran también de belleza extraordinaria. Por supuesto, Doña María se opuso con firmeza contundente a la formalización del noviazgo ya que la diferencia de edades era muy extrema. Pero Doña María no contaba con la inteligente habilidad del enamorado, quien ya conquistaba también a Don Enrique para que cediera la mano de su hija. Los hombres simpatizaron y la amistad entre ellos fue decisiva para lograr un mayor acercamiento entre la pareja.

Al final, Luciano logró convencer a la familia completa. Las pequeñas Queta y Coco lo encontraban divertido y buen tipo: las adulaba sin que pareciese atrevido; Luciano mostraba su amabilidad al buscar en Monterrey algunos encargos de Don Enrique; además, bromeaba con Humberto, Armando y Enrique, hermanos menores de María Socorro. Al principio, ella se rehusaba a las frases galantes y al cortejo del chofer. La resistencia tenía justa explicación: un antiguo fantasma que nunca pudo volverse tangible aún merodeaba su corazón y su mente; aún dolía la pequeña herida que provocaron sus padres al impedir la consumación del primer amor, amor de adolescentes, el que nunca se olvida. Pero el tiempo es el medicamento más efectivo para lograr el alivio: poco después accedió al cortejo del chofer y se fijó la boda ese mismo año.

Hoy cumplen cuarenta y tres años de matrimonio. Mis padres cumplen cuarenta y tres años de haber unido sus vidas con los lazos indisolubles que sólo rompe la muerte. Hoy esos lazos se han roto sin la esperanza de volver a unirse, han caído hasta el suelo para no erigirse jamás. Papá ya no está entre nosotros. Bueno, sí está pero no está, no sé si me explique. Él dejó de respirar en febrero de 1988. Es increíble. La familia se reúne sólo en ocasiones de bodas, bautismos, quinceañeras y en decesos familiares. A papá lo sepultamos en el panteón Jardín de Matamoros, el mismo lugar a donde tendría que ir en diciembre de 1993 cargando a mis espaldas el dolor más grande de mi existencia.

Por el momento nuestras charlas continúan. Las tardes de café y de rememoración entre María Socorro –mi madre– y yo continúan dentro de nuestra mutua complicidad, hacemos caso omiso al capricho y la intransigencia del tiempo, un tiempo que a veces nos postra en los despeñaderos más profundos y de los cuales es difícil alcanzar la cima para evitar la asfixia.

Ramiro Rodríguez Martínez

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