El concepto liberal puede tener distintos significados, por ejemplo, en primera instancia suele aplicarse al arte o la profesión que requiere el ejercicio del intelecto. El intelecto es una facultad espiritual la cual se define como la capacidad de conocer. Por otra parte, un liberal es la persona o sistema que se opone a la intervención del estado en materia económica. Hay personas que se hacen llamar liberales, y son quienes pugnan por que se respete la no interferencia de la iglesia en asuntos públicos. En consecuencia, el estado debe ser laico. Laico en el sentido de liberal viene de aquella frase expresada en francés: “Laissez faire, laissez passer” (dejad hacer, dejad pasar). Se le atribuye al economista de la escuela fisiócrata francesa que vivió en el siglo XVIII, Pierre Samuel du Pont de Nemours; la cual enaltece la libertad de mercado, empleo y producción, relegando al Estado a una mínima o necesaria intervención en la economía. También un liberal es quien asume una postura práctica y crítica, a partir de la cual hay que ser tolerante y abierto, sin preocuparse tanto por el devenir o situación de las cosas. La iglesia católica diferencia al religioso del laico, como la persona que no pertenece a la vida religiosa como consagrada.

Entonces se habla de dos ámbitos distintos, que no se excluyen y se complementan. El ámbito de lo teórico frente a lo práctico. La idea y el saber frente a la experiencia ejecutada. Desde el punto de la filosofía, se confrontan las ideas platónicas idealistas con las ideas aristotélicas de índole físico y tangible. Con el correr del tiempo, otros pensadores prefirieron la praxis, como unión de la teoría con la práctica en la cual se debe apoyar todo conocimiento y saber humano. Una teoría sin aplicación no cumple con su finalidad y una práctica sin fundamento se diluye en la intrascendencia. Es como hablar de la investigación pura como aplicada, de los métodos de investigación cuantitativos como cualitativos, por solo citar algunos ejemplos.

Los griegos visualizaban a los dioses olímpicos Atenea y Hermes como parte de ésto. La primera regía el pensamiento y las artes y el segundo lo práctico y lo comercial. Para los pueblos helénicos, arte tenía que ver con el tekné. De ahí viene la palabra técnica, usada para designar a los artes funcionales ejercidas por manos diestras. Podemos distinguir tres tipos de artes: las liberales, las manuales y las consideradas bellas artes. En el Medioevo, las artes liberales comprendían el conjunto de disciplinas que sirven para formar y guiar al hombre libre. Como eran siete, se dividían en trívium y quadrivium.

Las artes manuales, conocidas como mecánicas, prácticas o serviles capacitan para el ejercicio de un oficio. Las bellas artes son aquellas que conforman el conjunto de saberes y disciplinas como el canto, la música, la danza, la pintura, la escultura y el teatro. En sí, las artes liberales se estudiaban por mero cultivo intelectual y moral y no tanto como para ganarse la vida con ellas, pues quienes las ejercen no necesitan o requieren trabajar o hacer una labor de índole física. Cuando se genera la acumulación de capital, surge el sistema bancario y consolida el comercio, quienes tienen recursos ahora también tienen el tiempo libre necesario como para buscar alternativas y no aburrirse. Negocio es como una negación al ocio. Por eso surgen las escuelas, como lugares a los que acudían quienes tenían el tiempo libre: “escholé”. Escuela en griego significa tiempo libre. Una persona ocupada en otros asuntos no tiene tiempo libre como para ir a una escuela.

Cuando se separaron el sistema feudal y los burgos, los primeros quedaban propiamente esclavizados al servicio de un amo, mientras que los segundos dependían más bien de los talleres o factorías en los cuales ejecutaban sus oficios. Las corporaciones medievales mantenían una estructura basada en el maestro, en el oficial y en el aprendiz. De ahí viene la división que se hace de los grados que las universidades o estudios generales ofrecían, entendidas éstas como gremios formados por maestros y alumnos dirigidos por cancilleres y demás miembros de los que dependían en la organización de las mismas.

Desde tiempos ancestrales se ha dividido el trabajo en intelectual como en físico. Quienes ejercen el trabajo intelectual son quienes piensan, asesoran, gobiernan, administran, mantienen una labor litúrgica o de enseñanza y formulan estrategias militares. Aquellos que la hacen o ejecutan, son los trabajadores manuales. En consecuencia, los primeros pregonan que el trabajo es un mal derivado de la desobediencia de Adán y Eva, quienes fueron castigados para ganarse la vida con el sudor de su frente (Gen 3, 17-19). Precisamente uno de los mandamientos, dicta que solo se puede trabajar seis días y en el séptimo: “no harás trabajo laboral y presentarás una ofrenda quemada a Yahvéh”. Ex 20, 11. Otra vez vemos en Levítico 23, 25 esa consigna prohibitiva: “no harás trabajo servil”. No obstante, los hebreos proponían que la persona estudiara algún oficio como medio de seguridad económica. Todos los hombres dedicados a trabajos intelectuales sabían un oficio manual. Incluso cuando surgieron los primeros conventos, los frailes se dedicaban a la oración y al trabajo ya se físico como intelectual.

De acuerdo a los escolásticos, las artes u obras como también se les llamaba, podían ser comunes, manuales y liberales. Las comunes son tareas que todos los seres humanos podemos y debemos realizar: caminar, saltar, comer o dormir. De acuerdo a Marcos de Santa Teresa, debemos evitar las artes manuales pues las ejecutan los siervos o esclavos. Para saber cuáles eran los oficios que debemos evitar, tenían un verso: “Rus, nemus, arma, rates, Vulnera, lana, faber”. Rus se refiere a la agricultura, nemus al arte venatorio consistente en la taxidermia y en abrir las partes del cuerpo humano. Arma tiene que ver con las cosas militares, “rates, vulnera” al trabajo del cirujano o elaboración de medicinas o antídotos y faber todo aquello relacionado con lo fabril como hacer productos con lana, hechura de telas y textiles diversos.

Tenemos una idea de que el trabajo es un castigo o un mal necesario. Quienes tienen empleo en éstos tiempos deben sentirse bendecidos y agraciados. Esforzarse por mantenerlo y procurarlo con sacrificio y entrega. El trabajo dignifica y en él podemos poner todas nuestras cualidades y facultades al servicio de los demás. Es malo cuando se piensa que una persona mayor de 35 es improductiva e incapaz. Ya tienen experiencia que no se aprovecha. Muchos centros de trabajo apuestan por la juventud y la entrega con la que les caracteriza. Yo tengo 15 meses sin empleo, pero tengo salud y tengo a los míos. Creo y tengo la esperanza de que puedo salir adelante. Aun y cuando tres insensatos determinaron un 20 de septiembre de 2011, que el trabajo de un cronista no se justifica o necesita. Cuando trabajaba, hacía el trabajo que educación, cultura, prensa, relaciones públicas, turismo, archivo, bibliotecas, patrimonio, desarrollo urbano y panteones hacían. Gracias al Seminario de Monterrey porque me hace sentir que aun puedo servir a los demás. Ya vendrán tiempos mejores, indudablemente. Y a mis niños que me fortalecen con su oración. En lugar de filosofía debí estudiar otra cosa y dedicarme a algo más efectivo que la historia y la docencia. Tal vez. Aunque si volviera a nacer, recorrería los mismos pasos, con más prudencia y tino.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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