Celso Garza GuajardoLa verdad es que se pierde en el tiempo… quizás alrededor de 1926, años más, años menos… en las calles de Hidalgo y Mina en contraesquina de la plaza. Ahí dicen que empezó la peluquería del difunto Don Antonio Hinojosa. Por más de 20 años estuvo en ese lugar y después de 1945 se trasladó una cuadra más al norte, en la esquina de Mina y Niños Héroes… en la calle de Piedra, ahí donde ha estado hasta el presente.

En sus orígenes fue peluquería de gente importante y de políticos de la época como Don Antonio Garza. Después, cuando la crisis económica de 1929, se tornó una peluquería de precios populares. Se cuenta que por muchos años mantuvo un anuncio en la pared que decía: “Pelo 15 centavos. Barba 15 centavos”. Y así, siempre los precios fueron por debajo de los negociaciones similares. El corte de pelo a 25 centavos, a 75 y a un peso y sucesivamente hasta el día de hoy por debajo de los otros precios.

Era muy popular la peluquería de Don Antonio Hinojosa. Popular en todos sentidos, popular en los precios, en clientela y en ideas. Popular por sus sillas de palmito, por sus bancas y el montón de revistas y de periódicos viejos, por sus cuadros y almanaques, por sus fotos en las paredes, por las pláticas y discusiones, por las colas en espera de turno, sobre todo si era viernes o sábado por la tarde.

Muchas veces hice espera en la peluquería de Don Antonio Hinojosa, más con el ámino de conocer el lugar, de leer, ver y escuchar, que de cortarme el pelo… había por delante seis u ocho clientes y otros tantos que entraban y salían; aquello parecía tumulto, gente de todos los barrios, lo mismo jornaleros, albañiles, artesanos, lecheros o comerciantes; en fin, todos los sectores sociales…

Hojeaba revista tras revista, escuchaba una plática y otra, me sentía hombre grande… cuando me llegaba el turno ya era de noche… a veces me iba y prefería volver otro día.

Ir a esa peluquería era un hecho tradicional por todo lo que era, lo que contenía y la gente que asistía… un pequeño cuarto de puertas remachadas unas y semiabiertas, poca luz y muchas inquietudes… mucha historia en esas cuatro paredes.

Como el paso de las décadas, a veces como que permanece cerrado, como que no hay movimiento, luego otra vez el quehacer… de trecho en trecho la peluquería ha continuado, la tradición está en el límite de Gerardo Hinojosa.

Cuando paso y veo una puerta entreabierta, intento entrar… el lugar es el mismo, la cultura es otra generación… me detengo un poco y refreno el deseo de entrar sin ser visto, de estar de repente en la misma silla de palmito, hojeando las viejas revistas y periódicos, escuchando las pláticas de los viejos clientes que no entendí, continuar viendo el almanaque y las fotos y preguntando sólo en silencio… “¿Don Antonio cuándo se marchó?…” “Y, aquel señor de la bicicleta ¿dónde está? ¿y el viejo cochero que aquí llegaba ya no viene?… ¿aquélla foto de Lombardo Toledano donde se quedó?…” Luego me imagino que me toca el turno y le pregunto al viejo peluquero:

–¿Qué tal, como le ha ido?–
–Pues aquí, trabajando en lo mismo…
–¿Y usted que ha hecho?–
–Pues, buscando el pasado…
–¿Y ya lo encontró?…–
–Pues a veces, pero me queda escondido en lugares como éste…–

Decido continuar y no entro. Me sigo de frente y prometo regresar otro día… otro día, para preguntar en silencio… por hoy sólo saludo con el recuerdo a ese lugar tradicional en la vida del viejo pueblo… semiabierta o cerrada del señor Hinojosa es la misma de siempre y está en la memoria de los sabinenses después de sesenta años de prestar sus servicios.

27 de febrero de 1987.


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