Profr. y Lic. Héctor Jaime Treviño Villarreal

En los años cincuenta del siglo XX, allá en muchas ciudades y en pueblos de nuestro país ir al cine era casi una obligación, sobre todo en fin de semana. La chiquillería del barrio pasaba por la dura prueba del baño, peinarse los rebeldes cabellos, para luego luchar con el papá o la mamá con el propósito de obtener más dinero que el tostón* o el peso de la entrada, para comprar palomitas, raspados o dulces.

Los adultos comentaban las incidencias de la película durante toda la semana y las ocurrencias durante la función, los gritos al cácaro, la señora que llevaba al niño de brazos y este lloraba en lo más interesante de la función donde no faltaba el clásico gritón: ¡señora tuérzale el cuello!, o ¡niño saca a tu mamá a pasear! Y otro más: ¡Ese niño quiere chicheee!

La añoranza de aquel cine de charros, de rancheros de ambiente campirano, o los dramas donde Arturo de Córdoba y Marga López hacían derramar lágrimas a los asistentes, la comicidad de cantinflas y Tin-Tán o las películas extranjeras sobre las Segunda Guerra Mundial o la de gangsters que en México produjo y actuó Juan Orol, hoy monumentos del surrealismo mexicano.

Al aparecer la videograbadora el cine se vio amenazado, muchas salas cerraron, pero las que sobrevivieron se acoplaron a los nuevos tiempos; las salas monumentales de gran capacidad de espectadores hoy están en el abandono, y su grandeza quedó en el olvido.

El cine mexicano pasó por la etapa de las películas de ficheras, luego llegó el cabrito western, hoy parece ser que encontró un nuevo rumbo con cine de mayor calidad, consecuencia lógica del contacto con la aldea global.

Hermosas añoranzas de aquel cine, ahora el reto es otro, ¿Podrá competir nuestro cine con los tiburones de Hollywood?

Estas y muchas otras reflexiones surgieron al saber del fallecimiento de don Horacio R. Cavazos, figura cumbre del Cine Olimpia, de gratos recuerdos para muchos sabinenses.

Héctor Jaime Treviño Villarreal



Buscar en el sitio

Alazapa Tutoriales