Ramiro Rodríguez MartínezEl día de su muerte, Armando Santana presintió la inminencia del polvo en las ráfagas tristes del viento del norte. El aire dentro de la habitación que compartía con Alicia Rodríguez era muy espeso, de consistencia áspera al sentirlo con el tacto de los dedos como cuando se pasa la mano por la piel aterciopelada de una mujer hermosa. Lo invadió la imperiosa necesidad de intercambiar palabras con aquéllos de su sangre, conversar con los hijos que había criado bajo el modelo intachable de buen padre, escuchar los murmullos pueriles de sus nietos corriendo bajo las frondas de los árboles en el patio cuando le obsequiaban el regalo de su visita. Esa mañana de enero, Armando Santana comprendió que había llegado al final del sendero con la premonición ingrata de la aspereza del aire. Sin embargo, su estado de ánimo no decayó ni hizo el menor comentario sobre sus pensamientos a su esposa, aquella buena mujer que lo había atendido por casi cincuenta años de feliz matrimonio.

Después de la ducha matutina, Armando Santana se dispuso a disfrutar el exquisito desayuno norteño que preparó su esposa. Luego salió al patio posterior de su casa para fumar un cigarrillo. El hombre estaba orgulloso del inmueble que había construido a base de trabajo constante. La casa tenía grandes ventanales y los suficientes dormitorios para sus siete hijos; había alzado esas paredes y muros con el único objetivo de ver el crecimiento de sus descendientes en toda su plenitud. Escuchó el sonido tranquilo del viento deslizándose entre el follaje amarillento de los árboles de aguacate. Aunque era la temporada de invierno, el clima no estaba muy frío. El ruido de la acequia que pasaba al lado de su casa, ahora seca durante los últimos veinte años, era parte inseparable de su pensamiento como remembranza poderosa de lejanas temporadas de lluvias. Tantos años la escuchó desde la amplitud del patio posterior, que hoy, sin el fresco sonido del agua rumbo al río, tenía la voluntad y el poder de regresar los tiempos idos hasta su momento presente.

Al terminar su cigarro, Armando Santana subió a su camioneta estacionada en la cochera de su casa. Tal vez sería la última ocasión que experimentaría el placer de manejarla por las angostas calles de Sabinas Hidalgo, llenas de colorido y de gente en el cotidiano movimiento del nuevo día. Condujo por las diversas arterias del pueblo sin rumbo premeditado. El hombre deseaba observar las casas antiguas con detenimiento, las frondas maternales de los árboles centenarios, los huertos alegres de aguacates y nogales en el verano, tomar fotografías instantáneas para almacenarlas en las profundidades de la memoria. Quería saludar desde lejos a los conocidos y amigos de toda una vida. Al pasar por la casa de Enrique Santana, su hermano menor, y verlo trabajando en el huerto, le extendió la mano en aparente señal de saludo. Enrique Santana supo al día siguiente que aquel gesto no había sido un saludo cotidiano, sino una fugaz despedida. A Armando Santana siempre le habían disgustado las despedidas. Jamás permitió que le reconocieran el dolor delatado en la humedad que se asoma por los ojos, cuando una persona se adelanta para decir adiós.

Unos minutos más tarde, Armando Santana llegó al taller de reparaciones automotrices de su propiedad. Había iniciado sus funciones años atrás con la ayuda de sus hijos varones. Ya no trabajaba ahí porque la edad y sus males crónicos no se lo permitían. Pero su hijo mayor lo administraba con la destreza que le había aprendido a su padre.

—Buenos días, Chencho —le dijo al viejo trabajador del taller con el afecto de siempre— ¿Dónde está el dueño del local?

El viejo sonrió al escuchar su saludo. Siempre era agradable ver a aquel hombre que lo había contratado muchísimos años atrás. El trabajo en el moderno taller le permitía sostener a su familia de una manera digna. Y ahora que llevaba una corona de laureles blancos producto de los años, seguía en aquel trabajo a pesar de que sus movimientos habían entorpecido con la naturalidad que propone el tiempo. Le contestó que su hijo había salido del taller para resolver la compra de algunas refacciones necesarias para varios tractores que requerían servicio de mantenimiento. Inocencio Garza miró a Armando Santana con la curiosidad propia de las personas que se conocen desde hace años. Su semblante era distinto al que presentaba la mayor parte del tiempo. Lo notó más bien triste, callado, inmerso en la discreta profundidad de otros espacios y ambientes, muy distinto al hombre sonriente y parlanchín que había sido siempre. El viejo mecánico lo siguió con la vista hasta la entrada de la oficina. Desde ahí lo vio recorrer la oficina como si fuera la primera vez que pusiera los pies en ella; observaba las paredes cubiertas de reconocimientos por los cursos sobre actualización mecánica a los que había asistido durante varios años, al lado de los otorgados a su hijo mayor por los mismos motivos, pero con fechas más recientes; viejas fotografías de su hijo menor, muerto a la edad de veintiún años; otras fotografías de miembros de la familia y algunos otros pequeños detalles con significado especial para el hombre que, durante toda una vida de trabajo, había realizado un enorme esfuerzo para forjar el patrimonio de la familia.

El entrecejo de Inocencio Garza se contrajo más aún cuando vio a Armando Santana salir de la oficina, sin siquiera despedirse. No era común que ese hombre se retirara del taller sin decir “hasta luego”. Inclusive, al viejo mecánico le pareció que intentaba ocultar su rostro al mirar hacia otro lado, lejos de la presencia de algún par de ojos dispuestos a ver lo que no debía verse. Inocencio Garza sabía que a Armando Santana le disgustaban las despedidas. Varias veces le dijo que prefería mil veces decir “hasta luego” que cerrar la puerta para siempre con un “adiós”. Lo vio subir a la camioneta con cierto desgano, como si tuviera que irse pero sin desearlo. En un momento determinado, a Inocencio Garza le pareció que se subía al vehículo con dificultad. Pero Armando Santana se fue.

Esa tarde de enero, cuando el sol estaba a punto de naufragar en los sólidos brazos del horizonte, Armando Santana llegaba a su antiguo rancho. Iba solo porque le gustaba disfrutar momentos de soledad. El rancho era un terreno de varias hectáreas, lleno de la vegetación propia de las tierras a las faldas de la Sierra Madre. Ahí había vacas, caballos, cabras y borregos, gallinas y otros animales de granja. Se vio a sí mismo en el sol casi puesto en el horizonte. En ese momento del día, don Miguel Morales, el hombre que se encargaba de coordinar la alimentación de los animales, ya estaría en el pueblo después de las labores cotidianas. Luego de caminar algunos minutos por las diversas veredas del rancho, de supervisar que sus animales hubieran tenido acceso al agua y al alimento del día, Armando Santana se sintió más ligero que de costumbre. Al caminar, notaba que sus pies apenas tocaban la superficie de la tierra. Sin embargo, el peso del aire en sus espaldas se sintió más grave que esa mañana de enero. Pudo ver que sus manos se convertían con extraña lentitud en polvo como el polvo seco del rancho volando sin rumbo fijo; sus brazos, sus piernas, su cuerpo se aligeraba de aquella pesadez que caracteriza a la forma humana. El aire fresco ya no pudo entrar con libertad hasta sus pulmones. Las vías que lo conducen decidieron cerrarse poco a poco en un proceso irreversible. El polvo de su cuerpo había buscado el regreso al polvo, regresaba por el mismo camino que había llegado al mundo muchos años atrás. Y ahí quedó, disperso sobre la tierra seca de su rancho, solo, como él mismo lo había elegido, solo, con sus nobles animales en los establos y las montañas de la Sierra Madre al poniente, él solo con la soledad que buscaba para entablar conversaciones interminables consigo mismo, la soledad que necesitan los hombres buenos para evaluar su trayectoria por la vida.

Ramiro Rodríguez



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