Ing. Francisco Sáenz SandovalMérida: Ciudad Blanca.

“Panorama de palmeras y veletas, bajo el cielo de un azul inmaculado y perfiles recortados de Uxmal y Chichén-Itzá”

Pepe Guízar.

La hermosa y blanca Mérida, que cantara el pintor musical de México, Pepe Guízar, la ciudad del clima bondadoso y su majestuoso “Paseo Montejo”, uno de los más hermosos de México, bordeado de fastuosas residencias del más puro estilo arquitectónico francés de fines del siglo XIX, y que habla del auge económico de las que sólo vivió un respiro en la administración de Felipe Carrillo Puerto, el llamado “Cristo rojo” de los mayas.

En el mes de agosto de 1987, el que escribe, se encontraba, junto con un grupo de personas de nuestro querido Sabinas Hidalgo, en la Península de Yucatán, con el fin de asistir a un Torneo de Beisbol escolar en las divisiones infantil y juvenil que por allá se celebraba y en el cual los equipos de Nuevo León tenían varios jugadores de nuestro municipio y por lo tanto, de nuestra Liga Pequeña de Beisbol.

Una tarde, después de la jornada besibolística, salimos a cenar y a pasear el buen amigo y compañero de andanzas Hugo Guajardo de León y un servidor; al llegar a la Plaza de Armas, bella y muy arbolada, que con el clima del Trópico lucían exuberantes laureles, tamarindos y otros, la cruzamos entre los grupos que cantantes o cancioneros, que mantienen en vigencia la siempre romántica “trova yucateca”: Guty Cárdenas, Ricardo Palmerín –nativo de Tekax, como mi buen amigo Profr. Álvaro Vázquez Cantillo-, Pepe Domínguez, Wello Rivas, Licho Buenfil, Chuy Pacheco y en los últimos tiempos: Armando Manzanero, Luis Demetrio y otros.

Al llegar al otro extremo, nos gustó, entre varios restaurantes, que sobre la banqueta sirven exquisitos platillos, como galardones de la mundialmente famosa gastronomía de la Península de Yucatán, el llamado “Princesa Nicte-Ha” y ocupamos una de las mesas del frente, Hugo quedando de espaldas al interior del local y luciendo una playera de su equipo de softbol en la que se veían con letras de color contrastante la palabra “Hugo”. Se acerca una persona que sale de la cocina, después supimos que era el dueño, observa la playera de Hugo y luego se dirige a mi y me pregunta, ¿Paco? Y respondo no, casi nadie me llama así, y agrego, bueno si, soy Francisco, entonces señalando con su dedo índice derecho dice “Hugo”, “Paco” y llevándose el dedo hacia su pecho “Luis”, y con su característico acento yucateco añade: “Los sobrinos del pato Donald”.

Enseguida nos da la bienvenida y nos presenta la carta, ahí nos enfrentamos al problema de seleccionar los platillos de nuestra cena: ¡tantos y tan deliciosos! papadzules, panuchos, cochinita pibil en varias formas, huevos motuleños, champola, en venado en tantas formas, etc., etc.

Después de ordenar se retira nuestro anfitrión, tarareando una tonada de moda del maestro Manzanero, “Esta tarde vi llover”……

Y me quedo pensando un rato, bueno, no seremos los sobrinos del pato Donald, pero si somos tocayos muy especiales: dos norteños y un yucateco.

Mérida Yucatán
Agosto de 1987.


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