Carolina Montemayor Martínez

Si tú quieres un amigo, domestícame…

Textos

Carolina Montemayor Martínez"Yo no tengo necesidad de ti y tú tampoco tienes necesidad de mí. Pero si tú me domesticas, tendremos ambos necesidad uno del otro. Tú serás para mí, único en el mundo, Yo seré para ti única en el mundo. Si tú me domesticas mi vida estará llena de sol. Yo conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. El ruido de tus pasos será como una música"

Antoine du Saint Exúpery.
El Principito.

Desde la perspectiva de Exúpery, para quien el término "domesticar" significa "crear vínculos" incluso aplicado a las relaciones humanas, entendemos su concepción como la corriente afectiva que, paulatinamente, a través del tiempo, genera atracción, confianza, encanto, apego, entre las personas que, con cierta regularidad, conviven y se identifican creándose una interdependencia mutua o de grupo.

"Sólo conocemos lo que domesticamos" "Si tú quieres un amigo, domestícame" ruega el personaje del Zorro al Principito en réplica a su advertencia de que no dispone de tiempo porque tiene amigos por descubrir y cosas por conocer.

Afortunados los seres tocados por el halo de la "domesticación" cuyo efecto se traduce, en primera instancia, en suavidad, admiración, fidelidad, más tarde, la amistad o simpatía, devienen cariño o devoción hasta, no necesariamente, pero con mucha frecuencia, alcanzar la categoría del erotismo y la pasión. Estado anímico acumulativo en un todo que termina en seducción y al cual llamamos amor.

Es el estado emocional que, incluso ya pasado el medio día, y, ya en esta etapa, con más conciencia de su milagro y magia, nos hace sentirnos vivos, experimentar sentimientos desconocidos o revivir algunos otros que creímos olvidados o, definitivamente, extinguidos. Es, para quienes no nacimos ayer, como recobrar aquel aliento, aquel impulso de inicio, de continuidad, de reinvención, de recreación, de renacimiento, de reencarnación.

Es la cauda afectiva que aún ante la imposibilidad de asir las fantasías que, recién nos animan, nos permite porfiar y obstinarnos en soñar. Bien que la razón y la cordura nos digan: No. El ensueño persiste y accedemos a abrevar del manantial quizá sólo temporal o efímero, aunque deseándolo infinito…

¿Albur? ¿Juego de azar? ¿Ajedrez? y, ¿qué avatar no lo es? Mientras el espejismo alimente mi sed, multiplico las florecidas dunas y, si frente a mis ojos, el palmar del oasis emerge profuso y pródigo, yo atravieso el Sahel tras el signo de un paso que es música y, es también, el acaso…