Profr. y Lic. Héctor Jaime Treviño VillarrealComo casi todos los días de julio, aquel onceavo de 1961, amaneció caluroso y del caserío sabinense salían los aromas de tortillas de harina cociéndose en los comales, de frijoles refritos, del apetitoso chorizo con huevo, aunado al ruido de molcajetes donde se hacía el sabroso guacamole con los reconocidos y tradicionales aguacates de Sabinas.

Las horas pasaban lentas en aquel ambiente bucólico, sin embargo, en el barrio de La Carretera todo era actividad, el ir y venir de los vendedores de pan, marquetas de leche quemada, paletas y otros productos eran ofrecidos a los viajeros de los autobuses Transportes del Norte, Frontera y Flecha Roja y a los automovilistas procedentes de Nuevo Laredo, Tamaulipas y de Monterrey, N. L., chiquillos y adolescentes con su cajón de bolear o caja de chicles “hacían la lucha” para auxiliar a la economía familiar, otros limpiaban los cristales de los automóviles foráneos.

En la Casa Villarreal, don Antonio convencía a unas visitantes a llevarse los vestidos confeccionados por las hábiles manos de las mujeres sabinenses y enseguida los Cobos arreglaban varias bicicletas en su taller; los billares de Rubén y la cantina el Siete Negro, por ser muy temprano no tenían clientes, pero el molino de don Severo lucía pletórico de mujeres y niños que llevaban en “tinas y trastes” el nixtamal recién lavado para convertirlo en masa, los otros negocios hacían lo propio para atender a la matinal clientela.

De pronto como un reguero de pólvora corrió la noticia de boca en boca, las matronas de mi barrio dejaron los quehaceres domésticos y salieron a la calle, los señores y jóvenes de dirigieron casi en tropel a La Carretera y rápido se formó un gran corro en las inmediaciones del hotel Álamo, no se oía otra cosa más que ¡Mataron al Chachín! ¡Mataron al Chachín!

La chiquillería prestaba atención a las pláticas de los adultos y algunos a toda carrera se iban a sus casas para llevar las últimas noticias. Tremenda conmoción en el barrio de La Carretera, la gente no salía de su estupor, habían segado la vida de un joven del barrio, inquieto y algo atrabancado, pero muy popular y de una familia muy conocida en Sabinas: Los Ibarra.

Fernando Ibarra Elizondo contaba con 22 años cuando fue muerto a tubazos por Reynaldo Rentería Vázquez en el rancho El Cochinito, propiedad de su suegro don José A. Mireles; la hija de éste, Amparo de 20 años de edad, lo mandó matar alegando malos tratos de su cónyuge. Aprovechando que Fernando dormía y al filo de las dos de la mañana, Amparito se dirigió a la morada del vaquero y despertó a Reynaldo pidiéndole “de favor que matara a Fernando pues ya no soportaba los malos tratos”.

El vaquero tomó un tubo de 65 centímetros de largo y de una pulgada y media de diámetro, “se dirigió a la alcoba donde dormían de los Ibarra Mireles y descargó varios golpes en el cráneo. Aseguró que la propia esposa de la víctima dirigió sus pasos, desde que salió de su casa hasta el sitio de los hechos. Ella llevaba una lámpara de petróleo y le seguía”.

En su declaración agregó el asesino que la víctima no tuvo ninguna reacción después de recibir el primer golpe, suponiendo que ese bastó para quitarle la vida, sin embargo, siguió dándole de tubazos, hasta que creyó que estuvo muerto. En la información proporcionada y escrita claridad y fineza por el Profr. Santos Noé Rodríguez al periódico El Porvenir del 12 de julio de 2012, nuestro actual Cronista de la Ciudad, asentó: “Impávida a su lado, Amparo presenciaba la escena con frialdad increíble”.

Prosiguió el Maestro: “Cuando el crimen estuvo consumado, Reynaldo dijo más o menos lo siguiente: Bueno, ya estuvo listo. Sin inmutarse la autoviuda le pidió que arrastrara el cadáver hasta la puerta, Luego le mostró una montura y lo condujo hasta donde estaba un caballo, en cuyo lomo llevó el matador a su víctima hasta un matorral, no distante unos 200 metros de la casa del homicida. Cuando se hubo marchado, Amparo procedió a lavar los pisos para borrar toda mancha de sangre”.

A las ocho de la mañana, un joven descubrió el cadáver en un promontorio y dio aviso a las autoridades, quienes de inmediato se trasladaron al lugar encabezados por don Espiridión Villarreal y el comandante de policía Anastacio Serna; llegaron a la casa de Reynaldo y sólo se encontraba su esposa la señora Florencia Valdez de Rentería, quien alegó que no sabía nada, solo pudo decir que en la madrugada, Amparito fue a pedirle un favor; al recorrer las habitaciones los elementos policiacos encontraron la montura ensangrentada y procedieron a detener a la inocente mujer, dejando una guardia en espera de Reynaldo.

Rentería al llegar, se entregó y confesó el crimen, condujo a los guardianes de la ley hasta donde había dejado el tubo y al lugar donde había quemado sus ropas ensangrentadas. Amparo Mireles fue detenida y trasladada a la cárcel de Villaldama, al igual que Rentería; en las investigaciones fueron detenidos otros jóvenes sabinenses, inocentes que sufrieron torturas, por parte de los investigadores asignados en la vecina población, con el avieso propósito de involucrarlos en el terrible crimen.

Este hecho sangriento, el asesinato de don Arturo García y la muerte en un accidente automovilístico de nuestro compañero y amigo Federico Morales Cisneros, fueron sucesos que conmocionaron profundamente a nuestro barrio en diferentes momentos.

Rentería y Amparito pagaron su crimen con varios años en la cárcel; de ella se rumoró que el ameritado maestro y político sabinense Profr. Miguel Guadiana Ibarra, intercedió por su libertad y al lograrla, ya no volvió al pueblo, quedándose a vivir en el antiguo Real de San Pedro Boca de Leones, en una vieja casona que está por la calle principal.

Varias familias destrozadas fue el saldo de este acontecimiento y se hizo famoso el cartón humorístico publicado en el periódico El Porvenir, donde se afirmaba que “las mujeres de Sabinas pegaban con tubo”.

Fuentes:

  1. Reporte periodístico del Profr. Santos Noé Rodríguez corresponsal del periódico El Porvenir, de Monterrey, del miércoles 12 de julio de 1961, página 2, titulado “Ordenó que a tubazos mataran a su esposo “, y con la cintilla: “Dramático crimen en Sabinas Hidalgo”, “Una joven se libró con el asesinato, de los malos tratos”.
  2. Testimonios orales de la Sra. Diamantina Villarreal Garza que en ese tiempo estaba por cumplir 29 años de edad y de Héctor Jaime Treviño Villarreal que tenía casi 13 años de edad.

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