Somos seres para la trascendencia y para la relación. Superamos el ámbito de nuestra existencia a partir de las relaciones y vínculos que construimos con los demás. La trascendencia implica tanto la relación del ser humano con el infinito y lo absoluto, al igual que la relación de uno mismo con y hacia los otros seres humanos. El destino del hombre no es vivir aislado y sin comunicación con sus semejantes, sino al contrario, implica convivir con ellos en múltiples formas para la construcción de un mundo mejor.

Esa idea me remite una relación de otros conceptos. Podemos hablar al respecto bajo tres perspectivas: una desde el punto de vista bíblico, otra desde el punto de vista histórico y otra bajo el aspecto de la psicología social. Al menos, trataremos la relación persona-sociedad a través del magisterio social de la Iglesia, la cual justifica su pensamiento basado en las sagradas escrituras y en las enseñanzas de los pastores y doctores de la Iglesia. La trascendencia es de por sí una referencia a Dios. Por ejemplo, en el libro del Génesis 2, 18, se hace referencia de que: “Dijo luego Yahveh Dios: no es bueno que el hombre esté solo”.

El ser humano es un ser en una triple relación: con Dios, con los demás y consigo mismo.

Desde el punto de vista social, el ser humano está hecho para vivir con los demás. De hecho, la etimología de la palabra existir, literalmente significa “salir de sí”. Esto nos indica la vocación del ser humano para relacionarse y entrar en contacto con los demás, lo cual implica necesariamente de que el ser humano esté abierto a la trascendencia del mundo y de Dios. El papa Juan XXIII en su encíclica “Mater et Magistra”, hace especial mención al declarar que el ser humano es fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales. Desde el punto de vista histórico, podemos apreciar en la evolución humana la tendencia natural que tiene el ser humano a agruparse y formar núcleos de convivencia social: en la historia de la humanidad, la persona ha formado y vivido en bandas, hordas, fratrias, gens, clanes o confederaciones de tribus desde el punto de vista social. Grupos cuya organización tribal indican una actitud de índole social, ya sea bajo la autoridad patriarcal o matriarcal. Cuando los grupos humanos crecen, requieren de mecanismos, leyes y propuestas que le aseguren una adecuada convivencia humana.

Como personas, somos miembros y formamos parte de una sociedad, con la intención de alcanzar nuestros fines y objetivos de sobrevivencia y bienestar, para lo cual necesitamos alcanzar el bien común. En la encíclica “Mater et Magistra” (no. 65) se define al bien común, como el conjunto de condiciones sociales que permiten el desarrollo integral de la persona. Los obispos reunidos en la conferencia de Puebla en 1979, lo relacionaron con la dignidad que se da en una realización fraterna, sin privilegios ni exclusiones. Por su parte, Pío XI, en su Divina Redemptoris, (no. 52), sostiene que la finalidad de la justicia social depende de la exigencia a cada quién y de cada uno de lo que es necesario para el bien común.

El papa Pío XII en “Summi Puntificatus” (no. 45) nos habla de que el estado tiene la función de facilitar a la sociedad la búsqueda y consolidación del bien común, definido por la perfección natural del hombre que está hecho a imagen y semejanza de Dios. En su discurso del 1 de junio de 1941, el papa Pío XII, (no. 15), precisa que el estado tiene la misión de promover los derechos de las personas y facilitarles el cumplimiento de sus deberes.

Para el magisterio de la Iglesia, el bien común es el valor que mueve a la sociedad. Alcanzarlo y buscarlo es misión de todos y de cada uno. Esto nos asegura nuestra paz y desarrollo integral para satisfacer nuestras necesidades humanas. En consecuencia, el bien común es la finalidad del estado y de la sociedad. Y para ello se requiere de una autoridad.

La autoridad se define como la facultad de mandar según la recta razón (Pacem in Terris no. 47); proviene de Dios para gobernar de acuerdo a sus designios como autor y protector de la vida (Rom. 13, 1-6 y Pacem in Terris no. 48). La autoridad es una fuerza moral (Pacem in Terris n. 48 y Puebla 499).

Como se advierte, de acuerdo a los principios de la doctrina social de la Iglesia, la autoridad y su capacidad de mandar proviene de Dios. Quien mande debe tener características personales, humanas, sociales y religiosas, suficientes y eficientes para cumplir con su misión de mandar. Todo funcionario público, de extracción popular, a través de las leyes y el cumplimiento cabal de las mismas, deben orientar a la sociedad y el estado mismo para asegurar la búsqueda del bien común. Esto se logra de una forma equilibrada, armonizada y organizada por la autoridad. La autoridad tiene como misión, coordinar todos los esfuerzos de la comunidad política, de los grupos, de las sociedades intermedias y de las personas, con el fin de realizar el bien común integral que a todos nos compete.

Ojalá y quienes nos gobiernen en éste periodo, entiendan éstos conceptos. Al margen de tener un origen religioso, forman parte del patrimonio históricos de nuestro tiempo y están dirigidos a todos los hombres de buena voluntad.

Antonio Guerrero Aguilar
Cronista de la Ciudad de Santa Catarina


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