Ramiro Rodríguez MartínezDICIEMBRE ES UN MES inapropiado para morir. No es un mes que simboliza la muerte, sino el origen de la vida, según la creencia religiosa de la familia. La noticia hizo su aparición durante el mes de diciembre, mil novecientos setenta y cuatro. Tío Humberto murió en un accidente automovilístico. Mis ocho años de edad eran insuficientes para asimilar los hechos, digerir la noticia de la muerte, comprenderla. Lo que pude comprender fue que el hombre que tenía suficiente parecido físico con mi madre, el hombre que llegaba hasta las puertas de mi casa cada mañana para bromear con su voz sonora y crear una atmósfera agradable con su optimismo, ya no venía como antes en búsqueda de grata convivencia. Los suaves golpes en la puerta de la casa llegaron a transformarse en eco, sonido que aún perdura en este tiempo.

Existe cierta niebla en el recuerdo cuando pienso en la ocasión en que murió tío Humberto, una oscuridad que me impide encontrar una explicación lógica al acontecimiento por demás lamentable. Intento, una y otra vez, penetrar en los rincones más distantes de la memoria y sólo llegan imágenes débiles de esos años que se fueron para no regresar jamás. Mamá fue una mujer que siempre me enseñó a apreciar y valorar a mi familia. —Recuerda que la familia es lo más importante porque siempre está ahí, cuando necesites de su comprensión y de cariño —me decía—. Claro que también es bueno rodearse de amigos, cultivar la amistad, sobre todo cuando es buena; pero cuando esos amigos se encuentran entre los miembros de la familia, la amistad es auténtica y es para siempre, desconoce fin. Eso es lo que importa, hijo, no lo olvides—. Yo sabía que mi obligación era mantener la armonía contra viento y marea, defender a capa y espada ese lazo invisible, pero presentido, de sangre que proviene de la misma fuente. Y para mí era y sigue siendo una bendición el saber que cuento con la amistad y el cariño de mi familia, aunque la distancia ponga como obstáculo sorteable un gran número de kilómetros. De algo sí estoy seguro porque lo recuerdo como si fuera ayer: tío Humberto nos mostraba un afecto cálido porque carecía de hijos propios y veía en nosotros lo que para él era silencio y carencia. Solía llevarnos a mi hermano Chani, a mi sobrina Blanca y a mí, a las rancherías y los montes aledaños ubicados al este de la ciudad, rumbo a la otrora playa Lauro Villar, donde pasábamos la mayor parte del día corriendo bajo las frondas de los árboles o comiendo sandía u otras frutas que tío Humberto compraba antes de salir de la ciudad. También eran frecuentes los paseos a la playa. La playa Lauro Villar no era el paraíso natural que son Acapulco o Cancún, no era la mayor atracción turística del país ni contaba con el exotismo de grandes hotelerías y comercios a las orillas del agua del Golfo de México. Pero era grandiosa ante nuestros ojos pueriles. Tío Humberto organizaba los fines de semana con entusiasmo contagioso y nos invitaba a todos para permanecer en la playa durante varios días, con la intención de practicar la pesca, con el noble afán de disfrutar la presencia de su propia familia. Nos hospedábamos en una pequeña habitación de madera, rústica en su arquitectura, que él alquilaba cerca del suave golpe de la marea. La increíble claridad del alba llegaba a despertarnos después de un sueño con sinfonía indescriptible de olas, música llena de magia que arrulla los sueños logrando despertar la sensación de flotar sobre las aguas del mar, subir y bajar en el suave tumbo de las lenguas de sal y espuma. La frescura de la brisa veraniega era un exquisito detalle del mar y la temporada, un obsequio magnífico que al paso de los años permanece indeleble en cada espacio subrepticio de la memoria. Entre toda esa emoción y algarabía, lo más importante era saber que, además de mi padre, contaba con la protección de tío Humberto. Para mi niñez era siempre la mejor de las noticias.

Días antes de su muerte, la premonición pasó inadvertida entre nosotros. Tío Humberto desayunaba con nosotros en casa. Para hacer espacio en la mesa de la cocina, se dispuso a cambiar de posición un organizador de platos, vasos y tazas recién lavados, cuando éstos resbalaron de sus manos para estrellarse con estrépito en el suelo sin escaparse una sola pieza de la ruptura. Se disculpó con mi madre por su torpeza en el incidente prometiéndole reponer las piezas con otras nuevas. Mi madre entristeció, pero no por la pérdida de sus utensilios de cocina, sino por una opresión que le lastimaba el pecho.

Varios días después ocurrió su desaparición, un veinticuatro de diciembre. Murió durante la madrugada, a unas cuantas horas del nacimiento de Jesucristo, casi dos milenios atrás. ¿Dónde estás, hermano de mi alma? No debiste olvidarte y dejarnos aquí, solos, sin ti. Tu madre te extraña y yo te extraño y te extrañan tus sobrinos que te quieren tanto. Todo el tiempo me preguntan por ti. Ya no vienes a la casa donde sólo el eco de tu voz se escucha. Tío Humberto pasó a formar parte de las estadísticas de muerte por accidente automovilístico en las carreteras del país.

Existen varias versiones sobre el origen de ese viaje repentino, huida inexplicable, que lo llevó a contraer nupcias definitivas con la muerte. Versiones familiares, porque la noticia que el periódico difundió fue que manejaba en estado de ebriedad rumbo a la ciudad de Linares. El accidente ocurrió a la altura de China, yendo de Matamoros a esa ciudad de Nuevo León. Es posible que el sueño lo haya vencido y el automóvil en el que viajaba saliera de la carretera para caer en un barranco tan profundo que con dificultad se podía descender, dada su inclinación. Los comentarios que escuché en casa culpaban sin piedad alguna a tía Lucrecia, ya que a raíz de una fuerte discusión entre ambos, tío Humberto decidió marcharse a Sabinas Hidalgo la noche anterior a la Nochebuena, yendo primero hacia Linares. La culpa es de ella, sólo de esa mujer que lo enajena y lo postra en las garras de la angustia, ella que menos que ayudarlo con los problemas de su vida, los multiplica con una facilidad asombrosa, ella que se le ha metido en sus venas contagiándolo de aromas enfermizos y sabores contaminados con malsanas experiencias. Él no merece sufrir lo que sufre. La inmadurez de mi entendimiento no me permitía comprender por qué había muerto aquel hombre que fuera como un segundo padre para mis hermanos y para mí, me preguntaba por qué tenía la gente que morir, sobre todo los miembros de la familia. Exigía una explicación al llanto que derramaba tras observar el llanto de los demás. —Tu tío Humberto ya no está con nosotros, hijo —era un comentario pronunciado como en otra lengua entre las lágrimas de mi madre—, ya ha sido llamado para que nos cuide desde el cielo. “Pero, ¿por qué cuidamos desde el cielo si lo hacía muy bien en la tierra?”, pensaba con toda la inocencia de la niñez. La verdad es que la confusión no era satisfecha con la explicación que se me daba sobre su muerte; me interrogaba el origen de muchos elementos que ahora, en mi edad adulta, comprendo con precisión. Era absurdo aceptar la tristeza de mi madre provocada por la muerte de su hermano. No tenía razón la caída de sus lágrimas si ella misma me había confesado que él ya no padecería sufrimiento pues su descanso sería eterno entre las nubes del cielo, al lado de Dios.

Mamá fue el primer miembro de la familia en enterarse sobre la muerte de tío Humberto. ¿Por qué yo, Señor? ¿Por que? No debiste darme la misión más terrible, la misión de portar la noticia que habría de lastimar la paz de mi familia. Nadie dentro de la familia conocía lo ocurrido la madrugada del veinticuatro de diciembre. A todos nos provocaba desconcierto absoluto la ausencia repentina de tío Humberto en el tradicional festejo familiar de Nochebuena. Y eso parecía más extraño aún, ya que él había confirmado su asistencia y la de tía Lucrecia. Tras varios días de la desaparición, mi madre escuchó por mera casualidad la trágica noticia. Ella había ido a Brownsville, ciudad vecina en los Estados Unidos, con el objeto de comprar algunas cosas necesarias en la casa. Mientras seleccionaba algunos enseres en un centro comercial, escuchó sin poder evitarlo la conversación de dos mujeres desconocidas que hablaban sobre el terrible accidente automovilístico ocurrido cerca de Monterrey, en donde había perecido un tal Humberto Martínez, de Matamoros. Dios mío, debe ser un error, no puede ser posible lo que esas mujeres dicen. La verdad es que mis oídos ya deben estar atrofiados por el transcurso de los años. Eso es lo que debe ocurrir. Mamá estaba enterada de la ausencia de mi tío, ya que tía Lucrecia le confirmó que habían discutido y él le había dicho que se marcharía para siempre, que jamás lo volvería a ver. Mi madre me confiaría alguna vez que había sentido un inusitado vuelco en su corazón cuando escuchó el nombre de su hermano en boca de esas señoras a las que no conocía. Se acercó a ellas, ya invadida por un nefasto presentimiento. —¿Cómo dijo usted que se llamaba el hombre del accidente cerca de Monterrey?—preguntó con trémula voz que causó enorme desconcierto en aquellas mujeres. Padre Nuestro que estás en los cielos, no permitas que sean las cosas como las imagino a causa de un absurdo presentimiento, santificado sea tu nombre, porque no es tiempo aún de que ocurran las cosas, venga a nosotros tu reino, pero no aún, Señor, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, no aún, por piedad, no aún… Mi madre ya había iniciado una serie de nerviosas letanías en el subconsciente y guardaba la esperanza de no haber escuchado bien el nombre en boca de las mujeres. La crueldad cobró vida en sus oídos al enterarse sobre la muerte de su hermano, sólo un año menor que ella. ¿Qué hago, Señor? ¿Qué le voy a decir a mi madre y a mis hermanos? ¿Qué, a mis hijos? Siento que me ahogo en mi propio asombro. No puede ser, no puede ser… Debe haber alguna confusión. Debía haber algún error, una equivocación nefasta en la conversación de esas mujeres. —Disculpe mi insistencia, por favor, es que no puedo creer lo que ustedes mencionan, ¿están seguras de que el conductor fallecido se llamaba así? ¿No existe la posibilidad de que ustedes hayan escuchado la noticia de manera distorsionada?

Ya no pudo contenerse más. Regresó a Matamoros con los nervios obstruyéndole su respiración y con abundantes lágrimas que se empeñaba en ocultar ante la gente que la veía caminar con la prisa de los malos momentos, con la rapidez de la angustia y la palidez del espanto. No puede ser, Dios mío, no debe ser… Hay muchos hombres en Matamoros que deben tener por nombre Humberto Martínez y es seguro que… la persona fallecida en el accidente no es mi hermano Humberto… Por favor, Dios mío, que no sea él… que no sea él. Dame fuerza para no desmayarme aquí mismo ante toda esta gente que se me queda viendo con la compasión reflejada en sus rostros… y yo sin poder controlar estas lágrimas que no tienen razón de ser… Porque tengo que creer que no se trata de él, es necesario creer que no se trata de él. Decidió acudir con rapidez a casa de tía Coco para contarle lo ocurrido en la tienda de Brownsville. Alguien debía ayudarle con la cruz bíblica que cargaba en sus espaldas. Al llegar a casa de su hermana, le comentó lo ocurrido minutos antes y después de intercambiar opiniones y compartir sus nervios con una mujer todavía más nerviosa que ella, decidieron comunicarse con la prima Juanita en Monterrey para que ayudara en la investigación y conocer la verdad

Allá estaba tío Humberto. Lo encontraron en la morgue de esa ciudad. En la morgue… qué triste y qué frío, qué oscuro debe ser ese lugar donde descansa tu cuerpo hecho astillas, hermano… en la morgue y tan lejos de mí… Allí sobre una camilla blanca y ajena, como iniciando un sueño del que jamás despertarás. Ya no verás más la luz del sol, ya no serás testigo de las horas y los minutos… y tú tan lejos de nosotros, los que te amamos. Él estaba entre los cuerpos aún no identificados por la familia. A mi tío Humberto lo sepultaron en Sabinas Hidalgo, su tierra de origen, su destino en ese viaje del que ya no regresó jamás, seis días después de su trágica muerte.

Ramiro Rodríguez


Buscar en el sitio

Alazapa Tutoriales