Lic. Santiago Antonio Vara PerroneHace horas fuimos testigos de una verdadera hazaña de la humanidad. El rescate de 33 mineros chilenos atrapados en las entrañas de la mina San José. Toda la actuación del pueblo chileno es admirable y ejemplar; desde que se dio la noticia del derrumbe y no se desanimaron buscando aunque fuera un sólo sobreviviente, hasta el momento en el que salen en esa placenta metálica jalados más que por una grúa, por los corazones de todo un planeta.


Lograr el rescate de estos hombres nos llena de esperanza principalmente a los pueblos latinoamericanos. Este evento nos dice que es posible resurgir desde el fondo hasta nuestra ansiada libertad. Nos dice que el trabajo unido, incansable, inteligente y pensando en la vida, antes que en el poder político y económico, da frutos y hace posible hacer renacer a 33 hombres.

No por nada, el pueblo chileno tiene un nivel educativo más alto que el mexicano, tiene en su haber a grandes escritores, filósofos y científicos que sin importar los eventos económicos o políticos, sin importar haber padecido dictaduras, terremotos y graves crisis económicas, sacan adelante a su país.

Escuchando al presidente chileno en su mensaje me llamó mucho la atención cuando expresó que esto se logró porque en Chile cada vez más se dan cuenta de que la mayor riqueza de Chile no son las minas, son los mineros; que la mayor riqueza de Chile no son sus campos, son sus campesinos; que la mayor riqueza de Chile no son sus fábricas, son sus obreros; que la mayor riqueza de Chile no son sus escuelas, son sus maestros y sus estudiantes.

Es increíble que en México aún no entendamos este sentido humanista de ver las cosas. En nuestro país, desde hace algunas décadas lo más importante ha sido el poder, por el poder mismo. Un partido de centro ocupó el poder político 70 años por el simple miedo a perder los privilegios que significaba tener el poder absoluto. La oposición de derecha luchó muchísimas décadas por obtener este poder y hoy que lo tiene no sabe realmente qué hacer con él y nos envuelve en una guerra de guerrillas contra un enemigo invisible, intangible y tremendamente mimético. La izquierda se desorganiza precisamente por esa ambición de poder.

Por otro lado la clase poderosa de nuestra economía se enfrenta en una encarnizada competencia por vender sus productos y explotar a sus empleados que a fin de cuentas son sus mismos clientes. Muy lejos estamos de aquella generación de grandes empresarios que hicieron grande a Monterrey, hoy los empresarios que hasta el ostentoso mote de “regios” se autoaplican no dudan en vender y comprar abrir y cerrar negocios sin importar lo que sus empleados padezcan. Son capaces de vender su dignidad en pos de un jugoso contrato para no perder su poder económico.

En México no hemos entendido que lo más importante de México no lo son sus campos, su petróleo, sus ciudades, sus playas, ni siquiera su tan malentendida historia; lo más importante de México somos los mexicanos.

Nuestra clase política tiene mucho que aprender, no sólo de los chilenos, sino de muchas otras naciones latinoamericanas a las que con petulancia y a veces con altanería vemos hacia abajo, sin darnos cuenta de que hoy en día Argentina, Chile y Brasil se han convertido en las economías con más futuro de Latinoamérica, mientras nosotros no podemos ni ponernos de acuerdo acerca de quién nos debe de cuidar, si una pobre y corruptible policía municipal o una inflada y también corruptible policía de “mando único”

Tenemos muchísimo que aprender de lo que acaba de ocurrir en Chile. Ojalá ese renacer de mineros sea también un renacer del sentido humanista en todo nuestro continente y algo alcance a salpicar hasta nuestro México lindo y qué herido.


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