Estos diputados nuestros, tanto los federales como los locales, cuando no arman un alboroto en el recinto legislativo con sus gritos de apoyo a tal o cual propuesta, dan muestra de satisfacción por haber aplastado a los opositores en alguna votación e incluso llegar hasta las manos para tratar de dirimir diferencias, eso sin obviar recordatorios maternales o aplicar con sonoridad propia de un carretonero, con perdón de éstos, otros adjetivos calificativos, dignos de estar ya, en un diccionario de términos diputadiles.

Escudados en su fuero, convierten a la Cámara en un escenario teatral, con guión que hasta parece haber sido asignado con premeditación; alguno es el protagonista principal, otro es el malo de la obra, hay actores secundarios y de relleno; a medida que avanzan las sesiones los papeles cambian de mano, pero el resultado es el mismo, bueno, a veces también legislan.

Usted, estimado lector, dirá que eso nada más pasa en México y en estos tiempos, pues no, con ligeras variantes lo encontramos en muchos otros países y aquí, en nuestro país, dichos actos los hemos tenido casi siempre, aunque a fuer de ser justos, hay diputados trabajadores, ecuánimes, justos y comprometidos con las mejores causas del pueblo.

En el año de 1925, el Gobernador de Nuevo León Gral. Porfirio G. González rodeado de una camarilla incondicional, saqueaba los recursos del erario y eran comunes las fugas de gruesas partidas de dinero, sobre todo del ramo de agua y drenaje y de la tesorería del ayuntamiento de Monterrey.

Para sostener esa maquinaria de extracción, era necesario tener el control político, por lo que sus adláteres dominaban el Congreso del Estado, sin embargo, encontraron férrea oposición en el diputado sabinense Antonio Solís, quien había apoyado a los maestros por mejores salarios, se había opuesto al alza de alquileres propuesto en la Ley del Inquilinato y a todo aumento de impuestos, además, no paraba en denunciar los fraudes electorales.

El diputado Solís se constituyó en un obstáculo fuerte para el equipo gobernante y fue eliminado en artero crimen, cometido por un pistolero a sueldo el 2 de marzo de ese año.

Las propuestas de Solís para modificar la Constitución, con respecto a la cuestión electoral, siguieron permeando las acciones de la XL Legislatura y ante la proximidad de los comicios para renovar la Cámara, se agudizaron las diferencias entre los diputados gonzalistas y los de oposición, a tal grado que recurrieron a los actos gangsteriles, como el secuestro de legisladores, para presionarlos a plegarse a sus ideas, o eliminar su voto.

En la sesión del 25 de mayo de 1925, el diputado Manuel Chapa González, subió a la tribuna después de lamentar la ausencia de los opositores, afirmó que había dado una declaraciones por escrito a la prensa y para que no fueran a decir que los atacaba cuando estuvieran ausentes, se permitía informar a sus compañeros que "el sábado anterior, cerca del mediodía tuvo conocimiento que el Lic. Mercedes Dávila, miembro de la mayoría del Congreso, había sido secuestrado por los diputados de la minoría Edmundo Martínez y Ruperto G. García", e igual cosa se hizo en la tarde con el Dr. Nicandro L. Tamez Garza.

Chapa aseguró que, "para impedir un conflicto político creado por los diputados minoritarios y velando él, siempre por la tranquilidad del Estado y el sostenimiento de las instituciones establecidas, resolvió emplear los mismos medios usados por los diputados de la oposición, poniendo en lugar seguro a tres de sus miembros, que sirvieron para garantizar la devolución de los diputados de la mayoría".

El asunto concluyó con la liberación de los diputados, tanto oficialistas como de la oposición; éstos ya no asistieron a las restantes sesiones y el período se dio por concluido un mes antes "por haberse agotado los asuntos en cartera".

Meses después, el Gobernador pagó la factura pendiente y fue desaforado en fea forma por la XLI Legislatura, después de haberse desconocido a la diputación oficialista "electa mediante el fraude electoral" y los opositores en un acto no menos gangsteril, a punta de pistola lo sacaron del palacio de cantera rosa.

En la actualidad esperemos no se vuelvan a presentar dichas acciones y los diferendos se resuelvan con profundidad en los argumentos y sin retórica agresiva en lo que corresponde a las alusiones personales. Al recordar aquellos tiempos, solo nos queda decir: ¡Que bonita es la Historia!, lástima que la mayoría de los cronistas e historiadores no investiguen en los archivos.


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