Carolina Montemayor Martínez"El mundo es una comedia para los que piensan y una tragedia para los que sienten"

Hace apenas unos días me conmovió, hasta el llanto, la visión desgarradora de la fotografía de un bebé africano, ¿siete? o ¿nueve? meses de breve y misérrima existencia, a quien el hambre hace reptar, en busca de alimento, entre una montaña de basura. A unos cuantos metros, un buitre lo observa y espera pacientemente, la muerte del, ya casi muerto infante, para, a su vez, devorarlo.

Es una imagen de terror, de pesadilla, de lo inimaginable, de lo increíble...

Acompañan a esta instantánea de la tragedia, algunas otras que, igualmente muestran la hambruna y la miseria en países marginados de cuya situación precaria, nuestro México, este México lindo y querido, no está muy lejos.

Continúo la visita de esta galería de la tristeza y del horror, y son niños, siempre niños, las víctimas inermes, mártires de la pobreza extrema, de la ignorancia, de la indiferencia de la llamada "humanidad".

Hijos agónicos, inmóviles, montón de huesos apenas cubiertos por pieles sarmentosas a fuerza de la deshidratación y de la anemia voraz, restos casi mortales con un leve soplo de aliento en el último brillo de sus ojos hundidos, en brazos de sus angustiadas y resignadas madres.

Algunos más, obligados por la sed, a falta de agua, beben el milagro de la escasa orina, de las reses entre los vientos grávidos de arena de las tierras desérticas, aunque esa urgencia del líquido vital, sea sentencia de peor mal...

El fotógrafo, autor de la primera imagen aquí descrita, quizá herido de muerte ante la realidad que de tan cerca le tocó vivir, optó por el suicidio, su sensibilidad tocó voces de límites.

Ya no quiso ser cómplice, renunció a la habitual perversidad y decidió partir...

Horas después de enfrentarme a esta triste vileza, un reportaje televisivo absurdo, relata la insólita celebración en una ciudad de Italia: Hombres vestidos a la usanza medieval, verdaderos arlequines o bufones, provistos, en camiones, de quinientas toneladas de naranjas, las utilizan como proyectiles contra la multitud numerosa y ávida de ¿diversión? Recorren las calles, dejando una colorida y líquida alfombra de cortezas de la fruta y del zumo que inunda el entorno, el público responde al ataque con las mismas armas.

El narrador explica que es una costumbre ancestral, desde el Siglo II, celebrada cada año, en la misma forma.

Independientemente de su origen y objetivo, del significado que tal evento implique, me parece un proceder de lo más disparatado e irracional.

Dilapidar en esa forma lo que para otros puede significar la diferencia entre la vida y la muerte, es estúpido, ¿No cree usted?

Extraño, caprichoso, ofensivo e injusto, este mundo nuestro. Brutal condición "humana".


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