Carolina Montemayor MartínezSalimos el domingo, 23 del presente, poco después de las 6 de la mañana, con un nombre mágico, previsto para el fin del trayecto; un nombre nunca antes oído; escondido entre montañas y tierras salitrosas; asociado, a historias del período colonial y a nuestros ancestros chichimecas, cazadores, nómadas, defensores de su territorio; uno de tantos nombres, de los "Reales de Minas", toponímico, de origen náhuatl, con cuyos elementos genéticos "mazatl" -venado- y pili o pilli -pequeño- los huachichiles designan al lugar , hoy llamado Mazapil y al que los españoles, a su llegada, nombraron, "Real de Minas de San Gregorio de Mazapil"

Los primeros rayos solares, nos sorprendieron llegando a Concepción del Oro, otro de los múltiples ingenios, mineros que, durante la Colonia, despertaron la codicia del conquistador y que aún atraen, retienen, y nutren la avidez de propios, y extraños. ¡Minerales preciosos! Cuánto despojo y cuánto crimen perpetrados en su nombre. Cuánto pecado, y cuánto yerro por la extracción, del corazón de oro de esa noble madre tierra. Cuántos siglos de lágrimas y asfixia, en el altar de la avaricia...

Desde "Concha del Oro" se respira un aire, añoso y remoto, sus edificaciones, vetustas cuentan capítulos históricos, saturados de un ayer, que se pierde en los tiempos, sus templos nos hablan de pasados gloriosos y, ofrecen, tentadores, la posibilidad de revivir sus lauros. Las montañas, sabedoras de los tesoros, contenidos en sus pródigos vientres, indiferentes nos ven pasar, seguras de que tarde o temprano, alguien penetrará, en su entraña, y socavará sus venas, extraerá su ciega sangre sólida y la expondrá al fuego, del crisol.

Subir a Mazapil es recordar el pánico creciente de la primera vez en la montaña rusa, es ver la nubes pasando por tus manos y acariciar tu rostro; es contemplar los pinares, desde arriba; es llegar al pueblo de antiguas calles empedradas; imaginar antepasadas glorias; poner rostro, a los desaparecidos habitantes, de las abandonadas casas; escuchar las voces y las risas de las muchachas, en las desiertas plazas; es preguntarte, si acaso tú, en otro tiempo, aquí mismo, fuiste minero o sacerdote, pastor o arriero; si cantabas acaso, serenatas o saetas, a la virgen del pueblo; si estabas enamorado, de la moza o la esposa del amo; si llorabas la muerte, del hermano o del padre que sucumbió en la mina o en el hierro candente del cruel encomendero.

Recorrer Mazapil, es liberar pensamientos, es inventar leyendas, es escribir novelas, recrear el pasado, es corregir errores, volver a curar heridas y abrir los calabozos, que entre la luz del día y que inunde los ojos del indio prisionero.

La parroquia de San Gregorio, de arquitectura colonial, remite a las construcciones de las edificaciones europeas, su interior espacioso nos acoge, como visitantes únicos, e inesperados, sus altos muros totalmente cubiertos ,de frescos que conserva el milagro, nos ofrecen el prodigio del respeto al pasado y, en su altar mayor llora, un enorme Cristo maniatado, se pueden contar sus huesos y escuchar su desolados llantos...

Ver los vestigios, de desechos de antiguos minerales, visitar el ojo de agua situado en un fuerte en ruinas, custodio del gran silo, a su vez, custodio del preciado grano; ver llegar los rebaños de cabras abrevar, en los bebederos que la Colonia construyó, y abandonó.

Lamentar que el museo, y el importante archivo estén cerrados, son las últimas vivencias de ese pueblo mágico, llamado Mazapil y de los incontables tiros de minas, más pueblos fantasmales, insinuación de muros, de residencias, teatros, viviendas; espectros, en harapos, visiones en jirones, quimeras en andrajos. Todo allí, para ser rescatado, redimido, liberado aunque sea sólo en el sueño despierto, de la imaginación.


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