Bastaron tan solo algunas horas sin electricidad, para que apreciáramos a necesidad de esta energía.
El suave ronroneo del refrigerador se acabó; la televisión y la radio enmudecidos; las puertas automáticas de las tiendas no funcionaron; las terminales computarizadas de las cajas para el pago de mercancías en el Súper se pusieron a descansar; los semáforos fueron sustituidos por agentes de tránsito, en las actividades religiosas los aparatos de sonido no se hicieron presentes; los adultos mayores no pudieron disfrutar de su programa dominical de aficionados; los niños estuvieron hoy más inquietos ¡no hubo caricaturas!; el pantalón del señor de la casa se veía arrugado; la señora no pudo tomar su licuado; el joven se quedó esperando el pan tostado con mermelada; la estufa de encendido electrónico volvió a los cerillos, en el ambiente del hogar se percibía el olor a humo desprendido por la lámpara de gas morado; la ropa hubo que lavarla a mano y buscar horquillas para colocarla en el tendedero; la regadera dejó de proveer su agradable llovizna de vital líquido; la adolescente molesta porque no pudo cargar su celular.
Bastaron tan solo algunas horas sin electricidad para sintiéramos la necesidad de esta energía.
Pero así ésta el mundo y estás son “Nuestras Cosas”.
Hasta la próxima.